martes, 28 de mayo de 2013

Soplao 2013. ¡Están locos esos romanos!

Descansado ya de la paliza, sentado delante del teclado, todavía no sé cómo empezar esta crónica. Miro hacia el recién arrancado 3440, jalonado por dos sentencias que no por contundentes dejan de ser estúpidas, en la humilde opinión de un servidor.
EL INFIERNO CÁNTABRO, dice en rojo la de arriba. Permítaseme el desacuerdo con lo de calificar de averno una prueba deportiva, sea cual sea su dureza. No digo que en el Soplao no se sufra y que en algún momento se pasen las de Caín (que se lo pregunten a mis escocidas posaderas y a otros miles de culos), pero uno es libre de abandonar, retirarse, huir, escaparse cuando quiera, cosa que no ocurre en el infierno, donde se padece el castigo eterno. Y en todo caso, me parece más propio ese calificativo para el padecimiento de las mujeres maltratadas, de los niños que se mueren de hambre, de los hombres que son obligados a matarse en una guerra … Eso sí es un infierno. La frase inferior, ésta en negro, es todavía más impresionante y, como la anterior, parece sacada de una peli de Rambo: PARA VENCER HAY QUE SUFRIR. Bueeeeno, en este caso es posible, pero por favor señores organizadores del evento lúdico-deportivo-no competitivo (artículo 1 del reglamento de los 10.000 del Soplao), para los que tenemos muy clarito que no vamos a vencer hagan el favor de dejarnos sufrir lo justo, que ya sé que nadie te obliga, como acabo de decir, pero no nos metan en encerronas sin informarnos previamente de lo que nos aguarda.

Y dejo ya de filosofar y comienzo el relato, que así ustedes me lo han reclamado. Aunque a decir verdad, y como dijo Don Miguel, narrador de las aventuras del hidalgo de La Mancha (nooo, de Arturo no, del otro) no aconteció cosa que de contar fuese. La soledad es lo que tiene, no puedes recrearte en las venturas y desventuras del prójimo, y hablar de uno mismo resulta un tanto ególatra, a la par que aburrido.
El sábado amaneció un día nublado, pero sin agua, a pesar de los augurios de mis bien queridos compañeros de correrías ciclistas. Gracias a todos por los ánimos insuflados los días previos al evento, cacho caaaaa ….. maradas, que todo era compadecernos por el jarreo que nos iba a caer encima. Para regodeo de vuestras ilustrísimas les diré que lo que no llovió durante las 14 primeras horas de pedaleo me cayó todo de vez en las 2 últimas. Y con esto ya he desvelado que fueron 960 los minutos de mi Soplao personal. Añado también que nuestros dos compañeros de peña, los señores Menéndez y García, pasaron menos tiempo encima de la bici, aunque no fue poco.

La salida es un déjà vu de anteriores ediciones: traca pirotécnica, el “Thunderstruck” de los AC/DC y un discurrir apelotonado por las bocacalles que confluyen en la Avenida de Cantabria. A los pocos metros del inicio la primera parada para dar un besín de despedida a mis dos chicas: gracias por el madrugón y hasta la noche. La primera parte del recorrido ha variado respecto a ediciones anteriores: se evita el Monte Corona y se sale hacia el sur, en dirección a Carrejo y Santibáñez. 
Y aquí nos espera el primer sartenazo del día, al menos para los que salimos sin prisa, en la parte media-baja del pelotón. Nada más abandonar Santibáñez se toma una estrecha pista de hormigón de fuerte pendiente que, aunque perfectamente ciclable, provoca un gran tapón, con pie a tierra obligatorio y ascensión tirando por la bici gracias a la solidaridad de los mamarrachos que siempre se encuentran en este tipo de eventos: si yo subo andando, el que viene atrás que se joda. Con este nuevo trazado es cierto que se llega más estirado a La Cocina, como esgrime la organización. El recorrido es más duro, con continuas subidas y bajadas de efecto rompepiernas y otro, también de palabra compuesta, que mejor me callo, pues tengo que dar ejemplo a mi hija, menor de edad y revisora de mis relatos. Se os empieza a echar de menos, queridos amigos, que siempre es peor ir solo que bien acompañado. Aun así no falta la pasajera compañía de quien pregunta cuántos pelayos somos este año, otro que se interesa por la XX VCG o el novel que te interroga sobre cómo eran los anteriores Soplaos.
Al iniciar la rampa de La Cocina mi espíritu se anima, pues me encuentro que está hormigonada y que es posible subir a pedales. El ánimo dura lo que el presupuesto de la obra, unos 400 m, tras los cuales el firme se torna en piedras y barro que obligan de nuevo a descabalgar. Para lo que sí parece haber llegado el presupuesto es para asfaltar la subida a La Florida y la cueva del Soplao. El turismo manda y aunque me gustaba más el vial antiguo, las vistas hacia el Parque Natural de Oyambre siguen siendo impresionantes.

