viernes, 18 de julio de 2014

XXI VCG VUELTA A LOS ORÍGENES

¡¡Mírenlos y búsquenlos!!, estos que posan en la foto más algunos que se han escabullido, están entre los responsables de sacar adelante, un año más, la Vuelta al concejo de Gijón. 
Fíjense bien en sus caras, ¡memorícenlas!, quédense con sus sonrisas, con sus atuendos, con sus posturas, con su actitud ante las cámaras…si hasta parece que están orgullosos.
Indaguen un poco más y encuentren a dos de los cabecillas…los promotores de la ruta y de su diseño gráfico…pídanles explicaciones…responsabilidades…treinta euros…lo que quieran, …¿qué no los encuentran???, no se preocupen, ya se los busco yo…yaaa
Pues sí señores, toda esta agrupación de menesterosos han sido capaces…contra viento y marea, contra burocracia y asfalto, contra sol y rampas, de presentar, un año mas y van veintiuno, (XXI según los romanos), una Vuelta al Concejo de Gijón íntegramente en el mismo concejo, que ya es difícil.
Una marcha que se tuvo que fraguar de nuevo a una semana vista de su arranque, modificando trazados, buscando caminos, encontrando atajos y quemándose, de nuevo, las pestañas en los mapas. 
Toda una declaración de principios de lo que es capaz esta hermandad de filibusteros en su empeño por hacer sufrir a los infelices deportistas que confían en su saber. Deportistas, por otro lado, que también tienen algo de culpa: que en tres días se agoten las 250 plazas previstas por la organización indica que algo debe de gustarles pasarlo mal, sufrir calambres, sentir taquicardias, soportar sudores y resistir picazones.

