
Y, de repente, sin previo aviso, como una tormenta inesperada...: -"¡¡OLISTOLITO!!!...el
palabro, a medio camino entre una imprecación cursi y el saludo a un viejo
amigo, retumba como trueno solitario sobre nuestras cabezas antes de arrancarse
montaña abajo, provocando un par de desprendimientos y una estampida de bisontes
cercanos.
También pasan por su mente los fríos interminables de
una tesis larga y retirada por esas mismas montañas, perseguido en ocasiones
por celosos furtivos que vigilaban sus pasos..
La cuadrilla, mermado por las lesiones y bajas anticipadas,
intenta recuperarse del descalabro de ascender hasta los 1800 metros del camino
de Herreruela de Castillería por una rampa dura y sostenida, sin apenas
esquinas donde descansar del interminable repecho y con tan poco oxígeno en el
cerebro ya es duro hasta respirar…-“respira Pau, que paramos aquí…”.

El ascenso allá arriba, una vez finalizada la conferencia, claro, se
produce de manera tranquila y peatonal, porque no hay forma humana de avanzar
montado en las yeguas!!!, así que toca hacer
pierna. Será una hora larga de
portear el equipo cada cual a su estilo y manera, de los más variopintos,
aunque se impone el “arrastre animal”, porque la nieve forma “donuts” en las
ruedas, hasta la llegada al mismo vértice del pico hortelano.
Conforman la aterida colegiata, que se refugia tras el
monolito del picacho mientras mastican algo que les de gracia: los avezados
montañeros Moya y Del Real, los ya veteranos Barquín y Lorente, el grácil y esbelto Blas y el
grafista Mancha.
Han llegado todos ayer por la tarde, mas o menos juntos en
un trayecto largo y perdido, sobre todo para el navegador ruso de Blas, empeñado
en llevarnos por la Nacional Seistrrrreeinnntra y cuatrrrro…sin la ayuda de esa
excelente copilota de Marín, estaríamos camino de Zaragoza…para las fiestas del
Pilar!!!
Se
impone descender, no sin antes darle un poco de aire a la rueda de Joaquín, que
está un poco floja, y tomamos el camino nevado que baja hacia el Este, en
dirección a un afloramiento tectónico de esos que los legos llamamos “el monte
ese de ahí” y el estudioso que nos
acompaña, que pasó una juventud muy aburrida y solitaria, , vaya…denomina…:-”...sedimentación turbidítica de tipo terrígeno...”,
quedándose tan ancho mientras las personas humildes echan mano de alguna piedra
con la que reducir la duración de la plática.