Primer avituallamiento del día en el la cueva que da nombre a este evento, 10 minutitos de parada para reponer fuerzas con un sabroso caldo caliente y bajada rápida a Celis, con ese barro rojo que te tiñe el cuerpo y deja la cadena y los cambios bien guapos. En Puentenansa me detengo a hacer un lavado de emergencia de mi montura, aunque no hubiera hecho falta de haber sabido que estaba a punto de llegar el segundo sartenazo/encerrona del día: el vadeo del río Quivierda. Imaginad el caudal tras las lluvias de días atrás. Un único paso de piedra a piedra para salvar el cauce sin mojarse, con la ayuda de un buen samaritano del lugar que te sostenía la bici mientras dabas un acrobático salto con augurios de resbalón fatal en el momento de aterrizaje sobre una losa húmeda.
La imagen evoca esos documentales que te ayudan a dormir la sobremesa: parecíamos una manada de ñus apelotonados a las orillas del río Mara, nerviosos a la espera de que un valeroso se atreviera a dar el primer salto. Los más inquietos deciden no guardar la cola, atraviesan el cauce por donde más cubre y se hunden hasta los muslos; al menos no había cocodrilos.
Tras pasar por las enlosadas calles de Carmona se asciende al Collado de Montea (o Monte A, según qué cartografía), con su gratificante y descansada bajada hasta Ruente. Atravieso el prestoso puentín de a uno, con sus nueve ojos que te miran como diciendo “anda que no te queda ná, chavalín”. Del otro lado vuelvo a encontrar a mis chicas.
Unas fotos, unos besos, unos qué tal vas y a seguir hasta Ucieda, para hacer parada y fonda en la casa de Mariví, que por unos días es la mía. He decidido avituallarme allí para no tener que parar en la campa de Ucieda, donde las tropas se hacinan en demanda de bocadillos de jamón, plátanos y bebidas vigorizantes. Doy cuenta de un buen tazón de arroz con leche y algunas piezas de fruta, dejo el maillot de entretiempo y cojo el windtex (sabia decisión), meto las linternas en la mochila (también acierto) y opto por no cambiar las zapatillas por las botas de goretex (error total).
Subo El Moral con ánimo, adelantando a mucha gente, escuchando bromas, charlando un ratín con Félix el Asturcón, … Me cruzo con Rubén que, para mi sorpresa, va de retirada. Deben ser, pienso yo, los fantasmas del pasado, pues en el alto chispea un frío borrín. Y bajo con más ánimo todavía, que cuando llego a Juzmeana ya me he zampado los primeros 82 miles de metros, la mitad de la kilometrada. El avituallamiento de este punto ha pasado a mejor vida ¿la crisis? y no hay más comida ni bebida hasta Bárcena. La parada aquí se alarga un poco más de la cuenta, además de engullir lo que se pone a tiro necesito aplicar ungüento de fierabrás a mis escocidas nalgas, y perdone el lector por lo escatológico del tema, que las intimidades es mejor dejarlas dentro de casa. Pero si tuviera que enumerar y cuantificar las causas de sufrimiento del día nombraría piernas, cabeza y nalgas, por orden de magnitud creciente.

