El viernes sobre las 14:30h llegaba en coche a casa de Manu (Brianso). Después de uniformarnos debidamente (se pronostico nieve a 200 m.) y poner a punto las “monturas”, salimos desde su casa en dirección a Deva. Subimos por el cementerio de Deva hasta los troncos y bajamos en dirección a Rioseco. A medida que avanzábamos por el camino ya se veía que la cantidad d




Sin mas obstáculos llegamos a la Peña y desde allí, bajo la atenta mirada de dos o tres corzos (o rebecos) cruzamos el prao y nos dirigimos hasta las antenas del Fario, eso si con la bici al hombro o arrastras, ya que la cantidad de nieve en el prao y por el camino hasta las a
ntenas nos hacia imposible mantenernos en la bici y en algunas zonas nos hundíamos hasta la rodilla. La sensación de pisar la nieve virgen y con la ventisca que hacia era alucinante, parecía que estábamos en mitad de Alaska, y solamente estábamos a una hora escasa de Gijón, la verdad es que somos unos privilegiados por vivir donde vivimos.

Por fin alcanzamos las antenas, que apenas eran visibles, cayéndonos una bonita nevada encima y después de dar cuenta de un par de barritas (congela
das :):):)), decidimos bajar por el Fario a toda prisa, ya que perdimos mucho tiempo por la nieve y teníamos la hora pegada al culo (como casi siempre).


Lo de ir de prisa no se nos logro por culpa de la nieve y la cantidad de árboles que había derribados sobre el camino, por lo menos contamos unos 20 hasta llegar al cruce que da a la bajada del deposito, y en algunos había que meterse en el bosque para sortearlos.
Con las manos tiesas, los pies congelados y el resto del cuerpo sin sentido (sobre todo la cabeza, según nuestras muyeres) nos lanzamos por la bajada del deposito para rápidamente alcanzar la Granja y el centro de interpretación del Monte Deva, ya que los minutos de luz se nos estaban agotando. Lo peor fue la bajada de asfalto del cementerio por la cantidad de agua que acumulaba después de derretirse la nieve que había caído anteriormente en esa zona. Nos quedamos empapados de arriba abajo y no paramos de dar pedales para calentarnos hasta llegar a casa de Manu, donde nos despedimos.
Después una buena ducha de agua caliente y un buen cola-cao para entrar en calor, aunque eso si los pies es lo ultimo que te calientan y los dolores después de la ducha son considerables.
Por cierto como nos supo a poco, el sábado tempranin (debido a temas familiares) quedamos para salir de nuevo en busca de más aventuras
. Esta vez acompañados por Chema y Emilio partimos en dirección al Picu Sol y San Martín por la senda verde de la Camocha. En esta ocasión lo más relevante fue la lluvia, el granizo, otra vez lluvia y más granizo, y ….. más de lo mismo hasta llegar al Picu, donde ya se pisaba algo de nieve. Una vez arriba el tiempo nos dio un poco de respiro y dejo de llover. Desde allí y por el poco tiempo del que disponíamos Manu y yo decidimos bajar en dirección a Lavandera, aunque Emilio y Chema dudaron en seguir hacia el bosque Muño, pero al final nos acompañaron en la bajada hasta Lavandera. Cerca del Llagar Trabanco, hicimos una breve parada, el tiempo justo para tomar unos bartolos (pastel de hojaldre y almendra) que llevaba yo y unas delicias tur
cas (una especie de gominolas con azúcar glass) que nos ofreció Chema. Que envidia nos dio Emilio cuando se cambio los guantes por otros secos que se saco de la mochila. Sin perder tiempo continuamos bajamos hacia la Camocha por asfalto, para coger la senda fluvial y llegar hasta el parque de Viesques donde nos separamos de Manu, no sin antes haber probado la dureza de la madera de uno de los puentes que cruzan el rió, y que por cierto con lluvia resbalan peligrosamente (Manu y yo deslizamos el culo por uno de ellos como si estuviéramos haciendo bobsleigh).
Desde allí hasta casa lo más rápido posible para volver a tomar una buena ducha, cola-cao, y blablabla… blablabla…. blablabla.
No me enrollo mas…..
Hasta la próxima.