domingo, 18 de agosto de 2013

LA SOMBRA...Degaña-Ibias 2013



Mas de tres lunas han pasado ya desde entonces, desde aquellos aciagos días de finales de junio, pero hasta ahora no me he visto con el ánimo suficiente para contar lo sucedido, tal es mi congoja y desasosiego...
¿Nunca habéis sentido la presencia de alguien o algo a vuestras espaldas?, ¿de una presencia oscura e inquietante, pero a la vez invisible? que aunque no podáis verla, ¿la sentís cercana?, de un ente que os acecha, que está detrás vuestro y ¿qué no sois capaces de dejar atrás? Son sensaciones conocidas por todos. No me digáis que no.  Ahora mismo, mientras leéis estas líneas en la oscuridad de vuestra habitación, con el silencio solo roto por el suave zumbido del ordenador, seguro que estáis mirando por el rabillo del ojo a esa cortina que se mueve, al crujido que resuena bajo la cama, a ese ruido que sale del aparador (¿para qué diablos tenéis un aparador en la habitación…?)…. A estas percepciones, muchas veces infundadas, los entendidos del tema les ponen varios nombres: espectros, fantasmas, apariciones. Las causas de su presencia son desconocidas aunque muchos expertos señalan como posibles la relación anterior con personas o lugares conocidos.Y cuando uno intenta tomar una imagen de tal visión, esta se convierte en algo de formas intangibles aunque lejanamente familiares…Y la tribulación que padecen los desafortunados aumenta cuando comprueban que por más que corran, la sombra no se despega de ellos…(cago’n too…esto no pasaba antes…)
Viene todo esto a colación para que entendáis lo que sufrimos algunos de los participantes durante nuestra excursión a la Degaña-Ibias de este año. Y para que lo comprendáis todo en su plenitud, os relato lo ocurrido…
Al principio todo iba bien, excepto un ligero calentón en el vehículo; allí nos presentamos, en tierras mineras, aunque ahora andan un poco atribulados entre empresarios piratas y ministros incapaces, en buena hora y mejor estado. 
Gracias a las buenas gestiones del incólume Pachu, habíamos encontrado fonda en casa de un conocido, cuyo hijo a la sazón también participaría en la ruta. Y eso que éramos una buena cuadrilla: a los habituales Blas y Mancha, sumábanse en esta ocasión Acedo, Moya, el propio Pachu y un rezagado Manu "Pedal"…sumando…somos..¡seis!
 La ya conocida tranquilidad de la zona hacía que nos relajáramos entre los quehaceres del alojamiento, con reparto rápido de habitaciones y catres, el almacenaje de nuestras monturas, y la tardía cena (tardía porque nos moríamos de hambre) organizada por los gestores del asunto.
 A la mañana siguiente, luminosa y soleada, ya éramos unos cuantos en la zona de la salida. Nosotros, con buen acierto este año, nos decidimos por un desayuno en el bar cercano (el hogar de jubilados, que premonitorio..,) a la carpa del evento. Unos cafés, acompañados de pinchos de tortilla y unos excelentes bizcochos,  lograron despertarnos con amabilidad, que siempre se acometen mejor las rutas con la barriga llena. 
La salida, como suele suceder, siempre se retrasa un poco, en espera de los participantes alojen sus mochilas y bolsas en el vehículo que las llevara a San Antolin de Ibias, y algo después de las nueve de la mañana, se dio inicio a la marcha. 
Por aquellos lares deambulaban también los compañeros Espantaliebres con Pablo y Eugenio como líderes de su agrupación, y nuestro estimado Juan Carlos, eficaz y recio como suele ser él.
Para aquellos que nunca han participado en la misma, comentaré, muy por encima, que esta ruta es más cicloturista que las que estamos acostumbrados, pero ojo!, son 72 km el primer día y otros 50 el segundo, con un desnivel positivo de 3.400 metros, tampoco es para tomárselo a broma. 
Los obligados reagrupamientos obligan a esperar por todos los jinetes, y hasta que no llegue el último, no se reanuda la marcha. Con lo cual, aunque cada uno va a su ritmo, no hay grandes diferencias. El segundo día, es más libre, permitiéndose las escapadas. 
También, a diferencia de las rutas asturianas, los terrenos a rodar son mas…pues eso, rodadores; de menor nivel técnico si acaso, lo que permite disfrutar de las grandes vistas que rodean la ruta, sin preocuparse demasiado por mantener una velocidad elevada.  Dicho lo cual, sigamos con el pedaleo. 
Tras dar una vuelta al soleado pueblo por unos senderos en ocasiones un poco estrechos y empinados, lo que obliga a cerrar dientes y piñones, toda vez que las fuerzas están frescas y el pelotón va muy agrupado…(si te paras te pasan 50 de una vez…los conté…), se enfila la serpenteante (sí, es una víbora, sí...) senda que conecta Cerredo con Degaña, pasando por fuentes y áreas recreativas hasta llegar a la aldea de Rebollar. 
Tras superar un par de rampas, cambiamos de vertiente y ya se asciende a la cuidada aldea de El Bao, lugar de cunqueiros o tixileiros como los llaman por allí, y de reposado avitualle, también. 
Pablo aprovechó para intercambiar impresiones con un vecino de la zona, utilizando el dialecto habitual, en el que es tan ducho. Cómo hasta allí los desniveles no eran exagerados, nos manteníamos en un estado de salud decente y con cierta unidad en las fuerzas, marchando en vanguardia el entrenado Manuel, a continuación un no menos entregado Pachu, y soplándole el aire a este, el trío calaveras Pablo-Antonio-Mancha, seguidos de cerca por el barbudo Blas. A partir de aquí se iniciaba un suave pero continuo ascenso al Alto de la Campa, asfaltado, sí, pero son 11 km de pendiente continua, hay que tomárselo con calma y disfrutar de las vistas. 
Al llegar al alto, y después de refrescar gaznates en uno de los muchos avituallamientos líquidos que pone la organización en la ruta, comenzaba el tramo montuno: una pista de piedra fina y con repechos a ratos fuertes y a ratos más fuertes,
que lograría que las distancias entre ciclistas aumentaran y ya fueran definitivas hasta la comida. La senda asciende a las alturas de Villares, creo que son solo 6 km, ¡pero menudos 6!...se escala hasta los 1380 metros; la suerte es que te entretienes con los paisajes de impresión por los que pasa el recorrido. Es un sube-baja-sube-sube y trepa por suaves valles y colladas, rodeados de pizarras, jaras y piornales, y siempre en senderos cuya mediana está ocupada  por fresco herbazal. 
Fue Antonio el primero que se dio cuenta, con certera perspicacia, labrada en años de oscuridad y silencio, y mientras descansábamos en una de las revueltas del camino, acertó a decir, retorciendo su cuello sobre la montura…-“...Creo que nos siguen…”. A lo que tanto Pablo como yo, no dimos mayor credibilidad (craso error, que el de Fuente Obejuna no erraba): con rendimientos deportivos claros y conocidos, cada uno ocupaba su lugar en el pelotón y era lo que había.
Pero es verdad que cierto resquemor erizaba los pelos de nuestras nucas (las de Pablo y la mía, que Toni va pelao...), como si algo siniestro y velludo cercara nuestros pasos, como si un contorno oscuro y amenazador acosara nuestras honras...bueno, sigamos.
El terreno se abre un poco en la cantera de Tormaleo y a continuación se rueda de forma favorable en dirección a Pelliceira, donde sirven el amuerzo: bocadillos de tortilla, de chorizo, de empanada, todo ello regado con sidra, refrescos o tintorro, que también había. Los postres consistían de frutas variadas, yogures refrescados en la Fuente de la SAlud y en un bizcocho casero de 19 pulgadas, que había que tener valor para probarlo y estómago para digerirlo.
Y allí nos reunimos, bajo la carpa azul que mitigaba los efluvios solares, degustando las viandas, algunos en mejor estado que otros.