76 kilómetros y 2.200 metros de desnivel positivo acumulado pregonaban las elegantes pancartas; cifras que, por otro lado, no asustan demasiado, pero ya se sabe: no es la letra de la canción lo importante, si no la forma de cantarla…y ¡qué desafine!, señores: con un bochorno intolerable y un sol en estado de gracia, los dos mil y pico metros se convirtieron en un Everest vertical donde no había cordadas que te ayudaran ni sherpas porteando material.
La ruta, como en sus primeros inicios,  iniciaba camino por la cara Norte de La Providencia, en un ascenso largo y prematuro que estiraba el pelotón y hacía saltar las primeras cadenas de aquellos descuidados con sus monturas (sé yo de más de uno que aprovecha a la excelente mecánica de la Vuelta para remendar los achaques de su bicicleta; gracias un año más Úrsula…) que no miman demasiado a sus compañeras de pedal. 
Unas curvas después ya se descendía veloz hacia La Ñora, un icono entre los ciclistas montunos. 
Estaba la senda en esta ocasión no demasiado encharcada, que los pozos de aquella zona son perpetuos, lo que animaba a intentar atravesar los mismos de forma elegante, pero el tigre viejo sigue teniendo uñas, y unos cuantos ciclistas acabaron embarrados hasta las pestañas.
La antigua Granja de La Llorea, abastecedora en los años sesenta de la Universidad Laboral y hoy reconvertida en fino campo de golf era el primer reagrupamiento y encuentro con los medios de asistencia; hasta allí llegaba uno de los participantes con la bicicleta fracturada y Luis Madrazo, eficaz y pausado motero donde los halla, con el cable de embrague de su motorizada enrollado en el bolsillo. Las eficaces manos de Julián y el auxilio de los operarios del golf, canibalizando una segadora, lograron que aquel continuara su travesía. 
Por delante quedaba la Olla, el ascenso al cementerio, La Arquera y Rioseco, que continuarían mermando las capacidades de los ciclistas. 
En el Lavadero de Rioseco, y mientras las unidades de vanguardia, velozmente dirigidas por los pirenáicos Ramón, Junco y Fran atacaban Cuatro Jueces, se hacía el primer corte a los sufridores de la zaga, llevándolos por el fondo del valle hacia Paragüezos, donde ya estaban los voluntariosos sirviendo desayunos.
Dicen los buenos montañeros que es más difícil bajar que subir y en esta ocasión acertaban de pleno:la pista que descendía hacia La Collada estaba suelta…muy suelta; a pesar de las advertencias de los guías, mas de uno probó el guijo del camino (lo que me ha costao decirlo…solo yo lo sé…¡AY!…esa erre…). 
Uno de los infortunados se lesionaría de importancia en una de sus muñecas, esperamos que ya se esté reponiendo, y el otro sería nuestro querido Calo, que quiso emular a Marquez y marcaría el codo en una curva.
Si estaría mal el camino que el Nissan medicalizado (llevaba un médico dentro, que no era la UVI) no se lleva al caído y a los guías que lo acompañaban por un suspiro…y el resto de vehículos porque los mandamos parar antes de la posible montonera.
El sol ya calentaba de lo lindo, aunque nada tiene de lindo chorrear sudor por todos los poros (como bien nos dijo Barquín en una de las paradas…-“oleis mal…muy mal!!!¡¡cochinos!!”), pero qué se va a hacer, no tenemos suficiente glamour para sudar con estilo.
Cruzando La Collada  , se tomaba la caleya de La Quintana, caleya hormigonada…¿por qué?, pues porque si no lo estuviera ¡no se subía ni con funicular!. Curvas imposibles, pendiente inaccesible, sombras escasas.
Por allí se quejaba el otrora hostelero y repechín de pro: don Oscar “Barrancas”, amenazando con reclamaciones, demandas y palizas a los promotores del asunto. Lo que no contaba el penoso era la semana larga de playa y tumbona de la que volvía…bueno si lo contó, por eso se sabe. 
Y no era el único, de la dureza de las rampas hablaría también otro de sus compañeros, aquejado de calambres en uno de los trechos y la furgoneta de asistencia, hábilmente pilotada por Rafa Venta, cuyo olor a ferodo tostado atufaba a media parroquia gijonesa.
El pelotón ya no era que estuviera estirado, no, estaba roto por completo, las grandes diferencias entre cabeza y cola por hacían obligatorio otro recorte: Mientras los adelantados y los despistados bajaban a las profundidades del valle de Llantones, el resto tomaba la tranquila carretera de La Madera en dirección a Ruedes. 
Fue por aquí, con el kilometraje superando el ecuador de la prueba donde la desidia y desgana comenzó a causar bajas entre los guías: a cada cruce, a cada esquina, a cada cuneta sombreada que hubiera, allí se juntaban un buen grupo de Pelayos, cada vez más numeroso, de tranquila charleta y compadreo. De nada valían las amenazas e improperios del descansado Echevarría, la cifra de cicerones atravesados en las
veredas crecía exponencialmente: Arguelles, Gordejuela, Hector, Pedro Pablo, el Mancha, los estrenados guías Nando el galaico y Gaby…y la lista proseguía…René, Josechu, Gelu...etc, etc.. Solo bajo una feroz advertencia del Mister de dejarnos sin comida ni bebida consentimos en continuar la marcha.
 Unas pocas curvas retorcidas y pistas despejadas acercaban a la cuadrilla de cola hasta Peñaferruz, donde ya estaban con el postre los doscientos y pico participantes, amén del resto de acompañantes.
En esos momentos nos enterábamos de la fuga de Zarate y su sobrino que, atenazados por el hambre, decidieron irse a un asador de la zona a degustar un fabuloso chuletón acompañado de buena sidra,,,tuvo suerte de que lo descubrimos tarde, porque hubiera tenido que invitar a todo grupo de vigías remolones!!!
El almuerzo estaba bien organizado, hay que decirlo para que al año que viene sea mejor...: los sándwiches (…un acierto el dotar de rúcula a los bocadillos….evita que se te pegue el panecillo al paladar y luego hagas mil gestos obscenos para despegártelo…), fruta, barritas, agua, isotónicos y hasta cervezas (agazapadas, eso sí, había que buscarlas..), juntamente con los cafés que proporcionaba la asociación, el sol y la pradera recién segada donde reposaban los ciclistas proporcionaban un placentero descanso a los agotados corredores. 
Tras la siesta y el parloteo, la autoridad obligaba a reanudar el trayecto, ante las protestas de un exíguo grupo de uniformados que deseaban seguir de parranda. Acalladas las quejas con mano dura por el comisario Marín, que estaba feliz cómo una perdiz (aquí tienen a uno de los intrigantes…) la escuadra descendía veloz hacía el arroyo Veranes para luego subir al alto del mismo nombre y caer de nuevo al embalse siderúrgico de San Andrés de los Tacones, cuyas aguas ayudan a enfriar los ánimos de los laminados de la factoría.
Dábase la casualidad que al lado de dicho pantano, hállabase un mesón, bien conocido por los ciclistas y cuyos cafés con anís y aguardiente ayudan a alegrar los espíritus decaídos, y allí se detuvo toda la comitiva, en busca de esos deliciosos brebajes. 
Existía algo de  respeto por el ascenso al monte Areo, plagado de pistas y senderos empinados a más no poder, pero los directores de la prueba ahuyentaban tales miedos exhibiendo una total falta de sinceridad, lo que pudieron comprobar en sus carnes los corredores al verse incapaces de trepar por la trocha (la mayoría, que algunos subieron como potros desbocados). 
 El camino se tranquilizaba luego, con un relajante paseo por la senda del Regatón, para concluir finalmente en Veriña, donde ya esperaba el grueso de los corredores.
A partir de aquí, y acompañados ya por la municipalidad en sus aparentes motos, el pelotón, algo cansado, eso sí,  desembarcó en Las Mestas, previo desfile por la playa para disfrute y satisfacción de los atletas, poniendo punto y final a la edición XXI de esta Vuelta al Concejo, con la entrega de premios y distinciones a grupos y ciclistas, y con el encuentro de familiares y amigos, que siempre acuden por si hay que llevar a alguno al hospital.