El refugio se encuentra a 1.800 metros de altitud y la carretera
que lleva a él desde Brañosera presume de ser la de mayor altitud de la región.
Se trata de una carretera más bien rota y llena de guijarrillos por donde nos
lanzamos, tras esperar a Joaquín, que en esta ocasión estaba abonando la flora
local. Descenso rápido, ¡muy rápido! en el que las fuerzas de choque se ponen
en cabeza, ya sea por su mayor volumen o masa corporal…Paulino y Blas marcan
unos nada despreciables #@# km/h (cifras censuradas por el bienestar familiar de
los pupilos…) adelantando al resto del recreo que siguen sus fugaces estelas.
Pero nuestras alegrías durarían menos que los ya citados emparedados: lo que tardó el preceptor del grupo en mostrarnos la salida del pueblo: un
rodeo hacía Barruelo de Santullan con una primera parte plagada de rampas retorcidas
en las que hay que agarrar el manillar con las pestañas para no caerse hacia
atrás. Y todo ello bajo los esfuerzos del estómago para digerir el lomo y las
cervezas…sin alcohol…
Un buen rato después y cuando ya estábamos a punto de atrapar al Sartenero Mayor, que mantenía una prudente distancia entre él y nuestras piedras, el camino apuntó hacia abajo y nos condujo por un fresco bosque de hayas, helechos y otras plantas más (arándanos silvestres, apunta el botánico Pablo) pasando por antiguos caleros en dirección a la villa.
Un buen rato después y cuando ya estábamos a punto de atrapar al Sartenero Mayor, que mantenía una prudente distancia entre él y nuestras piedras, el camino apuntó hacia abajo y nos condujo por un fresco bosque de hayas, helechos y otras plantas más (arándanos silvestres, apunta el botánico Pablo) pasando por antiguos caleros en dirección a la villa.
De Barruelo se va hacia Villabellaco, cuyo nombre,
malpensados, no tiene nada que ver con Pepe; al parecer proviene de Vellaco o
Velasco, antiguo poseedor de aquellos parajes, y donde, diose la casualidad que
sufrimos una cruel bellaquería: el tener que ascender durante ¡cuatro!
interminables kilómetros por una pérfida y funesta carretera. Por supuesto, ese
fue el momento para que los amantes de las bicicletas finas y delicadas
marcaran el ritmo a sufrir por los demás alumnos.
Este puerto de 2ª especial,
cuyo premio se llevó el barbudo Barquín, está situado en Valle de Santullán,
donde hay unas cuantas esculturas y un camino en homenaje a un artista local, (Ursicino
se llamaba, hay un “fierro” a la entrada del pueblo que hay que echarle
imaginación...).
A los pocos minutos aparecería el resto del pelotón, con gestos hoscos y acusatorios, y todos juntos y en armonía, tomaríamos una pista que rodea Peña Cilda (...¿cómo la de la película?...si la de los Picapiedra…) devolviéndonos a San Cebrián de Muda con unos 50 kilómetros en las piernas y francas sonrisas en los rostros. Como siempre, el ladino doctor Barcaiztegui había reservado una de sus encerronas para el final: una larga e inacabable pradería en la que el cansancio acumulado nos hacía ver cigüeñas donde solo había palos trapeados, fueron momentos de angustia y desolación, no por lo trapos acigueñados, no, por aquel prado no se acababa nunca!!.
A los pocos minutos aparecería el resto del pelotón, con gestos hoscos y acusatorios, y todos juntos y en armonía, tomaríamos una pista que rodea Peña Cilda (...¿cómo la de la película?...si la de los Picapiedra…) devolviéndonos a San Cebrián de Muda con unos 50 kilómetros en las piernas y francas sonrisas en los rostros. Como siempre, el ladino doctor Barcaiztegui había reservado una de sus encerronas para el final: una larga e inacabable pradería en la que el cansancio acumulado nos hacía ver cigüeñas donde solo había palos trapeados, fueron momentos de angustia y desolación, no por lo trapos acigueñados, no, por aquel prado no se acababa nunca!!.

De San Cebrián acelerando hasta Cervera, lugar de recogimiento; había que asearse convenientemente y prepararse para la final de la Copa, previo paso por un buen local del pueblo dotado de ¡8! Pantallas televisivas…como para no gustarte el futbol. La cena posterior transcurrió con calma y tranquilidad, eso sí, vimos al maestro educador un poco callado y con las orejas…rojas…gachas.

Al día siguiente la oficialidad había previsto una sencilla
ruta partiendo de San Martín de los Herreros y subiendo a alguna peña cercana
pero los ánimos de los presentes no estaban por la labor, y solamente los
esforzados Barquín y Juan, que alguna promesa habían hecho, (si no, no se
entiende) montaron en sus jumentas para alcanzar
el Jubileo. El resto del grupo haría lo mismo, pero en forma de tranquilo paseo
dominical, pero la cosa nos salió rana, porque a medio camino, un chaparrón de
los que te mojan hasta los calcetines que dejaste en casa, hizo que
retornáramos a los coches chapoteando como patos en el río, acompañados por una
mastina y su quejumbroso retoño.
Allí ya estaban los montaraces, que también
recortaron la ruta ante el riesgo de ahogarse por el camino, y porque se sentía
un poco solos, aunque no lo confesaran.

Vuelta al Hostal a despedirse y a recoger los equipajes, que
nunca entran donde vinieron y retorno a los hogares, previo paso por Reinosa
para comer y en Unquera a aprovisionarse de corbatas para toda la familia.
Y como moraleja, si alguna vez veis una piedra, roca o montaña, (algunas llevan una casa encima), que no tenga nada que ver con el entorno, que se sienta triste y desamparada, como cuando estáis en medio de un grupo de carreteros, entonces seguro que es un olistolito de esos...
-"…normalmente situado dentro de formaciones olistostrómicas…”
…¡¡¡Pepeeee!!!...que nos hundes, hombre...!!!
N.A.: frases reales del tenaz geólogo, rescatadas del archivo sonoro de la expedición.