Después de una buena sobremesa, con reposo y estiramientos varios, el pelotón se pondría en marcha de nuevo para discurrir por caminos muy anchos y ya en descenso.
Se pasa por los lugares de Santiso y Caldevila y se inicia el tramo final hacia San Antolín, cuyas casas vemos desde lo alto. 
Este año habían hecho una variante al recorrido, y se perdía altitud por una preciosista y deliciosa trialera, en la que disfrutamos como lechones en jardín de bellotas. Al final de la misma, con un giro cerrado sobre pizarra, estábamos Moya y un servidor, todavía con la sonrisa en los labios, cuando llegó Pablo, de los espantalibres, con el susto aún en el cuerpo…dos revolcadas y media que le había costado la trocha, y estaba el pobre todo dolorido. Poco después aterrizaba  Acedo, mirando hacia atrás sudoroso…-”...¡¡¡lo tengo detrás, no me lo quito de encima!!!”...decía el mellariense, secándose el sudor con un roto guante, pero por más que miramos, no había nada a su retaguardia. Solo el tranquilo Juan Blas, que paseaba por la zona, y que,  aunque no lo veíamos muy bien, iba pegado a nuestros sillines como llámpara al pedrero. 
San Antolín de Ibias nos recibía con calor, eran poco más de las cinco de la tarde, pero aquello es una sartén al fuego señores. 
La espera para el lavado de bicicletas (obligatorio este año) se amenizaba un poco entre cervezas y charla con los participantes; merece una mención especial el lavandero, se pulió el solito las ciento y pico bicicletas, amén de quads y alguna moto, y siempre con una sonrisa en los labios, bravo por él.. 
Una vez limpias y aseadas las monturas, y tras depositarlas en el gimnasio del colegio, tocaba buscar la habitación; no había problema, aparte de estar nominada, ya descansaba en ella el rápido Manu, que fino como él solo, se había agenciado el único colchón de muelles de la estancia. Al resto nos tocaba blanda gomaespuma, lo mejor para cuerpos fibrosos y estilizados como los nuestros. 
Unos momentos de desembalado de equipajes, y todo el mundo a ponerse el bañador y correr hacia la piscina. Todo el mundo menos los olvidadizos Manu y Pablo, que en su afán de hacer bien la maleta olvidaron la equipación bañística, y tuvieron que contentarse con ver los toros desde la barrera, o sea, desde la barra del bar piscinero. 
La tarde en San Antolín se hace corta y pronto llega la hora de la cena, en uno de los dos restaurantes cercanos. No me preguntar por el menú…no me acuerdo, había algo de entremeses, un primero un segundo y fruta. Preguntarme por lo de detrás de la cena, que de eso si tengo memoria: el excelente orujo de hierbas al que nos invita siempre el comisionado Pelayo de la zona, Sr. Juan Carlos. 
A Pachu no le inquiráis cómo estaba el orujo, no; su preparación físico-mental alcanza exigencias intolerables en cualquier hombre menos en él…tomó leche. En fin, después de unas cuantas rondas invitados por el jovial y un año mayor Srto. Moya, tocaba retreta y a los catres nos dirigimos. 
Alguno, ya en el alojamiento, intentó cruzar verbos con las amazonas anexas, pero salió como el pollo que entra en corral ajeno: desplumado. 
Y la noche se hizo oscura, que apagaron las luces, y nos sentimos abrazados por nuestros jergones y somieres, de forma tal que era imposible darse la vuelta, dormir boca abajo, o no pensar en Manuel, que dormía plácidamente en postura horizontal, mientras el resto probaba varias posturas de yoga, todas ellas inútiles, los colchones ganaban por goleada. 