Bueno, pues esto es, mas o menos, que la memoria de uno es de pez globo, lo que dió de sí la VCG de este año.

Esperando que hayáis disfrutado de ella y de la compañía, recordar que esta ruta no es nada sin vuestra participación, nos despedimos hasta la próxima edición…que prometemos será, como poco,…
¡¡¡igual de dura!!!

PD. Adjunto la foto del segundo de los intrigantes alevosos, el diseñador y grafista: Garrido Vicente.

jueves, 19 de junio de 2014

LA MONTAÑA PEPENTINA

Hay momentos en que las palabras se quedan cortas, vacías, en los que no apetece decir nada, solo dejarse llevar por los sentidos y disfrutar de parajes irrepetibles, de esos que te dejan sin respiración mientras escuchas el silencio de las montañas, mecido por el suave ulular de una brisa fresca, e iluminado por un suave sol primaveral. Es en esos momentos cuando miras a los compañeros de viaje y agradeces interiormente su compañía, sin hablar, sin pestañear, mientras escuchas una más que agradable explicación sobre fenómenos raros…rraaros. 
Y, de repente, sin previo aviso, como una tormenta inesperada...: -"¡¡OLISTOLITO!!!...el palabro, a medio camino entre una imprecación cursi y el saludo a un viejo amigo, retumba como trueno solitario sobre nuestras cabezas antes de arrancarse montaña abajo, provocando un par de desprendimientos y una estampida de bisontes cercanos.
El causante del desasosiego general, erguido y orgulloso, y ajeno a la zozobra que amenaza entre los bachilleres, contempla embelesado sus antiguos predios: reinos de caliza, de pizarras, de cuarcitas cuaternarias, de plataformas carbonatadas, de paleorelieves marinos, de ¡pedrolos!, en fin, de cualquier clase y condición 
También pasan por su mente los fríos interminables de una tesis larga y retirada por esas mismas montañas, perseguido en ocasiones por celosos furtivos que vigilaban sus pasos..

