lunes, 19 de septiembre de 2011

TERRITORIO VAQUEIRO, TRAVESIA 2011

Sumetum, tierra de altas brañas y profundos valles, de solitarios y altivos vaqueiros, de frondosos bosques y abruptas cañadas, de animales fieros y de otros tiernos…
En silencio, la columna descendía por el cortado que a duras penas contenía a los jinetes y a sus monturas. Era un tramo harto peligroso, cualquier paso en falso conllevaba una caída fatal al fondo del barranco. Los infantes extremaban las precauciones y sujetaban las yeguadas para evitar que un inoportuno traspiés diera con sus tristes huesos en la profunda sima.
“En silencio”..., había dicho el Guarda Mayor al dar salida a la expedición - “el enemigo está cerca, al otro lado del valle, frente a nosotros...En silencio..., caminaban los soldados, uno tras otro con gran lentitud...solo el ulular del frío viento y el seco graznido de los cuervos (croark…croark…) era audible en la collada.
...En silencio....el licenciado Camarero iba a la cabeza de la soldada, guiando a los soldados con mucho tiento, con mucha precaución, con mucha prudencia, con mucha cautela, con ... -"¡PAAAACHUUUU!!!, ABREEVIA, QUE NOS DAN LAS UVAS!!!!... El citado, veterano de varias batallas y cuyas patillas blancas denotaban su avanzada edad, miró hacia atrás con dificultad, mientras trastabilleaba a punto de perder el equilibrio...-“es que el estribo derecho no me suelta...JOOOH...”...
Estaban las tropas en el segundo día de los dos que duraba la travesía, siempre amenazadas por hostiles grupos de rebeldes úrsidos, que aunque no se veían, por aquellos lares pasteaban........

Allí estábamos, en una mañana luminosa y alegre, en Huergas, 16 efectivos más un joven tamborilero, vigilado de cerca por el siempre vocinglero Barredo. Rodeando nuestro exiguo batallón, otros 330 jinetes con monturas de variado pelaje. El bienconocido Hermano Parra, saludonos con afecto, repartió unos cuantos consejos, y, ya sin más, dio la salida a la expedición de este año. De nuestro Tercio se adelantaron ya, rápidos, los competitivos Juanes (Juanín, Xuan y Juan Ardura), Jorge, y los felices cuñados Rendueles. El resto de la cuadrilla se repartía por la zona intermedia del pelotón, que iba ganando metros y se estiraba al pasar por Torre de Babia. A partir de aquí, todavia se alargaría aún más, al encontrarnos ya con las primeras rampas que, aún siendo totalmente ciclables (que palabra más relativa…) obligaron a nuestros caballeros a hincar zapato en suelo y tirar de las grupas de sus compañeras de fatigas. Después de una larga caminata por pastizales de altura, (de bastante altura, que no había quién los subiera…) dimos bien en llegar a la famosa Laguna de Los Verdes, donde gracias al erúdito don Ángel Victor, supimos del origen de dicha herbacea charca (pensaba yo que lo de morrena se decía a las mujeres de rompe y rasga, pero no…). Unos momentos de solaz asueto, que el cansancio ya era notorio y proseguimos la marcha, aprovechando que los pastizales dejaron paso a las pistas que permitían un trote alegre por momentos. Llegando a la cascada del río Sañeu, estaba dispuesto un estupendo refrigerio, que aprovechamos para agrupar la cuadrilla. Formaban este corro los señores Gordejuela, Ángel Victor, Marguerido, Camarero, Zarate, Ardura con su inseparable Camilo, y el somnoliento Garrido, entre otros. Cerrando la expedición y a cola de la misma, oíanse, como un eco en las montañas, las voces del duo Barredo. Desde esta zona, y a través de unos hermosos valles, alternando de nuevo praderas con pistas con senderos, acometeríamos el largo y polvoriento ascenso al Alto de La Farrapona. Tocaba de nuevo avituallamiento, esta vez de postín, con multitud de viandas y refrescos. Y servía en este punto el siempre dichoso don Patricio, que nos recomendó, muy vivamente, echáramos mano o mejor boca, de los alimentos energéticos, pues nos quedaban algunos tramos complicados que vencer. Así lo hicimos, y tras los saludos de rigor, los miembros de la brigada fueron emprendiendo la marcha, según terminaban sus raciones. Arrancamos en descenso hacia el Lago de La Cueva, y desde este, en un feroz ascenso entre piedras, excursionistas y la sin par bella Emma, hasta la majada de Cerveriz, asomándonos al lago del mismo nombre, allá, en la lejanía. Una vez en las alturas, y, superada la Vega de Camayor, la ruta giraba hacia la diestra para enfrentarnos a unos de los hitos del camino: ¡¡¡EL PORTEO!!! asín, con mayusculas, una escalada con la jumenta a cuestas durante unos largos, pero que muy largos, 20 minutos. Durante ese espacio de tiempo inmaterial, por la mente del jinete desfilan un sinfín de consejos: -“cógela por el tubo diagonal…”…” no, no, mejor por el horizontal”…” Bah, qué sabrán estos ceporros, tíratela a la espalda”…a donde apetecía tirarla era al abismo!!!...ya queda menos, solo 50 metros….25…10…arghhh!!!, en un postrer esfuerzo, se logra la cima…por cierto, ¡que paisaje!. Allí nos daba la bienvenida un Asturcón con banderola al viento, que no había peña en la que no te toparas con uno, o con dos...;un ligero y tenue sendero nos depositaba en una elevada campiña, que había que descender...¡EN PICADO!!, por lo que menester era desmontar de nuevo y confraternizar con la pradera; algunos osados y bienaventurados jinetes sí que lograron descender montados, el resto de los mortales ora caminando, ora paseando, hicimos nuestro peculiar via-crucis hacia el fondo del valle. Allí nos esperaba una corta pero muy exigente trialera, en la que había que ir ganando palmo a palmo el terreno, y, si el descenso no era manco, todavía nos esperaba la madre de todas las rampas…los mismos valientes que habían descendido a lomos de sus jacas, veían como estas rehusaban a los pocos metros y daban la vuelta. Solo eran 2500 metros de camino, -"¡pero qué camino señores!...“ y que inclinación!!”. En fin, todo se acaba y antes de que nos abandonáramos a la desesperación y al desánimo, conseguimos hacer cumbre y descender de forma pausada, sin fuerzas para frenar…hacía el pueblo de Valle de Lago, donde recuperar nuestras fuerzas, ya muy escasas y nuestro humor. Y aquella tranquilidad tan típica de esas tierras vaqueiras vino a romperse como un cántaro en la cabeza del enamorado al aparecer por el lugar el hiperactivo Barredo y su mozo (...pero, Pablo…¿no lo habíamos dejado atrás???). La explicación llegó pronto: acompañados de los célebres César y don Paco, asturcones viejos, habían descendido por el camino de Valle de Lago, evitando así todos nuestros males. Salimos al poco de los arrabales de la aldea y, tras una ligera subida en la que el ímpetu de Barredo desmontó a un sudoroso Mancha, el resto fue un descenso rápido y veloz hacia los cuarteles en la Pola. Allí nos reuniríamos con el resto de compañeros, con los que compartimos unos momentos de relajo y disfrute por las tabernas locales y su posterior cena; algunos con fuerzas visitarían, más tarde, un oscuro, pues era de noche, lugar de juego y alterne…servido por una recia y menesterosa mesonera…exceptuando, claro está, la caterva de marmotas que se quedó en la fonda a dormitar.