La mañana siguiente, fresquita, se desayunaba en el mismo local de la noche anterior; y a una hora más que recomendable, y tras recoger enseres, ajuares ropa y equipo, que Ibias está muy lejos para volver a por el móvil, se iniciaba el retorno a Cerredo. 
Fue en ese momento, entre las prisas por la marcha y los nervios por la forma, cuando sospechamos el origen de nuestras desdichas, pero como buenos compañeros y preocupados siempre por el bienestar de los camaradas delicados, no dijimos nada. 
A diferencia de otros años, en los que se recorría una parte del sendero fluvial, intrincado y engorroso a más no poder, en esta ocasión, la organización exhibía un recorrido en duro ascenso hacia Cecos y San Estebán, que aunque al principio facilitaba el rodaje por pistas alquitranadas, al pronto lo endurecía con una estrecha y herbosa senda, en la que el mariscal chacinero, fresco como una rosa, nos puso a todos a su trasera…al ocupar él todo el camino, claro…a ver quién lo pasaba, …llevaba silbato... Manuel ya rodaba lejos, muy lejos, y por detrás, sintiendo cada vez más cercana la presencia de esa sombra 
inquietante y amenazadora (para nuestro ego…), la terna fraternal. 
Pero el miedo y la desesperación mueven montañas, o por lo menos ayudan a subirlas, porque ascendimos como posesos, plantándonos en la emparrada aldea de Omente en menos de lo que se tarda en decir…: -¡”Qué viene!!!, no, no era eso lo que iba a decir, esto es lo que dijo Antonio, y era cierto, ahí venía, una silueta inmensa, oscura y amenazadora, resoplando cual morlaco enfurecido. 
Dionos tiempo a recoger algo de agua y bollería y poner pies en polvorosa. 
El camino se convierte en carretera y, tras rodear unos cuidados corros de colmenas, se toma el desfiladero del río de La Collada. 
La entrada estaba custodiada por organizadores y galenos, ante la inclinación de inicio, pero tamaña era nuestra zozobra y premura que la tomamos al asalto, sin tiempo a oír lo que nos gritaban aquellas buenas gentes...-"Cuidado...qué os la dais!!!"… A decir verdad, el que se tiró al precipicio fue Pablo, tanto Acedo como un servidor tenemos esposas (santas y gloriosas) ante las que responder de cualquier arañazo en nuestra querida y generosa anatomía… 
 Aquí, la presencia de la temible visión era ya un hecho, a unas pocas decenas de metros, seguía nuestros pasos como el astado sigue al torero cojo, cercándonos poco a poco. 
Ya daban igual los arreones que los atajos. Cada vez estaba más cerca y ya sentíamos en nuestras grupas su poderosa respiración, esperando de un momento a otro la fatal embestida. Pero el Dios de los jinetes, de vez en cuando echa una mano a los esforzados y, a la altura de El Bao, consintió que al feroz espectro le cayera encima un oportuno desfallecimiento, que por estos lares conocemos cómo “pajara”, y en otros por “sobredoping”, teniendo que reclamar la ayuda de la camioneta de reparto para ascender el largo puerto del Tablado. 
Algo que el angustiado terceto superviviente lograría a duras penas, tras tener que guarecerse del temible sol en un espacio de medio metro en la que entraban jinetes, monturas, quitamiedos y un par de cotollas. 
A la que reposaban de los duros calores, veían pasar entre vaharadas de vapor y de miedo a su temible perseguidor, oculto tras los velos de un siniestro carruaje. 
El resto del ascenso fue solitario y solidario, rebasando por momentos a algunas unidades desperdigadas. 
En la cima aguardaba de nuevo el amenazador nigromante, pero las meigas nos eran propicias y al carecer aquel de cabalgadura, por venir en otro carro, pudimos zafarnos de nuevo de sus embistes. 
Se desciende a buena marcha en dirección a Rebollar, donde avisados por la organización, dos “aceitunas civiles” nos daban un giro hacía la diestra, en ruta a Degaña. 
Es esta una zona en suave ascenso, pero tras pasar la capital del concejo, el desnivel se incrementa a la vez que las fuerzas, ya pocas, es verdad, desparecen de forma dramática, no, no desaparecen:…¡HUYEN LAS CONDENADAS!!!..
Son 9 kilómetros en los que da tiempo a pensar en muchas cosas: en que hay que entrenar más, en cómo demonios lo hacen esos dos que van delante, que te sacan dos piñones, en que menos mal que no hay un bar cerca, en que vaya mirada asesina que te acaba de echar el que acabas de dejar atrás…pero en cuanto de das cuenta, desembocas en la carpa que abandonaste ayer, delante de la cual humea un perol de dimensiones castrenses ante el que se agolpan, codo con codo, una decena de ciclistas, degustando el más exquisito hígado encebollado que probarás jamás…vale, el de tu progenitora también es bueno, pero este lo saborearás con un placer añadido, el de finalizar la ruta, que bien nos ha costado, y mojaras y rebañarás hasta que tu tripa supere los tirantes del culotte, amén. 
 Tras el conveniente aseo, que algunos competimos en olor corporal con los osos cercanos, toca pitanza: sabroso cordero allí mismo cocinado, con las uarniciones acostumbradas, y tras el convite, la entrega de premios, divertida y campechana a cargo del presidente del Club Rozón, encantador personaje. 

Esta vez sacamos trofeo, y Pachu, pérfido y fullero individuo, también. 

Del resto me quedo con un ejemplo: el de 300 comensales, toda la carpa, entre jinetes, organizadores y amigos, cantando el “cumpleaños feliz” a nuestro querido Pedro Pablo, que sorprendido y conmovido, asistía al cántico con la sonrisa entre los labios. 