El resto del exiguo grupo, que adopta expresiones de angustia y temor, ante el desconocimiento del inusitado vocablo, recupera un poco la cordura ante la consiguiente explicación por parte del licenciado: -“...un bloque se superpone a otro y la parte que se superpone va deshaciéndose y a medida que se deshace van cayendo morrillos enormes…van cayendo y quedan preservados dentro de lo que es la cuenca carbonifera…”-...-”Aaaahhhh…"- responde el coro de lechuguinos sin entender nada….
La cuadrilla, mermado por las lesiones y bajas anticipadas, intenta recuperarse del descalabro de ascender hasta los 1800 metros del camino de Herreruela de Castillería por una rampa dura y sostenida, sin apenas esquinas donde descansar del interminable repecho y con tan poco oxígeno en el cerebro ya es duro hasta respirar…-“respira Pau, que paramos aquí…”.

El valle se desenrolla hacia abajo como una lámina coloreada, en dirección a Cervera, donde se encuentra el amistoso Hostal Peñalabra, que aloja al curso estudiantil, y donde el geólogo ha dejado a sus féminas queridas, con la esperanza de que no se aburran en demasía por la Tejeda de Tosande ( no, no era una fábrica de tejas, ¡lelos!, si no un bosque de tejos…), y no descubran el tono rojizo que empieza a teñir su clara piel, a la que no ha protegido suficiente (lo cierto es que después de la cena, no volvimos a saber nada de él…hasta el día siguiente…). -“...el carbonífero activo estructuralmente es más moderno que el carbonífero explotable. Primero son la cuencas carboníferas que dan el carbón y acaban con una etapa de compresión que es cuando se levanta la Cordillera Cantábrica…”Comprimidos están los estudiantes mirando arriba hacia al pico Valdecebollas, encaramado en los 2140 metros, y rodeado por tardías nevadas. Llevan ya unos doce kilómetros en plato pequeño y les quedan por lo menos otros dos de lucha contra el terreno. 
El ascenso allá arriba, una vez finalizada la conferencia, claro, se produce de manera tranquila y peatonal, porque no hay forma humana de avanzar montado en las yeguas!!!, así que toca hacer
pierna. Será una hora larga de portear el equipo cada cual a su estilo y manera, de los más variopintos, aunque se impone el “arrastre animal”, porque la nieve forma “donuts” en las ruedas, hasta la llegada al mismo vértice del pico hortelano.
Las vistas desde el mismo son aún más impresionantes, si cabe, observando la impresionante mole caliza del Espigüete, (que de espigado tiene poco, es más bien achatado y gordo), respaldado por los lejanos Picos de Europa y los parques de Fuentes Carrionas y Saja-Besaya mientras que por los bajíos corren las aguas del Pisuega y el Carrión.
Conforman la aterida colegiata, que se refugia tras el monolito del picacho mientras mastican algo que les de gracia: los avezados montañeros Moya y Del Real, los ya veteranos Barquín y  Lorente, el grácil y esbelto Blas y el grafista Mancha.

