domingo, 14 de julio de 2013

La que has liado Manuel, XX VCG

Que 20 años no es nadaque febril la mirada, errante en las sombras...decía la canción.
Si a Manuel Arrieta le hubieran asegurados hace dos décadas, mientras enseñaba los alrededores de Gijón a una fértil pandilla de quinceañeros, que con el paso del tiempo esa ruta se iba a convertir en un referente entre los ciclistas de monte de Gijón, habría tachado de iluso al dicente. Aunque luego, con su particular bonhomía y su media sonrisa, se habría quedado pensando si sería ello posible. Pues han pasado 20 años Manuel, La Vuelta, con mayúsculas, se ha graduado Cum Laude entre los aficionados; aquella tierna pandilla de rapaciños forman el núcleo duro de la Peña Pelayo, y tú, ya maduro y peinando rizosas canas, vuelves a acompañar a los ciclistas durante su recorrido. También Carlos de Luis, fiel a su
estilo, que exhibía la primera bicicleta con la que efectuó la marcha, cuyos desarrollo daban miedo solo de mirarlos…
En este tramo temporal, la ruta ha tenido de todo, recorridos hacia delante, hacia detrás, por el medio, atravesados, etc. De los primeros tiempos en que todo quedaba dentro de la parroquia hemos pasado a los actuales, donde es normal visitar varios concejos. Pero esta vez tenía que ser un poco diferente, y vaya si lo fue. Gracias a las buenas o malas artes del maestro Marín, exiliado temporalmente en frígida isla vikinga, y experto en caminos intrincados, el diseño de este año fue inédito y llamativo, y, por más que el licenciado jure y perjure lo contrario, mostrando trucadas cifras estadísticas, bastante más duro que los anteriores. De lo que damos veraz fe los Pelayos que recorrimos una y otra vez y otra más los tramos durante la eterna preparación de la ruta, y los dos cientos de participantes que finalizaron la prueba…Duro-duro.
Cómo sería, que en el segundo de los cortes, realizados para ajustar los tiempos de la cabeza y la cola del pelotón, los únicos que estaban allí eran unos agotados y sufridos guías, buscando agua por las cunetas…bueno, agua y un atajo.
Pero entremos en materia, los datos de la Vuelta abruman: 240 participantes dorsalizados, que sin dorsal corrían unos cuantos, casi 40  Pelayos, algunos guiando y otros acompañando, 72 km recorridos con un desnivel de 2500 m y un IBP de 212, y las  40 horas que duró la inscripción abierta da idea de la magnitud que ha alcanzado la ruta.
El corto tiempo en que se agotaron las plazas hacía prever un recorrido bastante más rápido que en años anteriores, de hecho, los primeros en llegar al punto final de La Arquera, lo hacían a las cuatro de la tarde, cuando lo planificado era una hora más tarde. Ojo, los primeros, que los últimos se hicieron esperar hasta las seis, pobres de ellos…
Cómo era de esperar, el experimentado geólogo había preparado un itinerario fatigoso y exigente.
Ya desde el primero momento, con rampas a la altura de Sotiello, quedó claro en los corredores, que el sudor iba a ser una constante en sus ropas, y no por el sol que ya empezaba a despuntar con timidez, si no por la dureza del terreno. Tras un breve paso por las alturas de Veranes, se ascendería hacía Aguda y posteriormente, tras bajar a Pinzales, hacía La Pedrera, donde aguardaba un buen desayuno. No hubo grandes contratiempos, excepto el sufrido por el aficionado Rectos, que quiso probar en sus carnes la consistencia del barro de uno de los pocos charcos que encontramos...¡no hay forma de mantenerlo limpio al rapaz!!!
Así contado parece que fue cosa de cinco minutos, pero no, ¡tres horas!, tres!!: los ascensos eran de los de apretar dientes, manos y piernas, con los computadores clavados en 3-4 km/h y el sudor recorría hasta el más nimio centímetro de piel, mientras se negociaban rampas extremas, y se saludaba guturalmente a conocidos...¿cóomo...vassss...?.....maaal...os habeis pasaaado...
El desayuno propiciaba que los más rezagados tomaran de nuevo contacto con las tropas profesionales, empeñadas ellas en que no las adelantara ni su sombra, ni, por supuesto, la del vecino.  A estas alturas, el pelotón de zaga, gran herramienta para recoger despistados, reparar averías y confirmar la mala preparación personal, estaba formado por un número creciente de unidades: el boticario Venta, el banquero Felix, el moreno Josmar, y los habituales de la zona: Acedo, Sr. Alfonso, el de la Mancha y el ilustre Paulino. Moya, iba en esta ocasión un poco adelantado, repartiendo collejas a discreción, como suele ser usual.