La subida a la Cruz de Fuentes hace mella en la cabeza. Para mí es una barrera anímica, es ahí donde has hecho la mitad del Soplao, cuando llegas al alto. Y no significa que el resto sea pan comido, y mucho menos en este nuevo Soplao. 17 pesados kilómetros sólo entretenidos por la belleza del hayedo y un aislado comentario de un gijonés : qué bien estábamos en la custa’l Cholu, amigo. - Dígotelo yo, respondo con una fugaz sonrisa, de las pocas que van quedando en la mochila. Y llegando arriba se repite el proceso: bajada rápida, aunque ésta es más breve que las anteriores. Poco dura la alegría en la casa del pobre y hay que empezar a subir a Ozcaba. Tras su paso llega otro de los duros momentos anímicos, porque se asocia el avituallamiento en esta bonita collada con una inminente bajada: pues no es así, aún quedan 5 km de penosa y pedregosa subida antes de dejarnos caer en un largo descenso que da tregua a patas, cabeza y culo.
Atrás quedan Los Tojos, y llegado a lo más hondo del valle, donde ya no se puede bajar más, empieza el momento novedades y sorpresas. Ya no se gira al este para llegar de nuevo a Juzmeana y ascender por el hace horas superado Moral. Ay!, mi bien querido Moral, cuánto te eché de menos, cuán felices éramos aun subiendo derrengados y arrastrándonos, a sabiendas que una vez culminado nos aguardaban 20 km de descenso para llegar a Cabezón. En esta nueva edición se toma la carretera hacia el oeste, hasta llegar a Correpoco.
Correpoco, tercer sartenazo del día. Advierte el personal de a pie que adecuemos los desarrollos a la cuesta. No es para tanto, dura pero llevadera. Y en seguida el llano, que en pocos metros sigue siendo llano, y también lleno, lleno de piedras, barro y mierda, de ganado, pero mierda. Una senda que si fuera ciclable sería preciosa, pero como las cosas suelen hacer honor a su contenido, el bucólico-pastoril-hermoso camino es eso: una mierda. Y así, los escasos 10 minutos que se tarda en llegar desde Correpoco a Renedo por la carretera se han convertido en 40 de cabreo por la majadería de la mente pensante-sádica del prócer diseñador de itinerarios alternativos. Vale, venga, Pepe, no te cabrees, ya está echo, vamos para el Negreo ese, que no puede ser muy malo, que ya se huele la sal de Cabezón, que vas con adelanto respecto al Soplao de hace dos años. ¡ÁNIMO!
Antes de comenzar la subida me paro en el último avituallamiento a saborear relajadamente un caldo caliente con orujo, ¡redios!, que bien me cae. Llamo a mi santa para comunicarle que hoy no pasaré por casa a la hora de cenar, que no me espere, que son las 21:30 h y todavía me falta un poquiñín para acabar, pero son sólo 5 km de subida y 20 de bajada, chupaó.  Monto las linternas, en el casco y en la bici, que la noche promete ser oscura, y hasta me entretengo en hacer una foto del lugar para mandaros por el facebook, como diciendo … pues ya está hecho. ¡Ja! Un lugareño me advierte del que va a ser el cuarto sartenazo. Tómalo con calma, chaval, regula, que es muy duro. Pero qué carajo voy a regular, si esto no hay humano que lo suba. La primera rampa, de unos 500 m (o eso me pareció) está hormigonada, seguramente porque las piedras rodaban ladera abajo cuando la abrieron. El resto de la subida me recuerda el final del Bustacu antes de que lo arreglaran. Piedra suelta, arena y barro, pues ya ha empezado a llover con fuerza y por delante de mí han pasado más de 2000 ñus amasando el lodo. Así que pie a tierra y a caminar pasito a pasito, como las muñecas de Famosa. Por fin llego a la parte llana, con algunos tramos ciclables y otros imposibles de negociar.
A estas alturas llueve en todas las direcciones menos de arriba hacia abajo, graniza por momentos y el viento hasta me arranca el cubremochilas. Paro con intención de recuperarlo y, sorprendido, escucho de nuevo el “Thunderstruck” de los AC/DC ¿estaré llegando a Cabezón y no me habré dado cuenta? Atónito y pasmaó (ahora entiendo lo de thunderstruck) contemplo una escena propia del sinsentido y la estupidez humana (pido perdón otra vez por la redundancia, la estupidez sólo es humana): la música proviene de un todoterreno de la organización que cierra la carrera. Está todavía al inicio de la subida, y por los altavoces arenga a los más rezagados (calculo que hasta un centenar) alentándoles para que continúen, ¡que ya no queda nada!, dice el mastuerzo. Esto va a ser que se han empeñado en que sintamos en nuestras carnes eso de que PARA VENCER HAY QUE SUFRIR.
¡Que noooo!, que por los comentarios que oigo a mis compañeros de tortura no tenemos ningún interés en ganar, y menos en sufrir más de lo necesario, que si nos hubieran advertido de lo que que nos esperaba nos llegamos a Cabezón por la vía rápida, y no por la Dolorosa, que esa está en Jerusalem, para darse un paseín con cruz y corona de espinas hasta el Gólgota, no en bici hasta el Negreo. Sigo pensando que la organización debió impedir que esa gente subiera, pues la lluvia y el frío ya eran insoportables.
Por fin comienzo el descenso hacia la Collada de Carmona, con mucho cuidado para no caer de la bici. En algunos momentos tengo que descabalgar para que el viento no lo haga por mi. Al llegar a la collada el espectáculo es dantesco. Una única ambulancia llena de gente, bicicletas abandonadas, todos tiritando de frío empapados hasta los tuétanos. Uno de los voluntarios de protección civil me comunica que la Guardia Civil ha cortado la carrera (todavía hay alguien que piensa) y que debemos esperar a que lleguen más ambulancias para evacuarnos o bajar en bici por carretera acompañados de un coche y en grupo. A la pregunta de ¿estás bien? respondo que no, pero que yo no me quedo, si tengo que esperar un minuto más en esas condiciones me muero.
Tomo la carretera y a los 5 minutos me arrepiento de la decisión, ya me tiemblan hasta las pestañas y me resulta difícil controlar la bici. En cuanto me incorporo a la general, a la altura de Barcenillas, a las once y media de la noche, con 153 km en mis piernas y a falta de 12 para llegar a meta, acierto a ver una casa con luz. Me despido de mis compañeros y me apeo. Se acabó.
Mis chicas me encuentran en el bar-refugio, envuelto en la manta térmica, pegado a la catalítica y con una taza de café firmemente agarrada entre mis manos como si fueran a robármela. La tiritona casi ha remitido. Estoy triste, no por mí, sino por Inés, que aguardaba en la meta bajo la lluvia, para levantar la pancarta que con tanto cariño elaboró por la tarde para recibirme. Pero esta vez esbozo una nada forzada sonrisa cuando me dice que, para ella, su papi sí ha acabado el Soplao.