Han llegado todos ayer por la tarde, mas o menos juntos en un trayecto largo y perdido, sobre todo para el navegador ruso de Blas, empeñado en llevarnos por la Nacional Seistrrrreeinnntra y cuatrrrro…sin la ayuda de esa excelente copilota de Marín, estaríamos camino de Zaragoza…para las fiestas del Pilar!!!
El caso es que aquí estamos, rodeados de macizos calcareos, plegamientos y perolitos de esos de los que indica el titular de la cátedra, -“…y luego está reactivada durante la orogenia alpina que es cuando se forman los Alpes y además se produce una compresión levantándose de nuevo la Cordillera Cantábrica…”, (con tanto levantamiento seguro que nos sale alguna loma de más por el camino…) cuando nos damos cuenta de que tenemos hambre…pero qué mucha hambre y hay todavía un largo tramo hasta el lugar escogido para almorzar…y el hecho es que los bocadillos de lomo, cortesía de la hostelera, que llevamos en las mochilas sueltan un aroma sobrecogedor. 
Se impone descender, no sin antes darle un poco de aire a la rueda de Joaquín, que está un poco floja, y tomamos el camino nevado que baja hacia el Este, en dirección a un afloramiento tectónico de esos que los legos llamamos “el monte ese de ahí” y el  estudioso que nos acompaña, que pasó una juventud muy aburrida y solitaria, , vaya…denomina:-”...sedimentación turbidítica de tipo terrígeno...”, quedándose tan ancho mientras las personas humildes echan mano de alguna piedra con la que reducir la duración de la plática.
La bajada hacia lo que sea eso grande -“... estamos claramente pisando una situación sinorogénica…” (los asistentes vuelven a coger las piedras…) se hace de forma caótica y desordenada, toda vez que no existe senda marcada sobre la que circular, llegando disgregados al inacabado y mastodóntico refugio El Golobar, testigo de ese grandonismo ibérico que es nuestra seña de identidad hispánica y que se repite década tras década: si en aquella ocasión fue un refugio, ahora son aeropuertos, metrotrenes, etc, etc….
El refugio se encuentra a 1.800 metros de altitud y la carretera que lleva a él desde Brañosera presume de ser la de mayor altitud de la región. Se trata de una carretera más bien rota y llena de guijarrillos por donde nos lanzamos, tras esperar a Joaquín, que en esta ocasión estaba abonando la flora local. Descenso rápido, ¡muy rápido! en el que las fuerzas de choque se ponen en cabeza, ya sea por su mayor volumen o masa corporal…Paulino y Blas marcan unos nada despreciables #@# km/h (cifras censuradas por el bienestar familiar de los pupilos…) adelantando al resto del recreo que siguen sus fugaces estelas. 
En Brañosera toca parada para engullir ¡por fin! el bocadillo de lomo, cuyos grasas goteaban ya por alguna mochila, en el mesón Cholo, (por cierto, lleno hasta las trancas, apuntarlo para ir a comer algún día perdido) y reponer los líquidos consumidos. 
Pero nuestras alegrías durarían menos que los ya citados emparedados: lo que tardó el preceptor del grupo en mostrarnos la salida del pueblo: un rodeo hacía Barruelo de Santullan con una primera parte plagada de rampas retorcidas en las que hay que agarrar el manillar con las pestañas para no caerse hacia atrás. Y todo ello bajo los esfuerzos del estómago para digerir el lomo y las cervezas…sin alcohol…
Un buen rato después y cuando ya estábamos a punto de atrapar al Sartenero Mayor, que mantenía una prudente distancia entre él y nuestras piedras, el camino apuntó hacia abajo y nos condujo por un fresco bosque de hayas, helechos y otras plantas más (arándanos silvestres, apunta el botánico Pablo) pasando por antiguos caleros en dirección a la villa.
De Barruelo se va hacia Villabellaco, cuyo nombre, malpensados, no tiene nada que ver con Pepe; al parecer proviene de Vellaco o Velasco, antiguo poseedor de aquellos parajes, y donde, diose la casualidad que sufrimos una cruel bellaquería: el tener que ascender durante ¡cuatro! interminables kilómetros por una pérfida y funesta carretera. Por supuesto, ese fue el momento para que los amantes de las bicicletas finas y delicadas marcaran el ritmo a sufrir por los demás alumnos. 
Este puerto de 2ª especial, cuyo premio se llevó el barbudo Barquín, está situado en Valle de Santullán, donde hay unas cuantas esculturas y un camino en homenaje a un artista local, (Ursicino se llamaba, hay un “fierro” a la entrada del pueblo que hay que echarle imaginación...).
A los pocos minutos aparecería el resto del pelotón, con gestos hoscos y acusatorios, y todos juntos y en armonía, tomaríamos una pista que rodea Peña Cilda (...¿cómo la de la película?...si la de los Picapiedra…) devolviéndonos a San Cebrián de Muda con unos 50 kilómetros en las piernas y francas sonrisas en los rostros. Como siempre, el ladino doctor Barcaiztegui había reservado una de sus encerronas para el final: una larga e inacabable pradería en la que el cansancio acumulado nos hacía ver cigüeñas donde solo había palos trapeados, fueron momentos de angustia y desolación, no por lo trapos acigueñados, no, por aquel prado no se acababa nunca!!.
Poco restaba desde allí al lugar de partida, San Cebrián. Allí en el pueblo y mientras ajustábamos las monturas en sus lugares de transporte (caramba con el minicoche de Joaquín, menuda sótano trae en el maletero!!...) saludamos a la guardesa eclesiástica, agradable mujer donde las halla, que portaba una llave tan grande como el orgullo de Blas al verse delgado, que sale en todas las fotos presumiendo de perfil, y que nos relató sus tareas monacales con gran desparpajo.
 De San Cebrián acelerando hasta Cervera, lugar de recogimiento; había que asearse convenientemente y prepararse para la final de la Copa, previo paso por un buen local del pueblo dotado de ¡8! Pantallas televisivas…como para no gustarte el futbol. La cena posterior transcurrió con calma y tranquilidad, eso sí, vimos al maestro educador un poco callado y con las orejas…rojas…gachas.
Más tarde un reducido grupúsculo decidió rematar la cena con unos bebercios por los bares de la zona, pero el cansancio obligaba a los valientes a retornar pronto al hostal, donde ya roncaban a pierna suelta Llorente y Blas.
Al día siguiente la oficialidad había previsto una sencilla ruta partiendo de San Martín de los Herreros y subiendo a alguna peña cercana pero los ánimos de los presentes no estaban por la labor, y solamente los esforzados Barquín y Juan, que alguna promesa habían hecho, (si no, no se entiende) montaron en sus jumentas para  alcanzar el Jubileo. El resto del grupo haría lo mismo, pero en forma de tranquilo paseo dominical, pero la cosa nos salió rana, porque a medio camino, un chaparrón de los que te mojan hasta los calcetines que dejaste en casa, hizo que retornáramos a los coches chapoteando como patos en el río, acompañados por una mastina y su quejumbroso retoño.
Allí ya estaban los montaraces, que también recortaron la ruta ante el riesgo de ahogarse por el camino, y porque se sentía un poco solos, aunque no lo confesaran.
Vuelta al Hostal a despedirse y a recoger los equipajes, que nunca entran donde vinieron y retorno a los hogares, previo paso por Reinosa para comer y en Unquera a aprovisionarse de corbatas para toda la familia.