La organización estrenaba bicefalia en esta ocasión: mientras el siempre eficaz Echevarría, cuya desmesura con el micrófono crea estragos entre los participantes, establecía tiempos y estados en la carrera, el no menos excesivo Barcaizteguí, que tras una hábil maniobra se había colado en el coche del comandante Nacho (fino, fino...), colaboraba en situar caminos, senderos y vehículos en su lugar. Todo ello comunicado en tiempo real a los sufridos ciclistas a través de la red de emisoras de la casa.
Y así, entre suspiros, lamentos y sudores, dejamos la soleada campiña del desayuno y fuimos a buscar metas más altas, pues haber, habíalas.
Aquí las tropas de vanguardia aceleraron el ritmo en demasía, provocando el primer corte de las unidades de cola. Vadeado ese arroyo que precede al ascenso al bosque, donde más de uno probaría la dureza de las piedras mojadas, los sufridos cancerberos dirigieron un numeroso pelotón por las tierras de Munco, evitando el largo ascenso al pinedo de Muño, y, logrando con ello llegar con no demasiado retraso a la iglesia de la Collada, lugar de almuerzo (cerca de este lugar, y a la sombra de un centenario roble, se encuentra un modesto bodegón, que atrae a los ciclistas como la miel a las abejas y donde se congregaron unos cuantos, predominando el color azul entre ellos… ).
Si se preguntará a los extenuados participantes que recuerdo se llevaron de la jornada, podríamos apostar cual fue…el de todos: una dura, larga, empinada y soleada a mas no poder rampa de 600 metros de guijo
(aquí he estado atento Pepe…), piedras, cantos y zarzales, que esperaba a los jinetes a pocos minutos de la comida. Se puede decir sin rubor alguno, que ya somos hombres hechos y derechos y esto no lo leen nuestras santas..., que hubiéramos llorado si nos quedaran líquidos en el cuerpo, pero como estábamos secos, no hubo más remedio que tirar para arriba.
La endemoniada senda, conocida con temor por el nombre de la vaca, o algó así, desembocaba en Paraguezos, lugar ampliamente hollado por la comunidad del pedal. Y allí se fue reuniendo de nuevo el pelotón de cola o cierre, que ya no había nadie detrás.
Se echaba en falta al enorme Blas, que haciendo gala de una inexplicable energía, cabalgaba ya en lontananza…o eso decían…Daba igual, que ya éramos unos cuantos.
Desde el cruce se tomaba el fresco camino del pico, girando a la izquierda para rodear por el fondo del valle en dirección al cruce de Cuatro jueces. Allí, y mientras los esforzados continuaban senda hacía Candanal, sus barrizales y su pérfida pendiente de Brañaverniz, el cansado y derrotado grupo perseguidor (del final) giraba en dirección al valle de Rioseco, acompañando a una nutrida cuadrilla de rezagados.
En el descenso hacía las profundidades del valle, a través de una pista rota y despedregada, el rebotón Mancha, quizás pensando en la cena que vendría luego, hincábale un diente de su catalina mayor a una de las cubiertas del despistado Josmar, que veía fugar el aire de su rueda sin creérselo.
Tras dos cámaras, tres bombas y la intervención de todo el pelotón de atajo, se pudo continuar la fuga, que hubiera sido de mayor duración si no estuviera cerrado el chigre de Deva, pero como lo estaba, pues seguimos..
En La Arquera ya descansaba un numeroso grupo adelantado al tiempo y a los males de Peón. Mientras Luís madrazo y su moto porteaban agua a los infelices que ascendían en aquellos momentos por Brañaverníz, el resto se desperdigaba por la zona buscando una sombra que los cobijara.
Desde allí, y una vez reagrupado el pelotón, aguardaba un veloz descenso por carretera y pista hacia el camping de Deva donde nos recogería la policía municipal para conducirnos, debidamente protegidos al recinto de Las Mestas.
La próxima vez, por favor, que nos paren antes, si llega a venir el Alsa de la villa, acabamos todos en la estación..donde pare el autocar...
La entrada a Gijón, a diferencia de otras ocasiones, evitó el paso por el muro de San Lorenzo y su famoso carril-bici; en vez de ello, y tras pedalear por delante de la feria de muestras y vadear el Puente del Piles, se llegaría a Meta a través de la Carretera de Villaviciosa como en ocasiones precedentes.
Y hasta aquí puedo contar, como decía aquel locutor, el resto queda en familia...
Como siempre, hay que agradecer la participación del Patronato, de los miembros de la Cruz Roja, de los de Protección Civil, de la Guardia Civil con sus dos buenas motos, del resto de moteros y de nuestro excelente vehículo de apoyo logístico con sus buenas tortillas, gracias Pepe.
Y por supuesto a los dos cientos y pico de ciclistas que dan vitalidad y energía a la Vuelta al Concejo de Gijón año tras año, aunque les pese luego en las piernas.
Gracias a vosotros la Vuelta se mantiene viva.