Del maligno fantasmón no supimos nada más, aunque desde entonces, no dejamos de mirar hacia atrás por si aparece de nuevo la tétrica sombra…


¡AY-AY-AY!..¿QUÉ SE MUEVE DETRÁS DEL ARMARIO...???

jueves, 8 de agosto de 2013

Ribereños, pocos pero muy risueños (un relato de ... El Jinete Válvulas)

 
La llegada del alba del sábado para todo buen laborante suele empezar con un ¡albricias, por fin toca reposar!, ya que, por norma general, te consiente dar media vuelta y proseguir con el ciclo REM un buen rato más. Pero esa norma no se aplica a los miembros de cierta orden que, cual condenado a galeras, se arrastran fuera del camastro cuando apenas el sol se ha mostrado, enfúndanse “el traje de los sábados”, cual monje viste sus hábitos, cargan los bártulos y pónense a dar pedal como descosidos, y sin rechistar, por la cuenta que les trae…Tan locos esos pelayos.
Tras una semana de deliberaciones, proposiciones decentes e indecentes, idas y venidas…Pepe a dónde vamos, y Pepe por dónde, y Pepe cuánto tardamos en volver, y Pepe dónde comemos, y Pepe dónde paramos, se había llegado a un punto crítico… Y es que las misivas de embarcar a los miembros de la orden a la aventura de Geras no daban frutos, incluso llegados al extremo de “sobornarlos” con una buena caldereta. Nada, el asunto no cuajaba ni a perdigonazos (¿seguro que esto es leche?). Finalmente nuestro comanche rastreador, el Jinete Barcáiztegui, decidió tomar el toro por los cuernos, y pese a que Menganito tenía una boda, Fulanito tenía un bautizo y “Susanito” tenía malo al ratón, se las arregló para embaucar a 10 jinetes, estibar los velocípedos en los cuadricípedos, y ponernos en camino hacia un lugar de la Ribera, de cuyas caleyas saldría nuestro camino y posteriormente este bonito relato. ¡La peregrinación se hacía o se hacía! ¡Sólo eso nos faltaba, hombre ya!
Se concertó la reunión junto al bazar del camino carbonero y, en fila de a uno, los jinetes en sus vehículos fueron llegando. Aunque había inquietud entre los jinetes, o quizá aún se estaban despertando, pero aquello no tenía ni pies ni cabeza. Alguno escapaba como un tiro a por el café de rigor, a ver quién ye el guapo que lo aguanta sin tomar el brebaje. Otro llegaba, para marcharse a por el velocípedo, sí, sí, como lo oyen, uno no hizo acto de presencia debido a un caso de “morritis aguda”, y un jinete impaciente dejó abandonados la mitad de sus enseres en medio de todo el tejemaneje de enseres y velocípedos. Vamos que aquí hay para todos y de todos los gustos señores, y solo acabamos de empezar.

La llegada a Soto de Ribera, quedó enmarcada por la sorpresa, cuando el Joven Escudero, llamado Cortés, se percató de que le faltaba un enser vital para todo buen jinete, el yelmo. No soy capaz de acertar cuan desazón se apoderó de su corazón, dando vueltas para encontrar un yelmo de repuesto, mientras cierto pícaro bribón se lo pasaba pipa. Reconozco que me puede la bondad… (¡Que me puede, he dicho!) … y tuve la decencia de hacer entrega del yelmo, justo cuando ya al pobre mozalbete le estaba dando algo. ¡Dieguín, que no voy durar toda la vida!
También el veterano Jinete Gordejuela sufría contratiempos con sus frenos; era muy curioso el asunto, le frenaban para subir, pero no para bajar…Misterios de la alquimia, o brujería quizás oiga. Pero tenaz y arduo jinete cuyas posaderas han recorrido cinco de los siete mares, no se deja amedrentar por tamañas nimiedades y fue el primero que, sin dudar, se tiró monte arriba como manda el regio monarca, “con una sonrisa y un cuchillo entre los dientes”

Comenzaba el día y cuando ni una legua se había recorrido, no quedaba lugar a dudas, al ya conocido Jinete Válvulas le va haciendo falta pasar el agua, porque está cogiendo mucha afición a bajarse del velocípedo sin antes poner el pie. ¡Que ya ye mayorín el rapaz y no todo es llevar un velocípedo resultón! Los caminitos y la posterior subida fueron un buen calentamiento, con unas panorámicas espectaculares y una esplendida vegetación, siempre viene bien variar de cotoyas y espinos varios. “¡Nos van a comer las garrapatas!” esgrimía un preocupado Jinete viendo cómo aumentaba la vegetación alrededor de la comitiva. ¡Prubines! ¡Tendrán fame!