Y como moraleja, si alguna vez veis una piedra, roca o montaña, (algunas llevan una casa encima), que no tenga nada que ver con el entorno, que se sienta triste y desamparada, como cuando estáis en medio de un grupo de carreteros, entonces seguro que es un olistolito de esos...
 -"…normalmente situado dentro de formaciones olistostrómicas…”
¡¡¡Pepeeee!!!...que nos hundes, hombre...!!!

N.A.: frases reales del tenaz geólogo, rescatadas del archivo sonoro de la expedición.
Video:https://www.dropbox.com/s/alwv0jckqpm3kd4/Cervera%20de%20Pisuerga%20La%20Pelicula.WMV

jueves, 15 de mayo de 2014

1101 PEREGRINOS 2014

Corría el año 1970 o 71, que más da, y tenía yo un profesor de primaria, en aquellos tiempos gloriosos de la EGB, serio y riguroso como correspondía a la época, de nombre don Felipe, y cuyos nudillos de acero atemorizaban al más bragado de los alumnos. 
Poseía este hombre (aparte de una muñeca rápida y certera, caramba!) una afinidad tal por los “roscos” que rayaba en la obsesión: daba igual que te esforzaras, que llegaras temprano, que le dejaras los deberes pulcros y ordenados encima de su mesa…, al final mochileabas para casa dos o tres ceros…por no hacer el rabito a las letras, por no formar en fila recta, por reírte del vecino…etc, etc. 
Claro está, que además del redondo guarismo, también te llevabas un par de buenos coscorrones nudillares en la cabeza…creo que todavía me duelen.
El caso es que el hombre pasó a mejor vida hace ya unos cuantos años y andará, a sus anchas, repartiendo collejas por esos mundos espirituales. 
Y cuento todo esto, porque estoy seguro de que su espíritu se ha reencarnado…si es que no tengo ninguna duda…sigue castigándome con sus “roscos” cuarenta años después….está aquí, ¿no lo veis?...si, si, es el cuentakilómetros, creerme, da igual que me esfuerce, que cambie de trazada, que me tome un gel, que mendigue agua por el camino…los ceros me acompañan toda la subida de Orellan…si hasta puedo oír su fuerte voz dictándome las reglas…¡Ay!, ¡Uy!..
Una hora llevo aguantando este suplicio en soledad, sin nadie con quien compartir mi angustia. Ya hace tiempo que los aventajados Antonio, Fabián…¡¡Fabiaannn!!, Saúl y Adrián han coronado la cima, ya rematada hace un rato por René y Roberto, a pesar de la cadena de chicle de este último. 
En medio de estos dos grupos caracolea el nervioso Lalo, novato en estas lides y por detrás sufren
también lo suyo Nando, Garrido y el bronquiolítico Zárate, cuyas toses espantan a los pájaros de la zona.
Es este ascenso largo, muy largo, ríete tú de los otros…casi 16 kilómetros de rampa soleada y pedregosa exceptuando un pequeño descanso en el pueblo de Yeres, donde nos vimos por última vez.
Atrás han quedado el “sencillo” repecho a la cantera de San Pedro de Trones, y su fugaz descenso por una senda rápida y estrecha que  saca las sonrisas de las fuerzas pelayas, que ven como se apartan el resto de corredores a su paso. Solo un cortado al final de la trialera, imposible de trazar, obliga a echar el pie a tierra durante diez metros de caída vertical.