...no se quejarán los participantes de estar mal atendidos...36 Pelayos en bici más otros siete en apoyo...casi nada.
Enhorabuena a todos.
Pd. ¡Pepe!, vuelve, deja de coger piedras que se va a caer el avión...ya toca preparar la XXI!!!

domingo, 2 de junio de 2013

A Covadonga hemos de llegar...algún año


La estancia estaba en silenciosa penumbra, los velones de un par de tuferarios a duras penas lograban iluminar el pergamino que estudiaba el delgado religioso. Sus manos asían el papel con fuerza, mientras sus febriles ojos, escudados tras unos ahumados anteojos, recorrían los párrafos rápidamente. No era un monje cualquiera, bajo aquellos castos y oscuros ropones se hallaba uno de los más feroces inquisidores que la Orden jamás había nombrado: Pedro Pablo de Moyada ostentaba el cargo hacía ya varios años, y bajo su férreo yugo, no pocos herejes, renegados, ácratas y libertinos habían sido reconvenidos de dura y contundente manera.
Los cirios languidecieron brevemente, expulsando volutas de un humo negro y aceitoso, cuando la puerta se abrió dejando entrar a un cojeante fraile de pelo canoso. Los ojos del superior recorrieron de arriba a abajo al tembloroso dominico, riojano por más señas, y cuya facilidad para enfangarse era bien conocida en la comunidad, de hecho, sus hábitos lucían parches de lodo por algunos de sus pliegues frontales. –“Estamos preparados ilustrísima”. Al otro lado de la puerta veíase la comitiva que acompañaría al temible inquisidor en su inspección por las mazmorras. 
Estaba formada por el pausado y tranquilo procurador Roces, y por el no menos impasible licenciado Modesto, cuyo nombre hacia gala a su recato y decoro. Ambos eran los asesores de su eminencia en los autos de fe de aquel día. Asintiendo con la cabeza, el cruel místico avanzó con decisión por el largo y tenebroso pasillo en dirección a los sótanos. 
El calabozo principal se hallaba a poca distancia; alumbrado por varios hachones colgados de las paredes, era tan amplio como sucio y pestilente. El alguacil Acedo, un temible individuo de cuerpo ancho y bronca voz se apresuró al encuentro de grupo. Portaba en las manos una suerte de vigueta rota, a la sazón de una palanqueta o manubrio…-“Se ha roto de nuevo, ilustrísima, y con esta ya son tres, el hermano herrador esta preparando una de buen acero, para ver si aguanta”.
La traviesa en cuestión era parte importante del potro, temible instrumento de castigo, utilizado en aquellos mismos momentos para tensarle las jarcias a uno de los inculpados.
Pablo de Moyada giró su cabeza hacía el centro de la habitación, allí donde se encontraban los dos principales ajusticiados: Los hermanos Blas y del Real. El primero de ellos estirado cuan largo era sobre un maltrecho potro, que crujía sobre sus cuadernas como navío ante galerna, mientras el segundo aguardaba sentado en un triste taburete. Entre ellos se hallaba el silente verdugo Vázquez que, con cara severa y taciturna, sostenía la otra parte rota del garrote.
Los cargos, recogidos en el formulario que había leído el sacerdote, eran serios e irrebatibles: retraso en el proceder de la orden, incumplimiento de la misión encargada, quebranto del ayuno y abandono de las tareas monacales…
Fray Pablo de Moyada observó con gesto adusto al encausado de mayor edad, el del potro. Su envergadura era tal que las correas apenas lograban ceñirle la cintura; mirando con mayor atención, advirtió un movimiento en las mandíbulas del hombre, escondidas tras una espesa barba. A su gesto de extrañeza respondió rápido el alguacil, mientras se secaba el sudor con un sucio trapo: -“se trata del bocadillo del verdugo, eminencia, logró quitárselo en un descuido”.
El otro preso, de menor estatura y volumetría pero similar corpulencia, exhibiendo una tranquilidad rayana en la pachorra, esperaba su turno (toda vez que el potro no se desvencijara totalmente…) como quien espera a misa de doce. No estaban solos en la penuria, un poco más alejado se encontraba un hombre de tez morena y ojos vivaces, cuyas manos y cabeza tenía aprisionadas en un cepo.Acedo levantó la tea que manejaba con soltura, y de la que no se despegaba jamás, y la luz de esta iluminó las facciones del castizo jurista Lledó, penado por quebranto de conducta y espíritu respondón.
La celda, a disgusto de Fray Pablo se encontraba en aquellos momentos repleta de gentío. A los frailes de la orden se sumaban unos cuantos laicos procedentes de tierra adentro, que observaban la escena desde la seguridad del deber cumplido. Los acompañaban algunos conversos propios y ajenos, que también había ganado el jubileo correspondiente. Se reconocían, entre otros, los semblantes cansados de los oficiantes Mulero, Rendueles, Vara, Marguerido, y al circunspecto hermano René.
Rodeando el grupo, se acercó el catedrático Fray Modesto, coadjutor de la procesión, que, inclinando la cabeza con respeto comenzó su informe: -“Eminencia, ya tenemos los testimonios definitivos, no dejan lugar a dudas, los reos son culpables.” El cruel místico asintió en silencio, a la vez que hacía un gesto hacia el verdugo, que intentó apretar el tormento en vano, las cuerdas restallando como jarcias en temporal. –“…con su falta de pasión y convencimiento impidieron la llegada de nuestro monjes al Santo lugar …”- seguía desgranando el monje con entusiasmo.
Separose un poco el prior del leyente, observando como por la zona corría arriba y abajo un joven monaguillo, de nombre Arguelles, que iba de un lado a otro sin orden ni concierto. En estas estaba el zagal, deambulando, cuando acertó a pasar cerca del máximo religioso, que sin pensarlo ni un instante, soltole tan recio pescozón que de ahí en adelante el juvenil escolano anduvo tieso como vara de medir…-“y esta por hablar…” pensaba para sí el hosqueño padre.