Para esta ruta nos acompañaba un nuevo jinete, virgen completamente, en asuntos pelayeros, malpensados, al que en alguna ocasión habrá que explicarle que esta es una peña “gastrobetetera”, como bien dice nuestro compañero Juan Blas. ¡Joer! ¡¿De dónde has sacado esa máquina?! Me preguntó un pálido Joaquín que se preguntaba si la ley de la gravedad actúa sobre todos por igual. No supe qué responderle, bueno más bien no tenía aire para ello, si acaso casi me apetecía tirarle un guijarro al casco al maldito, a ver si así lo parábamos. Por su estilo dando pedal se ha ganado el nombre de Jinete Molinete.
La bajada, preciosa, empinada pero muy llevadera, demostraría que no había manera de refrenar la montura del Jinete Gordejuela, que tuvo que hacerse la bajadita a pie por si acaso se embravecía su montura durante el descenso.
Más adelante, en un sendero nos encontraríamos a unos compañeros del Jinete Margarido, a los que pediríamos las buenas nuevas sobre el estado de los caminos que planeábamos atravesar. ”El primero está bien y el segundo bastante mal” esas fueron las nuevas. Agradecidos continuamos nuestro periplo.
Los aullidos de dolor eran audibles en todo el valle… ¡Ay como pincha! ¡Ay, ortigueme! Los amigos del Jinete Margarido nos habían tendido una elaborada emboscada. Y dado que ese era el camino “bueno” ¿Quién se atrevía con el “malo” que se avecinaba por el horizonte? Tras que unos lugareños nos advirtieran del inminente peligro, el Jinete Barcáiztegui no dio con voluntarios para adentrarse tras las líneas enemigas, fue menester batirse en retirada y buscar otra manera de alcanzar San Andrés, incluso algunos, presos del pánico, salieron como saetas saltándose las indicaciones de un cansado Barcáiztegui, que no daba abasto para dar caza a estas vigorosas juventudes y mantener la cohesión del grupo.
La Senda del Oso nos dejaba reposar las piernas y disfrutar de unas vistas espectaculares, compartir algunas amenas conversaciones, echar fotos e incluso acordarse de anécdotas de rutas anteriores. No todo va a ser sufrir en esta vida, hombre.
Dosango señores, con sus largas y tortuosas subidas, fue castigando a la tropa, que ni ganas de toser nos dejaba. El Jinete Gordejuela ya iba resignado con su rueda posterior medio frenada, o quizás era la rueda quien se resignaba con él. El Jinete Villarene, que quería disfrutar de la panorámica, o eso decía él, se tomó la subida al tran tran. ¡Y cómo no!, nuestro comanche rastreador el Jinete Barcáiztegui, al cual todos queremos el 90% del tiempo y odiamos injustamente el 10% restante. Pues él, que es un chaval estudiado y se olía la que iba a haber, se apresuró a dar zapato cuesta arriba a ver si así le pitaban menos los oídos; la cosa no debió resultar, porque la brisa traía el lamento de los caídos a los que ya habíamos llegado arriba. ¡¿Pepe, dónde nos has metido?! ¡¿Pepe, qué es esto?! ¡Pepe, acabas con nosotros! Claro que eso no les importaba al Jinete Molinete y al Joven Escudero, que llevaban media hora tomando un refrigerio en la cima, más frescos que una lubina del Cantábrico. ¡Demonio de críos, no hay quien pueda con ellos!
En la llegada a Pedroveya la moral de las tropas se resentía, por lo que empezaron las deserciones; 3 jinetes huyeron como alma que lleva el diablo caminito de la taberna, mientras que los demás ascendimos aún una pista para llegar al mismo sitio dando un pequeño rodeo. Aunque fue una pista que se agradeció mucho, muy entretenida y con unas vistas espectaculares. Fue ahí donde el Joven Escudero demostraría de nuevo de qué pasta estaba hecho, con una buena acrobacia que impresionó hasta al Jinete Margarido. También el Jinete Molinete dio el susto del día, que casi se dio un buen revolcón por el polvoriento suelo, si ya dicen que la potencia sin control…
A su salida nos encontramos con los desertores bien repanchingados con cerveza, tapa y todo. ¡Ya os dijimos que por ahí no se atajaba! Nos espetaron. ¡Qué semblante tenéis! ¡Pelayus traditoribus non praemiat, avisados estáis! ¡La próxima ronda no os invitamos, hala! Tras un ameno refrigerio, donde nació la idea de la “Fragoneta Pelayera” (ya me echo a temblar), las nubes comenzaban a amenazar. Decidimos arrancar dirección al embalse de los Alfilorios, donde nos encontraríamos una buena subida más y un tramo precioso campo a través donde el joven escudero pudo tomarse la revancha contra el  Jinete Molinete, y es que sobre el velocípedo todo lo que sube ha de bajar alguna vez, hasta el tenaz orgullo de jóvenes mozalbetes apresados por la impetuosidad de la juventud.
¡Contra! ¡Si en esta también andaba el Jinete Josmarín! Tan discreto siempre este hombre, no me ha dejado ninguna anécdota que contar sobre él. ¡Ya te pillare para la próxima!
Una fantástica jornada en una gran compañía, los jinetes de Btt Pelayo habían vuelto de la batalla, con algunas heridas sin importancia y resbalones tontos, de los que uno se puede reír porque nadie se hizo daño, demostrando una vez más que no todo es el físico en el velocípedo, ya que el compañerismo y la camaradería también son capaces de mover montañas.
¡Me siento honrado de haber compartido con vosotros la  ruta ribereña y ha sido un placer escribir su crónica! ¡Espero que os guste!
¡Hasta la próxima!

Fdo. Jinete Válvulas

 