Quiero dar las gracias al samaritano que cerraba esa noche el Bar Pedro, y a José, su último cliente del día, que me auxiliaron y llamaron a mis rescatadoras. Ah!, y por guardarme la bici hasta la mañana siguiente, desoyendo mi sugerencia acerca del abandono en un barranco, la venta, subasta o incluso destrucción de la montura en cuestión.


sábado, 11 de mayo de 2013

101Peregrinos 2013, sol y cuestas


La noche llega brusca, repentina, sin tiempo apenas de entornar los ojos. La escasa luz que atravesaba las copas de los árboles, hace menos de un segundo, desaparece en una neblina opaca que lo sumerge todo. El jinete, habituado a oscuridades similares pero en terrenos conocidos, refrena su montura de forma ruda, mientras pestañea intentando atravesar las tinieblas que lo rodean, pero es un esfuerzo en vano (-“¡No veo naadaaa…!) -chilla el infeliz..., bueno, la verdad es que chilló otra cosa…pero esto lo ven los menores y hay que dar ejemplo…). 
Está en tierra de nadie, entre la avanzadilla de la exigua expedición, y la retaguardia de la misma. Su inquietud y bravura han hecho que, a diferencia de sus compañeros de escuadra, precavidos ellos…no porte ningún farol con que iluminarse. 
Detenido en medio del camino, el soldado, recio de porte y tozudo de espíritu, escucha en silencio el ruido de su respiración, mientras aguarda a que lo alcancen sus camaradas de zaga. Quedan pocos, dos a lo sumo. Del resto no sabe nada, solo puede aventurar. Con los dedos de la mano que no se ve inicia el conteo: de las diez unidades que componían la brigada, sólo siete llegan con cierta orden a la villa berciana: el brigada Marín, acompañado del pausado gastador Villa, la joven doncella De la Fuente y los alféreces Blas, Josmar, Mancha y él mismo. Los dos primeros ya corren adelantados, luego de sufrir penas y peligros en las cercanías del castillo de Cornatel, donde temieron por sus integridades, acosadas por un despiadado carnero enemigo de aviesas y penetrantes intenciones. A la par que ellos, pero licenciado ya de la ruta, avanza el caraqueño Jorges, con premuras familiares. Los otros tres montaraces restantes, los tenientes Morís y Rosón, y el bisoño recluta Granados, asedian en esos instantes, con flacos resultados todo hay que decirlo, a rubias vestales de Ponferrada, haciendo gala de su juventud y locuacidad. 
Un ruido sobresalta en estos momentos al oficial: por su espalda se aproximan unas luces destellantes: en la cercanía reconoce a la debutante moza escoltada por el barbado Juan Blas, inconfundible este con sus tres buenos fanales de proa. Tras las amonestaciones de rigor, el grupo continúa en pos del avituallamiento de Santalla. En esta villa, acompañado de amables lugareños, ya se encuentra Mancha, que degusta caldo, vino, chorizos, oreja, empanada y lo que se le ponga por delante, mientras espera desesperado.
El trío rezagado continuará por terreno favorable unas cuantas leguas mas, pero en un cruce, el apagado Acedo se desorienta, perdiéndose de nuevo en las tenebrosidades del bosque. Harán falta otros lóbregos minutos para reencontrar al pródigo, reprenderlo de nuevo y alcanzar la población, donde hallan al desmoralizado manchego saboreando, ahora, huevos cocidos con morcilla y patatas. 
En ese mismo momento, 14 horas después del inicio de la ruta, llega a Ponferrada un agotado y escurrido Marín, de cuya generosidad mingitoria dan fe en todo la Babia, que no pierde tiempo en sumergirse en una buena tina de agua caliente, (la ducha…no había bañera…), a ver si así reduce la inflamación de sus cuartos traseros, irritados por la larga jornada. Por delante de él, hace ya algún tiempo, también ha llegado René, en mejor estado, quizás debido a la mayor corpulencia del finado. Y en un catre cercano descansa el atlántico Jorges, soñando con retoña que atender.