El run-run de la explicación seguía llenando el espacio de la sala…
-“…acompañaron durante un trecho los hermanos Marín, Llorente, Briansó y Ángel Victor, y un poco más los cofrades de la agrupación de Noreña, aunque a la altura de La Cruz, todos decidieron volver a sus parroquias, cansados unos y apresurados otros. A continuación se siguió el camino que, en fuerte descenso…”...
Fray Pablo continuaba paseando por la espaciosa celda cuando tropezó sin querer con uno de los monjes, aguzó la vista (aquello estaba más oscuro que confesionario africano) y descubrió bajo la capucha al coadjutor Guzmán: este tenía la mirada pérdida y asustada, y hojeaba intensamente un libro de mapas que tenía colgado del cuello, a la vez que rezaba una corta jaculatoria: -“abandonar a los hermanos es la perdición, abandonar a los hermanos es …”
Siguió su paseó el abate, mientras por detrás, continuaba la disertación del graduado -”…una vez llegados a Breceña, acometimos la dura “subida de Buslaz, que nos llevaría al pueblo de Sietes y desde allí, llaneando al pueblo de Anayo…”.
De repente, un ruido como de jarcias estallando resonó en la trena: Vázquez, reservado él y encargado de darle cuerda al potro, sudaba en vano intentando apretar de nuevo el tormento, esta vez con una palanca de más longitud. El condenado, a su vez, se rascaba un sucio y ancho pie con las uñas del otro. Ante la inutilidad del castigo, el sumo Padre indicó al verdugo, con un gesto de su barbilla, que iniciara el suplicio del segundo de los reos, el de porte tranquilo.
A su espalda, entretanto, el domine Modesto, había cogido un tizón del suelo y estaba dibujando un croquis sobre la pared del fondo…-“...trazando una recta que pase por Millares, en dirección 120º estesudeste, con un azimut estimado de 112,5º, alcanzamos la localidad de La Goleta, que dejamos atrás para…”
El potrero en jefe ya había soltado al barbudo, y ahora intentaba sujetar a Del Real, cosa complicada, observaba Moyada, ya que la mitad de las correas estaban rotas, y el tranquilo fraile se empeñaba en no soltar una jarra de bebida que tenía asida. 
Siguiendo el paseo circular, alcanzole uno de los prohombres de la cofradía, el amanuense y coqueto padre Patricio, que llevaba bajo el brazo, una prenda de difícil clasificación, no por su forma, chaqueta tres cuartos de tejido suave e impermeable, si no por su colorido, similar al lucido por algún mandatario de las Indias Occidentales: -“Excelencia, he aquí el diseño para nuestra congregación, nos ha salido barato ciertamente, juntamente con él, proporcionamos un capuz oscuro-“ Aquello no pegaba ni con cola de pez calafatera, pero la intención del jesuita Patricio era honesta y salía bien de precio; otro asentimiento bajo la capucha y el de las prendas retornó a sus labores.
A estas alturas, las dos paredes del fondo ya lucían planos, croquis y extraños cálculos, el hermano Modesto, compás de madera al cuello y reglón en mano había cogido ritmo y no
paraba con su explicación: -“…y si llamamos Y1 al segmento Villanueva-Cangas de Onís, aplicando el teorema del Condensador de Fluzo de Emmett Brown, veremos que la línea espacio-tiempo resultante indica que era materialmente imposible alcanzar Covadonga en conjunción con el vector X2... -y seguía…-"...de las fuerzas..." Unos cuantos frailes asistían alelados a las explicaciones del erudito, entre ellos el siniestro comisario, aún sin soltar la candela, otros dormitaban sin recato alguno, y los condenados, ya libres ambos ante la imposibilidad de sujetarlos al potro, degustaban unos caldos de la zona.

Fray Pablo de Moyada, moviendo la cabeza con gesto contrariado abrió la puerta con intención de dirigirse al refectorio, seguido por el callado y atento Roces, cuando, a su espalda, un funesto estampido resonó sobre las piedras, sobresaltando a los monjes: el siniestro instrumento de tortura acababa de venirse abajo, quedando reducido a astillas, tornillos, clavos y restos de pitanza…

...el año que viene, monje que no llegue, escalopines que no cata...

martes, 28 de mayo de 2013

Soplao 2013. ¡Están locos esos romanos!

Descansado ya de la paliza, sentado delante del teclado, todavía no sé cómo empezar esta crónica. Miro hacia el recién arrancado 3440, jalonado por dos sentencias que no por contundentes dejan de ser estúpidas, en la humilde opinión de un servidor.
EL INFIERNO CÁNTABRO, dice en rojo la de arriba. Permítaseme el desacuerdo con lo de calificar de averno una prueba deportiva, sea cual sea su dureza. No digo que en el Soplao no se sufra y que en algún momento se pasen las de Caín (que se lo pregunten a mis escocidas posaderas y a otros miles de culos), pero uno es libre de abandonar, retirarse, huir, escaparse cuando quiera, cosa que no ocurre en el infierno, donde se padece el castigo eterno. Y en todo caso, me parece más propio ese calificativo para el padecimiento de las mujeres maltratadas, de los niños que se mueren de hambre, de los hombres que son obligados a matarse en una guerra … Eso sí es un infierno. La frase inferior, ésta en negro, es todavía más impresionante y, como la anterior, parece sacada de una peli de Rambo: PARA VENCER HAY QUE SUFRIR. Bueeeeno, en este caso es posible, pero por favor señores organizadores del evento lúdico-deportivo-no competitivo (artículo 1 del reglamento de los 10.000 del Soplao), para los que tenemos muy clarito que no vamos a vencer hagan el favor de dejarnos sufrir lo justo, que ya sé que nadie te obliga, como acabo de decir, pero no nos metan en encerronas sin informarnos previamente de lo que nos aguarda.