domingo, 14 de julio de 2013

La que has liado Manuel, XX VCG

Que 20 años no es nadaque febril la mirada, errante en las sombras...decía la canción.
Si a Manuel Arrieta le hubieran asegurados hace dos décadas, mientras enseñaba los alrededores de Gijón a una fértil pandilla de quinceañeros, que con el paso del tiempo esa ruta se iba a convertir en un referente entre los ciclistas de monte de Gijón, habría tachado de iluso al dicente. Aunque luego, con su particular bonhomía y su media sonrisa, se habría quedado pensando si sería ello posible. Pues han pasado 20 años Manuel, La Vuelta, con mayúsculas, se ha graduado Cum Laude entre los aficionados; aquella tierna pandilla de rapaciños forman el núcleo duro de la Peña Pelayo, y tú, ya maduro y peinando rizosas canas, vuelves a acompañar a los ciclistas durante su recorrido. También Carlos de Luis, fiel a su
estilo, que exhibía la primera bicicleta con la que efectuó la marcha, cuyos desarrollo daban miedo solo de mirarlos…
En este tramo temporal, la ruta ha tenido de todo, recorridos hacia delante, hacia detrás, por el medio, atravesados, etc. De los primeros tiempos en que todo quedaba dentro de la parroquia hemos pasado a los actuales, donde es normal visitar varios concejos. Pero esta vez tenía que ser un poco diferente, y vaya si lo fue. Gracias a las buenas o malas artes del maestro Marín, exiliado temporalmente en frígida isla vikinga, y experto en caminos intrincados, el diseño de este año fue inédito y llamativo, y, por más que el licenciado jure y perjure lo contrario, mostrando trucadas cifras estadísticas, bastante más duro que los anteriores. De lo que damos veraz fe los Pelayos que recorrimos una y otra vez y otra más los tramos durante la eterna preparación de la ruta, y los dos cientos de participantes que finalizaron la prueba…Duro-duro.
Cómo sería, que en el segundo de los cortes, realizados para ajustar los tiempos de la cabeza y la cola del pelotón, los únicos que estaban allí eran unos agotados y sufridos guías, buscando agua por las cunetas…bueno, agua y un atajo.
Pero entremos en materia, los datos de la Vuelta abruman: 240 participantes dorsalizados, que sin dorsal corrían unos cuantos, casi 40  Pelayos, algunos guiando y otros acompañando, 72 km recorridos con un desnivel de 2500 m y un IBP de 212, y las  40 horas que duró la inscripción abierta da idea de la magnitud que ha alcanzado la ruta.
El corto tiempo en que se agotaron las plazas hacía prever un recorrido bastante más rápido que en años anteriores, de hecho, los primeros en llegar al punto final de La Arquera, lo hacían a las cuatro de la tarde, cuando lo planificado era una hora más tarde. Ojo, los primeros, que los últimos se hicieron esperar hasta las seis, pobres de ellos…
Cómo era de esperar, el experimentado geólogo había preparado un itinerario fatigoso y exigente.
Ya desde el primero momento, con rampas a la altura de Sotiello, quedó claro en los corredores, que el sudor iba a ser una constante en sus ropas, y no por el sol que ya empezaba a despuntar con timidez, si no por la dureza del terreno. Tras un breve paso por las alturas de Veranes, se ascendería hacía Aguda y posteriormente, tras bajar a Pinzales, hacía La Pedrera, donde aguardaba un buen desayuno. No hubo grandes contratiempos, excepto el sufrido por el aficionado Rectos, que quiso probar en sus carnes la consistencia del barro de uno de los pocos charcos que encontramos...¡no hay forma de mantenerlo limpio al rapaz!!!
Así contado parece que fue cosa de cinco minutos, pero no, ¡tres horas!, tres!!: los ascensos eran de los de apretar dientes, manos y piernas, con los computadores clavados en 3-4 km/h y el sudor recorría hasta el más nimio centímetro de piel, mientras se negociaban rampas extremas, y se saludaba guturalmente a conocidos...¿cóomo...vassss...?.....maaal...os habeis pasaaado...
El desayuno propiciaba que los más rezagados tomaran de nuevo contacto con las tropas profesionales, empeñadas ellas en que no las adelantara ni su sombra, ni, por supuesto, la del vecino.  A estas alturas, el pelotón de zaga, gran herramienta para recoger despistados, reparar averías y confirmar la mala preparación personal, estaba formado por un número creciente de unidades: el boticario Venta, el banquero Felix, el moreno Josmar, y los habituales de la zona: Acedo, Sr. Alfonso, el de la Mancha y el ilustre Paulino. Moya, iba en esta ocasión un poco adelantado, repartiendo collejas a discreción, como suele ser usual.
La organización estrenaba bicefalia en esta ocasión: mientras el siempre eficaz Echevarría, cuya desmesura con el micrófono crea estragos entre los participantes, establecía tiempos y estados en la carrera, el no menos excesivo Barcaizteguí, que tras una hábil maniobra se había colado en el coche del comandante Nacho (fino, fino...), colaboraba en situar caminos, senderos y vehículos en su lugar. Todo ello comunicado en tiempo real a los sufridos ciclistas a través de la red de emisoras de la casa.
Y así, entre suspiros, lamentos y sudores, dejamos la soleada campiña del desayuno y fuimos a buscar metas más altas, pues haber, habíalas.
Aquí las tropas de vanguardia aceleraron el ritmo en demasía, provocando el primer corte de las unidades de cola. Vadeado ese arroyo que precede al ascenso al bosque, donde más de uno probaría la dureza de las piedras mojadas, los sufridos cancerberos dirigieron un numeroso pelotón por las tierras de Munco, evitando el largo ascenso al pinedo de Muño, y, logrando con ello llegar con no demasiado retraso a la iglesia de la Collada, lugar de almuerzo (cerca de este lugar, y a la sombra de un centenario roble, se encuentra un modesto bodegón, que atrae a los ciclistas como la miel a las abejas y donde se congregaron unos cuantos, predominando el color azul entre ellos… ).
Si se preguntará a los extenuados participantes que recuerdo se llevaron de la jornada, podríamos apostar cual fue…el de todos: una dura, larga, empinada y soleada a mas no poder rampa de 600 metros de guijo
(aquí he estado atento Pepe…), piedras, cantos y zarzales, que esperaba a los jinetes a pocos minutos de la comida. Se puede decir sin rubor alguno, que ya somos hombres hechos y derechos y esto no lo leen nuestras santas..., que hubiéramos llorado si nos quedaran líquidos en el cuerpo, pero como estábamos secos, no hubo más remedio que tirar para arriba.
La endemoniada senda, conocida con temor por el nombre de la vaca, o algó así, desembocaba en Paraguezos, lugar ampliamente hollado por la comunidad del pedal. Y allí se fue reuniendo de nuevo el pelotón de cola o cierre, que ya no había nadie detrás.
Se echaba en falta al enorme Blas, que haciendo gala de una inexplicable energía, cabalgaba ya en lontananza…o eso decían…Daba igual, que ya éramos unos cuantos.
Desde el cruce se tomaba el fresco camino del pico, girando a la izquierda para rodear por el fondo del valle en dirección al cruce de Cuatro jueces. Allí, y mientras los esforzados continuaban senda hacía Candanal, sus barrizales y su pérfida pendiente de Brañaverniz, el cansado y derrotado grupo perseguidor (del final) giraba en dirección al valle de Rioseco, acompañando a una nutrida cuadrilla de rezagados.
En el descenso hacía las profundidades del valle, a través de una pista rota y despedregada, el rebotón Mancha, quizás pensando en la cena que vendría luego, hincábale un diente de su catalina mayor a una de las cubiertas del despistado Josmar, que veía fugar el aire de su rueda sin creérselo.
Tras dos cámaras, tres bombas y la intervención de todo el pelotón de atajo, se pudo continuar la fuga, que hubiera sido de mayor duración si no estuviera cerrado el chigre de Deva, pero como lo estaba, pues seguimos..
En La Arquera ya descansaba un numeroso grupo adelantado al tiempo y a los males de Peón. Mientras Luís madrazo y su moto porteaban agua a los infelices que ascendían en aquellos momentos por Brañaverníz, el resto se desperdigaba por la zona buscando una sombra que los cobijara.
Desde allí, y una vez reagrupado el pelotón, aguardaba un veloz descenso por carretera y pista hacia el camping de Deva donde nos recogería la policía municipal para conducirnos, debidamente protegidos al recinto de Las Mestas.
La próxima vez, por favor, que nos paren antes, si llega a venir el Alsa de la villa, acabamos todos en la estación..donde pare el autocar...
La entrada a Gijón, a diferencia de otras ocasiones, evitó el paso por el muro de San Lorenzo y su famoso carril-bici; en vez de ello, y tras pedalear por delante de la feria de muestras y vadear el Puente del Piles, se llegaría a Meta a través de la Carretera de Villaviciosa como en ocasiones precedentes.
Y hasta aquí puedo contar, como decía aquel locutor, el resto queda en familia...
Como siempre, hay que agradecer la participación del Patronato, de los miembros de la Cruz Roja, de los de Protección Civil, de la Guardia Civil con sus dos buenas motos, del resto de moteros y de nuestro excelente vehículo de apoyo logístico con sus buenas tortillas, gracias Pepe.
Y por supuesto a los dos cientos y pico de ciclistas que dan vitalidad y energía a la Vuelta al Concejo de Gijón año tras año, aunque les pese luego en las piernas.
Gracias a vosotros la Vuelta se mantiene viva.