La mañana siguiente amaneció fresca y nublada, y algunos reclutas, a juego con la misma, se levantaron grises y plomizos, esto es, pesados de ancas...Salimos de la misma Pola de Somiedo, ascendiendo por la rampa que habíamos disfrutado el día anterior. Llegando a Coto, tomamos el camino de La Sombra, aunque sol no había, no, que las nubes lo tapaban . A partir de aquí, el ascenso se hizo largo y cansino, pero muy cansino, o quizás éramos nosotros los que estábamos cansados. Al cabo de bastante tiempo,, y arrastrando nuestros sacos de huesos, llegamos a la cresta de aquella loma, entre acebos y piornales y nos dejamos caer hacia la Braña de Mumian, donde los Guardas nos agruparon a todos para descender hacia Llamardal de una forma silenciosa, vista la cercanía de la población Úrsida, que nos observaba con desidia desde el otro lado del monte, mientras mordisqueaban unos endrinos. Estaba la Braña Mumián recorrida por un viento frío y descarnado, que helaba los huesos de los reclutas poco preparados, allí mismo, tuvimos de asistir al aguerrido Ángel Víctor, que temblaba como hoja carcomida, el pobre, quizás por un deficiente equipaje, quizás por la excesiva ingesta nocturna de licores varios la nocheee...la madrugada pasada.. Como ya relaté, fue aquella una caminata tensa e insegura, por un lado el barranco, y por el otro el pedrero. A la mitad de la misma, hallábase la incomparable doncella Emma con algunos invitados animando a los infantes a seguir con mas brío (bueno...animando...animando, menuda guerra nos dio...casi nos tira abajo con su ímpetu…). Y con maña y recato descendimos, unos mejor que otros, hasta enlazar con la subida al Puerto, por agujereados senderos vacunos al lado de la cómoda carretera. Del Puerto a la aldea de La Cueta, se corría por una blanca y virginal pista de hormigón, con lo que en breve nos encontramos almorzando en esta última villa, eficazmente atendidos por la dulce Susana. La senda, unos plátanos después, iniciaba un suave ascenso por el fondo de la cañada, hasta desembocar en un pedrazal que hubo que atravesar andando...y con las jacas a hombros de nuevo. Era el último esfuerzo, vislumbrando ya la braña de Murias Llongas, con sus pocos teitos arrinconados contra la montaña. A partir de aquí, una rápida pista nos depositaría de nuevo en el pueblo de Coto, y de este a Pola, donde finalizarían las cabalgadas. Para celebrar el final de las incursiones, la intendencia Asturcona había preparado un gran festín, con profusión de alimentos y bebidas, contando incluso con maestros parrilleros que brasearon unos cuantos kilos de costillares y embutidos para las milicias. Y allí estábamos, entre chascarrilos y alabanzas a la ruta cuando al fin nos alcanzaron (a los postres, arroz con leche) la familia Barredo, que venían de sufrir lo indecible, averías incluidas, por los montes sometanos. Detrás de ellos, el atribulado Alperi, que también había sufrido lo suyo escoltando a la familia. Al zagal, compensaronlo con el trofeo al mas joven, y al padre, con una rueda nueva. Y así, fartucos y contentos, retornamos a nuestro hogares con un sonrisa en el rostro…-"Vicente!!!, despierta, que ya acabé…que cruz...si no fuera porque no ronca, el bendito..."

Muchas más historias quedan en el papel, pero lo que no puede quedar es el sentimiento de gratitud a nuestros amigos Asturcones por obsequiarnos estos dos días de maravillosas rutas por el concejo de Somiedo.
Muchísimas gra
cias

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