Y dejo ya de filosofar y comienzo el relato, que así ustedes me lo han reclamado. Aunque a decir verdad, y como dijo Don Miguel, narrador de las aventuras del hidalgo de La Mancha (nooo, de Arturo no, del otro) no aconteció cosa que de contar fuese. La soledad es lo que tiene, no puedes recrearte en las venturas y desventuras del prójimo, y hablar de uno mismo resulta un tanto ególatra, a la par que aburrido.
El sábado amaneció un día nublado, pero sin agua, a pesar de los augurios de mis bien queridos compañeros de correrías ciclistas. Gracias a todos por los ánimos insuflados los días previos al evento, cacho caaaaa ….. maradas, que todo era compadecernos por el jarreo que nos iba a caer encima. Para regodeo de vuestras ilustrísimas les diré que lo que no llovió durante las 14 primeras horas de pedaleo me cayó todo de vez en las 2 últimas. Y con esto ya he desvelado que fueron 960 los minutos de mi Soplao personal. Añado también que nuestros dos compañeros de peña, los señores Menéndez y García, pasaron menos tiempo encima de la bici, aunque no fue poco.

La salida es un déjà vu de anteriores ediciones: traca pirotécnica, el “Thunderstruck” de los AC/DC y un discurrir apelotonado por las bocacalles que confluyen en la Avenida de Cantabria. A los pocos metros del inicio la primera parada para dar un besín de despedida a mis dos chicas: gracias por el madrugón y hasta la noche. La primera parte del recorrido ha variado respecto a ediciones anteriores: se evita el Monte Corona y se sale hacia el sur, en dirección a Carrejo y Santibáñez. 
Y aquí nos espera el primer sartenazo del día, al menos para los que salimos sin prisa, en la parte media-baja del pelotón. Nada más abandonar Santibáñez se toma una estrecha pista de hormigón de fuerte pendiente que, aunque perfectamente ciclable, provoca un gran tapón, con pie a tierra obligatorio y ascensión tirando por la bici gracias a la solidaridad de los mamarrachos que siempre se encuentran en este tipo de eventos: si yo subo andando, el que viene atrás que se joda. Con este nuevo trazado es cierto que se llega más estirado a La Cocina, como esgrime la organización. El recorrido es más duro, con continuas subidas y bajadas de efecto rompepiernas y otro, también de palabra compuesta, que mejor me callo, pues tengo que dar ejemplo a mi hija, menor de edad y revisora de mis relatos. Se os empieza a echar de menos, queridos amigos, que siempre es peor ir solo que bien acompañado. Aun así no falta la pasajera compañía de quien pregunta cuántos pelayos somos este año, otro que se interesa por la XX VCG o el novel que te interroga sobre cómo eran los anteriores Soplaos.
Al iniciar la rampa de La Cocina mi espíritu se anima, pues me encuentro que está hormigonada y que es posible subir a pedales. El ánimo dura lo que el presupuesto de la obra, unos 400 m, tras los cuales el firme se torna en piedras y barro que obligan de nuevo a descabalgar. Para lo que sí parece haber llegado el presupuesto es para asfaltar la subida a La Florida y la cueva del Soplao. El turismo manda y aunque me gustaba más el vial antiguo, las vistas hacia el Parque Natural de Oyambre siguen siendo impresionantes.

Primer avituallamiento del día en el la cueva que da nombre a este evento, 10 minutitos de parada para reponer fuerzas con un sabroso caldo caliente y bajada rápida a Celis, con ese barro rojo que te tiñe el cuerpo y deja la cadena y los cambios bien guapos. En Puentenansa me detengo a hacer un lavado de emergencia de mi montura, aunque no hubiera hecho falta de haber sabido que estaba a punto de llegar el segundo sartenazo/encerrona del día: el vadeo del río Quivierda. Imaginad el caudal tras las lluvias de días atrás. Un único paso de piedra a piedra para salvar el cauce sin mojarse, con la ayuda de un buen samaritano del lugar que te sostenía la bici mientras dabas un acrobático salto con augurios de resbalón fatal en el momento de aterrizaje sobre una losa húmeda.
La imagen evoca esos documentales que te ayudan a dormir la sobremesa: parecíamos una manada de ñus apelotonados a las orillas del río Mara, nerviosos a la espera de que un valeroso se atreviera a dar el primer salto. Los más inquietos deciden no guardar la cola, atraviesan el cauce por donde más cubre y se hunden hasta los muslos; al menos no había cocodrilos.
Tras pasar por las enlosadas calles de Carmona se asciende al Collado de Montea (o Monte A, según qué cartografía), con su gratificante y descansada bajada hasta Ruente. Atravieso el prestoso puentín de a uno, con sus nueve ojos que te miran como diciendo “anda que no te queda ná, chavalín”. Del otro lado vuelvo a encontrar a mis chicas.
Unas fotos, unos besos, unos qué tal vas y a seguir hasta Ucieda, para hacer parada y fonda en la casa de Mariví, que por unos días es la mía. He decidido avituallarme allí para no tener que parar en la campa de Ucieda, donde las tropas se hacinan en demanda de bocadillos de jamón, plátanos y bebidas vigorizantes. Doy cuenta de un buen tazón de arroz con leche y algunas piezas de fruta, dejo el maillot de entretiempo y cojo el windtex (sabia decisión), meto las linternas en la mochila (también acierto) y opto por no cambiar las zapatillas por las botas de goretex (error total).
Subo El Moral con ánimo, adelantando a mucha gente, escuchando bromas, charlando un ratín con Félix el Asturcón, … Me cruzo con Rubén que, para mi sorpresa, va de retirada. Deben ser, pienso yo, los fantasmas del pasado, pues en el alto chispea un frío borrín. Y bajo con más ánimo todavía, que cuando llego a Juzmeana ya me he zampado los primeros 82 miles de metros, la mitad de la kilometrada. El avituallamiento de este punto ha pasado a mejor vida ¿la crisis? y no hay más comida ni bebida hasta Bárcena. La parada aquí se alarga un poco más de la cuenta, además de engullir lo que se pone a tiro necesito aplicar ungüento de fierabrás a mis escocidas nalgas, y perdone el lector por lo escatológico del tema, que las intimidades es mejor dejarlas dentro de casa. Pero si tuviera que enumerar y cuantificar las causas de sufrimiento del día nombraría piernas, cabeza y nalgas, por orden de magnitud creciente.