...no se quejarán los participantes de estar mal atendidos...36 Pelayos en bici más otros siete en apoyo...casi nada.
Enhorabuena a todos.
Pd. ¡Pepe!, vuelve, deja de coger piedras que se va a caer el avión...ya toca preparar la XXI!!!

domingo, 2 de junio de 2013

A Covadonga hemos de llegar...algún año


La estancia estaba en silenciosa penumbra, los velones de un par de tuferarios a duras penas lograban iluminar el pergamino que estudiaba el delgado religioso. Sus manos asían el papel con fuerza, mientras sus febriles ojos, escudados tras unos ahumados anteojos, recorrían los párrafos rápidamente. No era un monje cualquiera, bajo aquellos castos y oscuros ropones se hallaba uno de los más feroces inquisidores que la Orden jamás había nombrado: Pedro Pablo de Moyada ostentaba el cargo hacía ya varios años, y bajo su férreo yugo, no pocos herejes, renegados, ácratas y libertinos habían sido reconvenidos de dura y contundente manera.
Los cirios languidecieron brevemente, expulsando volutas de un humo negro y aceitoso, cuando la puerta se abrió dejando entrar a un cojeante fraile de pelo canoso. Los ojos del superior recorrieron de arriba a abajo al tembloroso dominico, riojano por más señas, y cuya facilidad para enfangarse era bien conocida en la comunidad, de hecho, sus hábitos lucían parches de lodo por algunos de sus pliegues frontales. –“Estamos preparados ilustrísima”. Al otro lado de la puerta veíase la comitiva que acompañaría al temible inquisidor en su inspección por las mazmorras. 
Estaba formada por el pausado y tranquilo procurador Roces, y por el no menos impasible licenciado Modesto, cuyo nombre hacia gala a su recato y decoro. Ambos eran los asesores de su eminencia en los autos de fe de aquel día. Asintiendo con la cabeza, el cruel místico avanzó con decisión por el largo y tenebroso pasillo en dirección a los sótanos. 
El calabozo principal se hallaba a poca distancia; alumbrado por varios hachones colgados de las paredes, era tan amplio como sucio y pestilente. El alguacil Acedo, un temible individuo de cuerpo ancho y bronca voz se apresuró al encuentro de grupo. Portaba en las manos una suerte de vigueta rota, a la sazón de una palanqueta o manubrio…-“Se ha roto de nuevo, ilustrísima, y con esta ya son tres, el hermano herrador esta preparando una de buen acero, para ver si aguanta”.
La traviesa en cuestión era parte importante del potro, temible instrumento de castigo, utilizado en aquellos mismos momentos para tensarle las jarcias a uno de los inculpados.
Pablo de Moyada giró su cabeza hacía el centro de la habitación, allí donde se encontraban los dos principales ajusticiados: Los hermanos Blas y del Real. El primero de ellos estirado cuan largo era sobre un maltrecho potro, que crujía sobre sus cuadernas como navío ante galerna, mientras el segundo aguardaba sentado en un triste taburete. Entre ellos se hallaba el silente verdugo Vázquez que, con cara severa y taciturna, sostenía la otra parte rota del garrote.
Los cargos, recogidos en el formulario que había leído el sacerdote, eran serios e irrebatibles: retraso en el proceder de la orden, incumplimiento de la misión encargada, quebranto del ayuno y abandono de las tareas monacales…
Fray Pablo de Moyada observó con gesto adusto al encausado de mayor edad, el del potro. Su envergadura era tal que las correas apenas lograban ceñirle la cintura; mirando con mayor atención, advirtió un movimiento en las mandíbulas del hombre, escondidas tras una espesa barba. A su gesto de extrañeza respondió rápido el alguacil, mientras se secaba el sudor con un sucio trapo: -“se trata del bocadillo del verdugo, eminencia, logró quitárselo en un descuido”.
El otro preso, de menor estatura y volumetría pero similar corpulencia, exhibiendo una tranquilidad rayana en la pachorra, esperaba su turno (toda vez que el potro no se desvencijara totalmente…) como quien espera a misa de doce. No estaban solos en la penuria, un poco más alejado se encontraba un hombre de tez morena y ojos vivaces, cuyas manos y cabeza tenía aprisionadas en un cepo.Acedo levantó la tea que manejaba con soltura, y de la que no se despegaba jamás, y la luz de esta iluminó las facciones del castizo jurista Lledó, penado por quebranto de conducta y espíritu respondón.
La celda, a disgusto de Fray Pablo se encontraba en aquellos momentos repleta de gentío. A los frailes de la orden se sumaban unos cuantos laicos procedentes de tierra adentro, que observaban la escena desde la seguridad del deber cumplido. Los acompañaban algunos conversos propios y ajenos, que también había ganado el jubileo correspondiente. Se reconocían, entre otros, los semblantes cansados de los oficiantes Mulero, Rendueles, Vara, Marguerido, y al circunspecto hermano René.
Rodeando el grupo, se acercó el catedrático Fray Modesto, coadjutor de la procesión, que, inclinando la cabeza con respeto comenzó su informe: -“Eminencia, ya tenemos los testimonios definitivos, no dejan lugar a dudas, los reos son culpables.” El cruel místico asintió en silencio, a la vez que hacía un gesto hacia el verdugo, que intentó apretar el tormento en vano, las cuerdas restallando como jarcias en temporal. –“…con su falta de pasión y convencimiento impidieron la llegada de nuestro monjes al Santo lugar …”- seguía desgranando el monje con entusiasmo.
Separose un poco el prior del leyente, observando como por la zona corría arriba y abajo un joven monaguillo, de nombre Arguelles, que iba de un lado a otro sin orden ni concierto. En estas estaba el zagal, deambulando, cuando acertó a pasar cerca del máximo religioso, que sin pensarlo ni un instante, soltole tan recio pescozón que de ahí en adelante el juvenil escolano anduvo tieso como vara de medir…-“y esta por hablar…” pensaba para sí el hosqueño padre.