martes, 1 de abril de 2014

DÍA DE CHUZOS EN CHOZAS

Qué tiempos aquellos en los que ir a León (Castilla, se decía entonces) eran sinónimo de buen clima, de vacaciones, de opípara comida y sobre todo, de un tiempo seco y placentero. 
Era cuando, a la primera fiesta de cambio, nuestros padres empaquetaban maletas, fiambrera, niños y perro en el interior de minúsculos coches y tomaban camino de la casa de los abuelos, de los tíos, de los hermanos o hasta de los primos si no había más remedio. Y en aquellos pueblos de frescas casas de barro disfrutábamos de una libertad sin igual, solo interrumpida por la inapelable hora de la siesta, cuando, contra nuestra voluntad, éramos recluidos en el interior de alguna estancia a la espera de que el astro rey aflojara un poco el ritmo de sus calderas. 
Eran tiempos de trigo, de alfalfa, de tractores, de aventuras con amigos de otras ciudades, de paseos en gigantescas bicicletas de frenos de varillas.., en suma de disfrutar de otro ritmo de vida, solo influenciado por ese implacable y eterno sol que lucía día tras día, de la mañana a la noche. Pero los tiempos han cambiado, hoy en día nuestros padres suben por el Pajares sin importarles si han cargado mucho el coche, si llevan agua suficiente para el radiador o si se acuerdan de cómo hacer el doble embrague para las rampas del
21%!!! (de aquella tenía mi progenitor cierto pique con un cuñado suyo, propietario de un flamante Simca 1000, feo como él solo...al que siempre batíamos por goleada en las dichosas cuestas…vengándose luego de nuestro triste 600 en las rectas de La Robla, el condenado, hasta el día en que se hizo un recto por el viñedo familiar…jejejjj…).
Y, lo que es más importante, también ha cambiado la meteorología: de aquellos luminosos y calurosos días hemos pasado a unas jornadas grises, húmedas y lluviosas…espera… ¿estamos en Asturias?, no que en el Principado no llovía, no.
Vienen estas memorias a colación de la ruta que el siempre dispuesto terrateniente don Vega hace, año tras año por tierras leonesas, y a la que fuimos invitados el sábado pasado.

lunes, 10 de marzo de 2014

A PLANEAR RUTAS!