La subida a la Cruz de Fuentes hace mella en la cabeza. Para mí es una barrera anímica, es ahí donde has hecho la mitad del Soplao, cuando llegas al alto. Y no significa que el resto sea pan comido, y mucho menos en este nuevo Soplao. 17 pesados kilómetros sólo entretenidos por la belleza del hayedo y un aislado comentario de un gijonés : qué bien estábamos en la custa’l Cholu, amigo. - Dígotelo yo, respondo con una fugaz sonrisa, de las pocas que van quedando en la mochila. Y llegando arriba se repite el proceso: bajada rápida, aunque ésta es más breve que las anteriores. Poco dura la alegría en la casa del pobre y hay que empezar a subir a Ozcaba. Tras su paso llega otro de los duros momentos anímicos, porque se asocia el avituallamiento en esta bonita collada con una inminente bajada: pues no es así, aún quedan 5 km de penosa y pedregosa subida antes de dejarnos caer en un largo descenso que da tregua a patas, cabeza y culo.
Atrás quedan Los Tojos, y llegado a lo más hondo del valle, donde ya no se puede bajar más, empieza el momento novedades y sorpresas. Ya no se gira al este para llegar de nuevo a Juzmeana y ascender por el hace horas superado Moral. Ay!, mi bien querido Moral, cuánto te eché de menos, cuán felices éramos aun subiendo derrengados y arrastrándonos, a sabiendas que una vez culminado nos aguardaban 20 km de descenso para llegar a Cabezón. En esta nueva edición se toma la carretera hacia el oeste, hasta llegar a Correpoco.
Correpoco, tercer sartenazo del día. Advierte el personal de a pie que adecuemos los desarrollos a la cuesta. No es para tanto, dura pero llevadera. Y en seguida el llano, que en pocos metros sigue siendo llano, y también lleno, lleno de piedras, barro y mierda, de ganado, pero mierda. Una senda que si fuera ciclable sería preciosa, pero como las cosas suelen hacer honor a su contenido, el bucólico-pastoril-hermoso camino es eso: una mierda. Y así, los escasos 10 minutos que se tarda en llegar desde Correpoco a Renedo por la carretera se han convertido en 40 de cabreo por la majadería de la mente pensante-sádica del prócer diseñador de itinerarios alternativos. Vale, venga, Pepe, no te cabrees, ya está echo, vamos para el Negreo ese, que no puede ser muy malo, que ya se huele la sal de Cabezón, que vas con adelanto respecto al Soplao de hace dos años. ¡ÁNIMO!
Antes de comenzar la subida me paro en el último avituallamiento a saborear relajadamente un caldo caliente con orujo, ¡redios!, que bien me cae. Llamo a mi santa para comunicarle que hoy no pasaré por casa a la hora de cenar, que no me espere, que son las 21:30 h y todavía me falta un poquiñín para acabar, pero son sólo 5 km de subida y 20 de bajada, chupaó.  Monto las linternas, en el casco y en la bici, que la noche promete ser oscura, y hasta me entretengo en hacer una foto del lugar para mandaros por el facebook, como diciendo … pues ya está hecho. ¡Ja! Un lugareño me advierte del que va a ser el cuarto sartenazo. Tómalo con calma, chaval, regula, que es muy duro. Pero qué carajo voy a regular, si esto no hay humano que lo suba. La primera rampa, de unos 500 m (o eso me pareció) está hormigonada, seguramente porque las piedras rodaban ladera abajo cuando la abrieron. El resto de la subida me recuerda el final del Bustacu antes de que lo arreglaran. Piedra suelta, arena y barro, pues ya ha empezado a llover con fuerza y por delante de mí han pasado más de 2000 ñus amasando el lodo. Así que pie a tierra y a caminar pasito a pasito, como las muñecas de Famosa. Por fin llego a la parte llana, con algunos tramos ciclables y otros imposibles de negociar.
A estas alturas llueve en todas las direcciones menos de arriba hacia abajo, graniza por momentos y el viento hasta me arranca el cubremochilas. Paro con intención de recuperarlo y, sorprendido, escucho de nuevo el “Thunderstruck” de los AC/DC ¿estaré llegando a Cabezón y no me habré dado cuenta? Atónito y pasmaó (ahora entiendo lo de thunderstruck) contemplo una escena propia del sinsentido y la estupidez humana (pido perdón otra vez por la redundancia, la estupidez sólo es humana): la música proviene de un todoterreno de la organización que cierra la carrera. Está todavía al inicio de la subida, y por los altavoces arenga a los más rezagados (calculo que hasta un centenar) alentándoles para que continúen, ¡que ya no queda nada!, dice el mastuerzo. Esto va a ser que se han empeñado en que sintamos en nuestras carnes eso de que PARA VENCER HAY QUE SUFRIR.
¡Que noooo!, que por los comentarios que oigo a mis compañeros de tortura no tenemos ningún interés en ganar, y menos en sufrir más de lo necesario, que si nos hubieran advertido de lo que que nos esperaba nos llegamos a Cabezón por la vía rápida, y no por la Dolorosa, que esa está en Jerusalem, para darse un paseín con cruz y corona de espinas hasta el Gólgota, no en bici hasta el Negreo. Sigo pensando que la organización debió impedir que esa gente subiera, pues la lluvia y el frío ya eran insoportables.
Por fin comienzo el descenso hacia la Collada de Carmona, con mucho cuidado para no caer de la bici. En algunos momentos tengo que descabalgar para que el viento no lo haga por mi. Al llegar a la collada el espectáculo es dantesco. Una única ambulancia llena de gente, bicicletas abandonadas, todos tiritando de frío empapados hasta los tuétanos. Uno de los voluntarios de protección civil me comunica que la Guardia Civil ha cortado la carrera (todavía hay alguien que piensa) y que debemos esperar a que lleguen más ambulancias para evacuarnos o bajar en bici por carretera acompañados de un coche y en grupo. A la pregunta de ¿estás bien? respondo que no, pero que yo no me quedo, si tengo que esperar un minuto más en esas condiciones me muero.
Tomo la carretera y a los 5 minutos me arrepiento de la decisión, ya me tiemblan hasta las pestañas y me resulta difícil controlar la bici. En cuanto me incorporo a la general, a la altura de Barcenillas, a las once y media de la noche, con 153 km en mis piernas y a falta de 12 para llegar a meta, acierto a ver una casa con luz. Me despido de mis compañeros y me apeo. Se acabó.
Mis chicas me encuentran en el bar-refugio, envuelto en la manta térmica, pegado a la catalítica y con una taza de café firmemente agarrada entre mis manos como si fueran a robármela. La tiritona casi ha remitido. Estoy triste, no por mí, sino por Inés, que aguardaba en la meta bajo la lluvia, para levantar la pancarta que con tanto cariño elaboró por la tarde para recibirme. Pero esta vez esbozo una nada forzada sonrisa cuando me dice que, para ella, su papi sí ha acabado el Soplao.