El run-run de la explicación seguía llenando el espacio de la sala…
-“…acompañaron durante un trecho los hermanos Marín, Llorente, Briansó y Ángel Victor, y un poco más los cofrades de la agrupación de Noreña, aunque a la altura de La Cruz, todos decidieron volver a sus parroquias, cansados unos y apresurados otros. A continuación se siguió el camino que, en fuerte descenso…”...
Fray Pablo continuaba paseando por la espaciosa celda cuando tropezó sin querer con uno de los monjes, aguzó la vista (aquello estaba más oscuro que confesionario africano) y descubrió bajo la capucha al coadjutor Guzmán: este tenía la mirada pérdida y asustada, y hojeaba intensamente un libro de mapas que tenía colgado del cuello, a la vez que rezaba una corta jaculatoria: -“abandonar a los hermanos es la perdición, abandonar a los hermanos es …”
Siguió su paseó el abate, mientras por detrás, continuaba la disertación del graduado -”…una vez llegados a Breceña, acometimos la dura “subida de Buslaz, que nos llevaría al pueblo de Sietes y desde allí, llaneando al pueblo de Anayo…”.
De repente, un ruido como de jarcias estallando resonó en la trena: Vázquez, reservado él y encargado de darle cuerda al potro, sudaba en vano intentando apretar de nuevo el tormento, esta vez con una palanca de más longitud. El condenado, a su vez, se rascaba un sucio y ancho pie con las uñas del otro. Ante la inutilidad del castigo, el sumo Padre indicó al verdugo, con un gesto de su barbilla, que iniciara el suplicio del segundo de los reos, el de porte tranquilo.
A su espalda, entretanto, el domine Modesto, había cogido un tizón del suelo y estaba dibujando un croquis sobre la pared del fondo…-“...trazando una recta que pase por Millares, en dirección 120º estesudeste, con un azimut estimado de 112,5º, alcanzamos la localidad de La Goleta, que dejamos atrás para…”
El potrero en jefe ya había soltado al barbudo, y ahora intentaba sujetar a Del Real, cosa complicada, observaba Moyada, ya que la mitad de las correas estaban rotas, y el tranquilo fraile se empeñaba en no soltar una jarra de bebida que tenía asida. 
Siguiendo el paseo circular, alcanzole uno de los prohombres de la cofradía, el amanuense y coqueto padre Patricio, que llevaba bajo el brazo, una prenda de difícil clasificación, no por su forma, chaqueta tres cuartos de tejido suave e impermeable, si no por su colorido, similar al lucido por algún mandatario de las Indias Occidentales: -“Excelencia, he aquí el diseño para nuestra congregación, nos ha salido barato ciertamente, juntamente con él, proporcionamos un capuz oscuro-“ Aquello no pegaba ni con cola de pez calafatera, pero la intención del jesuita Patricio era honesta y salía bien de precio; otro asentimiento bajo la capucha y el de las prendas retornó a sus labores.
A estas alturas, las dos paredes del fondo ya lucían planos, croquis y extraños cálculos, el hermano Modesto, compás de madera al cuello y reglón en mano había cogido ritmo y no
paraba con su explicación: -“…y si llamamos Y1 al segmento Villanueva-Cangas de Onís, aplicando el teorema del Condensador de Fluzo de Emmett Brown, veremos que la línea espacio-tiempo resultante indica que era materialmente imposible alcanzar Covadonga en conjunción con el vector X2... -y seguía…-"...de las fuerzas..." Unos cuantos frailes asistían alelados a las explicaciones del erudito, entre ellos el siniestro comisario, aún sin soltar la candela, otros dormitaban sin recato alguno, y los condenados, ya libres ambos ante la imposibilidad de sujetarlos al potro, degustaban unos caldos de la zona.

Fray Pablo de Moyada, moviendo la cabeza con gesto contrariado abrió la puerta con intención de dirigirse al refectorio, seguido por el callado y atento Roces, cuando, a su espalda, un funesto estampido resonó sobre las piedras, sobresaltando a los monjes: el siniestro instrumento de tortura acababa de venirse abajo, quedando reducido a astillas, tornillos, clavos y restos de pitanza…

...el año que viene, monje que no llegue, escalopines que no cata...