...Datumm…Daatummm…Daaatummmm
La cartografía, el arte de hacer y entender los mapas, tiene ciertas dosis de ciencia infusa, cuyas variables físicas confieren a la misma ese cariz de misterio, de hermetismo, de brujeríiia. 
De ahí que los eruditos de esta disciplina sean a veces tachados de  adivinos, magos o nigromantes!! 
Confirma esta aseveración el hecho de que uno de los principales investigadores de la citada ciencia, Gerardo Mercator, cuyo apellido puebla infinidad de pergaminos, estuvo en un tris de acabar en la parrilla de la inquisición, allá por el 1544, por un “quítame de ahí esos puntos cardinales”. 
Y es así; mientras que los matemáticos demuestran fácilmente que dos más dos es igual a cuatro, uno de los principales vértices de la cartografía y la navegación, el Norte Magnético, se encuentra sujeto a los caprichos de la naturaleza: -"ahora estoy aquí, ahora no…"
Y toda una pléyade de científicos, como sacerdotes de una oscura iglesia, dedican sus esfuerzos a averiguar donde demonios se halla, el Polar dichoso. 
Los profetas de esta disidencia, hombres místicos y enigmáticos, cuasi dioses, a  veces deciden compartir sus secretos con la gente humilde, con el pueblo llano, incapaz de comprender los arcanos de los poderosos. Pero da igual que se esfuercen, que iluminen sus diatribas con mil y un explicaciones, que rebajen sus intelectos al nivel del plebeyo, ¡que no hay narices!, que seguimos sin enterarnos de nada. 
Y es que: puesto que comprendemos, más o menos, que un plano, mapa o cartografía nace de una proyección de la Tierra sobre una hoja de papel, más o menos grande, ¿a qué viene que el tipo de proyección varía según su punto cenital esté dentro del geoide, en el exterior de este o a años luz del globo terráqueo, en la mismísima Estrella de la Muerte???...y que…
ahondando más en el tema o ahogándonos en el mismo, si se modifica dicha proyección, ¿no se denomina con unos términos que me niego a reproducir en estas líneas?, recatado que es uno.
Aún así y con todo, hay que reconocer el gran valor que han tenido estos dos ilustres licenciados: los señores Marín y Garrido, al compartir su amplia y dilatada sabiduría con los pobres mortales. Sucedió un aciago y lluvioso sábado de Marzo, cuando los dos prohombres tuvieron a bien deleitarnos con sus vastos conocimientos sobre el tema. Agradecidos estaremos de por vida.
Iniciaba la conferencia el vivaz geólogo, ante un público bien atento y escogido, de dentro y fuera de la provincia, (hasta un cojo había...) con una cuidada presentación sobre el sen de la cartografía o χάρτις-ραφειν, como decían aquellos griegos.
En su ponencia aclaraba tanto la historia como los raros vocablos utilizados por los geógrafos, y establecía el hecho de la deformidad de los mapas y su oportuna corrección mediante el empleo del huso, no el que pinchó a la Bella Durmiente, no, el otro.
Descifraba también unos de los acertijos de la jornada: el Datum, palabra enigmática que
designa…¡madre mía!…¿qué designa???, pues digamos que la forma de la Tierra, nuestra querida naranjita achatada, según unos parámetros que cada región escoge a su voluntad, con lo que se hace indispensable el empleo del correcto Datum, so pena de extraviarnos en medio del bosque del Lobo Malo, por utilizar el que no es, recordaba también que el que se aplica por estos lares es el WGS84.
Seguía el estudioso detallando la forma de los mapas y sus líneas, fruto del traslado de las alturas y accidentes reales al papiro, pero ya no contaba con la apreciación de los asistentes, que se habían quedado embobados con el palabro anterior y apenas atinaban a repetir el mantra mientras movían las cabezas de forma rítmica y atolondrada. Solamente recuperaron, algo, su lucidez cuando el maestro extrajo de su zurrón diversos artilugios raros y extravagantes, con los que entretenerse un poco.
Tras unos momentos de esparcimiento y recreo, subía al estrado el aguerrido profesor Don
Vicente y Pérez, para dar a conocer los últimos avances en materia de navegación; el meollo de la cartografía, pues si es bien importante el encontrarse, no menos importante es el no perderse. Hablaba el profesor Garrido, con un estilo más aplomado y circunspecto que el de su compañero de pizarra, de cómo una aplicación de origen militar, destinada a guiar bien los zambombazos de origen bélico, había derivado en la utilización de un dispositivo o parato, de amplio uso entre la concurrencia y cuya principal misión era la de encaminar nuestros pasos hacía el destino escogido, fuera este senda, bardial o mesonera. Esta tecnología en cuestión, estaba presente en infinidad de artilugios, explicaba el bachiller, con lo que actualmente era posible saber con exactitud donde se hallaba una persona.