Quiero dar las gracias al samaritano que cerraba esa noche el Bar Pedro, y a José, su último cliente del día, que me auxiliaron y llamaron a mis rescatadoras. Ah!, y por guardarme la bici hasta la mañana siguiente, desoyendo mi sugerencia acerca del abandono en un barranco, la venta, subasta o incluso destrucción de la montura en cuestión.


sábado, 11 de mayo de 2013

101Peregrinos 2013, sol y cuestas


La noche llega brusca, repentina, sin tiempo apenas de entornar los ojos. La escasa luz que atravesaba las copas de los árboles, hace menos de un segundo, desaparece en una neblina opaca que lo sumerge todo. El jinete, habituado a oscuridades similares pero en terrenos conocidos, refrena su montura de forma ruda, mientras pestañea intentando atravesar las tinieblas que lo rodean, pero es un esfuerzo en vano (-“¡No veo naadaaa…!) -chilla el infeliz..., bueno, la verdad es que chilló otra cosa…pero esto lo ven los menores y hay que dar ejemplo…). 
Está en tierra de nadie, entre la avanzadilla de la exigua expedición, y la retaguardia de la misma. Su inquietud y bravura han hecho que, a diferencia de sus compañeros de escuadra, precavidos ellos…no porte ningún farol con que iluminarse. 
Detenido en medio del camino, el soldado, recio de porte y tozudo de espíritu, escucha en silencio el ruido de su respiración, mientras aguarda a que lo alcancen sus camaradas de zaga. Quedan pocos, dos a lo sumo. Del resto no sabe nada, solo puede aventurar. Con los dedos de la mano que no se ve inicia el conteo: de las diez unidades que componían la brigada, sólo siete llegan con cierta orden a la villa berciana: el brigada Marín, acompañado del pausado gastador Villa, la joven doncella De la Fuente y los alféreces Blas, Josmar, Mancha y él mismo. Los dos primeros ya corren adelantados, luego de sufrir penas y peligros en las cercanías del castillo de Cornatel, donde temieron por sus integridades, acosadas por un despiadado carnero enemigo de aviesas y penetrantes intenciones. A la par que ellos, pero licenciado ya de la ruta, avanza el caraqueño Jorges, con premuras familiares. Los otros tres montaraces restantes, los tenientes Morís y Rosón, y el bisoño recluta Granados, asedian en esos instantes, con flacos resultados todo hay que decirlo, a rubias vestales de Ponferrada, haciendo gala de su juventud y locuacidad. 
Un ruido sobresalta en estos momentos al oficial: por su espalda se aproximan unas luces destellantes: en la cercanía reconoce a la debutante moza escoltada por el barbado Juan Blas, inconfundible este con sus tres buenos fanales de proa. Tras las amonestaciones de rigor, el grupo continúa en pos del avituallamiento de Santalla. En esta villa, acompañado de amables lugareños, ya se encuentra Mancha, que degusta caldo, vino, chorizos, oreja, empanada y lo que se le ponga por delante, mientras espera desesperado.
El trío rezagado continuará por terreno favorable unas cuantas leguas mas, pero en un cruce, el apagado Acedo se desorienta, perdiéndose de nuevo en las tenebrosidades del bosque. Harán falta otros lóbregos minutos para reencontrar al pródigo, reprenderlo de nuevo y alcanzar la población, donde hallan al desmoralizado manchego saboreando, ahora, huevos cocidos con morcilla y patatas. 
En ese mismo momento, 14 horas después del inicio de la ruta, llega a Ponferrada un agotado y escurrido Marín, de cuya generosidad mingitoria dan fe en todo la Babia, que no pierde tiempo en sumergirse en una buena tina de agua caliente, (la ducha…no había bañera…), a ver si así reduce la inflamación de sus cuartos traseros, irritados por la larga jornada. Por delante de él, hace ya algún tiempo, también ha llegado René, en mejor estado, quizás debido a la mayor corpulencia del finado. Y en un catre cercano descansa el atlántico Jorges, soñando con retoña que atender.
