Corría el año 1970 o 71, que más da, y tenía yo un profesor
de primaria, en aquellos tiempos gloriosos de la EGB, serio y riguroso como
correspondía a la época, de nombre don Felipe, y cuyos nudillos de acero
atemorizaban al más bragado de los alumnos.
Poseía este hombre (aparte de una
muñeca rápida y certera, caramba!) una afinidad tal por los “roscos” que rayaba
en la obsesión: daba igual que te esforzaras, que llegaras temprano, que le
dejaras los deberes pulcros y ordenados encima de su mesa…, al final mochileabas
para casa dos o tres ceros…por no hacer el rabito a las letras, por no formar
en fila recta, por reírte del vecino…etc, etc.
Claro está, que además del redondo
guarismo, también te llevabas un par de buenos coscorrones nudillares en la cabeza…creo que todavía me duelen.
El caso
es que el hombre pasó a mejor vida hace ya unos cuantos años y andará, a sus
anchas, repartiendo collejas por esos mundos espirituales.
Una hora llevo aguantando este suplicio en soledad, sin
nadie con quien compartir mi angustia. Ya hace tiempo que los aventajados
Antonio, Fabián…¡¡Fabiaannn!!, Saúl y Adrián han coronado la cima, ya rematada hace un rato por René y Roberto, a pesar de la cadena de chicle de este último.
En medio
de estos dos grupos caracolea el nervioso Lalo, novato en estas lides y por
detrás sufren
también lo suyo Nando, Garrido y el bronquiolítico Zárate,
cuyas toses espantan a los pájaros de la zona.Atrás han quedado el “sencillo” repecho a la cantera de San Pedro de Trones, y su fugaz descenso por una senda rápida y estrecha que saca las sonrisas de las fuerzas pelayas, que ven como se apartan el resto de corredores a su paso. Solo un cortado al final de la trialera, imposible de trazar, obliga a echar el pie a tierra durante diez metros de caída vertical.