Quedan atrás 101 kilómetros de sufrimiento y cansancio, pero también de parajes agrestes y de gentes amables y dispuestas. 
Queda atrás también un largo e inédito ascenso aaaa... San Pedro de Trones, no sin pasar antes por su famosa cantera de pizarra que iniciaría la rotura del grupo: mientras el brigada aguador, el espigado Villa y el afeitado Acedo subían con fuerzas, el resto lo hacía con desgana manifiesta, deteniéndose en cualquier sombra de jara que encontraran. 
El final de ese tramo consistía en un sendero estrecho y empinado que provoca una enorme montonera de jinetes, algunos de de los cuales optan por tirar su montura al barranco antes que bajar encima de ella. Pero las penurias persisten en una larguísima ascensión a Las Médulas. Aquí el sol mella  las voluntades de los gauchos, deshaciendo definitivamente ya el mermado clan. En la cima sólo aguarda un descansado Antonio, que aún no sabe de futuras negruras. El quinteto reunido desciende hacia Cornatel y Villavieja donde la noche y un cocido de jabalí les aguarda…..............
La hora de las brujas queda atrás y al reducido grupo trasero le cuesta ganar metros, se ha dividido en dos: Acedo y Mancha que reconocen el terreno por delante y la sonriente Vanesa y Juan Blas cerrando filas por detrás.
En una de las vaguadas, justo al acometer una pasarela fluvial, el deslucido pierde la luz de su compañero, a la vez que la montura, que huye por la foresta, con el consiguiente revolcón por el polvoriento suelo. Pero el sureño es robusto y los daños son mínimos. Una vez recobrado corcel y  arreos, el dúo sigue camino. Les quedan 12 kilómetros,  por terreno llano al extraviarse en una de las intersecciones. 
La llegada a la capital es solitaria, apenas unos pocos ciudadanos libertinos animan a la pareja, que recorre los últimos metros con decisión y cansancio. Al fin, tras 15 horas de trote alcanzan la posada, donde ya les aguarda el hidratado Barcáiztegui. El grupo se reúne con los juveniles, que a esas horas ya están ahítos de pasear por las animadas calles del barrio viejo, y consiguen de la amable posadera unas viandas
con que calmar los ruidos intestinales. Entre bocado y trago, van pasando los minutos a la vez que la preocupación por el dúo de cierre aumenta. 
Al final, justo a la hora del diablo (las tres de la madrugada) un callado y extenuado jinete atrona las puertas del hostal, atravesando estas con su polvorienta montura. En sus ojos late un orgullo genuino, ha logrado rematar la faena tras casi 17 horas de dura travesía, al igual que su compañera, la gentil Vanesa que, a esas horas, recorre ya el camino de vuelta a su morada. 
El taburete cruje por todos los costados cuando el barbudo hombretón, ante las expectantes y temerosas miradas de sus compañeros, se sienta sobre él. Sin mediar palabra alarga la  mano, tostada por el sol y sucia por el sudor, hasta la jarra de limonada que la nocturna mesonera ha puesto en la barra.
Tras unos largos minutos de silencio, en los que sólo se escucha la fuerte respiración del sediento fortachón, éste, por fin, pronuncia las primeras palabras…

-“¡¡¡...ME DUELEN HASTA LAS UÑAS...!!!...

...lo sabemos Juan, lo sabemos...y nos quitamos el sombrero ante ti y ante Vanesa...bueno, los cascos.

Pd. Y no me habléis más de Peregrinos hasta el año que viene.