Quedan atrás 101 kilómetros de sufrimiento y cansancio, pero también de parajes agrestes y de gentes amables y dispuestas. 
Queda atrás también un largo e inédito ascenso aaaa... San Pedro de Trones, no sin pasar antes por su famosa cantera de pizarra que iniciaría la rotura del grupo: mientras el brigada aguador, el espigado Villa y el afeitado Acedo subían con fuerzas, el resto lo hacía con desgana manifiesta, deteniéndose en cualquier sombra de jara que encontraran. 
El final de ese tramo consistía en un sendero estrecho y empinado que provoca una enorme montonera de jinetes, algunos de de los cuales optan por tirar su montura al barranco antes que bajar encima de ella. Pero las penurias persisten en una larguísima ascensión a Las Médulas. Aquí el sol mella  las voluntades de los gauchos, deshaciendo definitivamente ya el mermado clan. En la cima sólo aguarda un descansado Antonio, que aún no sabe de futuras negruras. El quinteto reunido desciende hacia Cornatel y Villavieja donde la noche y un cocido de jabalí les aguarda…..............
La hora de las brujas queda atrás y al reducido grupo trasero le cuesta ganar metros, se ha dividido en dos: Acedo y Mancha que reconocen el terreno por delante y la sonriente Vanesa y Juan Blas cerrando filas por detrás.
En una de las vaguadas, justo al acometer una pasarela fluvial, el deslucido pierde la luz de su compañero, a la vez que la montura, que huye por la foresta, con el consiguiente revolcón por el polvoriento suelo. Pero el sureño es robusto y los daños son mínimos. Una vez recobrado corcel y  arreos, el dúo sigue camino. Les quedan 12 kilómetros,  por terreno llano al extraviarse en una de las intersecciones. 
La llegada a la capital es solitaria, apenas unos pocos ciudadanos libertinos animan a la pareja, que recorre los últimos metros con decisión y cansancio. Al fin, tras 15 horas de trote alcanzan la posada, donde ya les aguarda el hidratado Barcáiztegui. El grupo se reúne con los juveniles, que a esas horas ya están ahítos de pasear por las animadas calles del barrio viejo, y consiguen de la amable posadera unas viandas
con que calmar los ruidos intestinales. Entre bocado y trago, van pasando los minutos a la vez que la preocupación por el dúo de cierre aumenta. 
Al final, justo a la hora del diablo (las tres de la madrugada) un callado y extenuado jinete atrona las puertas del hostal, atravesando estas con su polvorienta montura. En sus ojos late un orgullo genuino, ha logrado rematar la faena tras casi 17 horas de dura travesía, al igual que su compañera, la gentil Vanesa que, a esas horas, recorre ya el camino de vuelta a su morada. 
El taburete cruje por todos los costados cuando el barbudo hombretón, ante las expectantes y temerosas miradas de sus compañeros, se sienta sobre él. Sin mediar palabra alarga la  mano, tostada por el sol y sucia por el sudor, hasta la jarra de limonada que la nocturna mesonera ha puesto en la barra.
Tras unos largos minutos de silencio, en los que sólo se escucha la fuerte respiración del sediento fortachón, éste, por fin, pronuncia las primeras palabras…

-“¡¡¡...ME DUELEN HASTA LAS UÑAS...!!!...

...lo sabemos Juan, lo sabemos...y nos quitamos el sombrero ante ti y ante Vanesa...bueno, los cascos.

Pd. Y no me habléis más de Peregrinos hasta el año que viene.


miércoles, 1 de mayo de 2013

Caminito a Covadonga, abril 2013

El ímpetu juvenil y el buen tiempo siempre han casado bien, y en esta ocasión han sido cuatro valerosos e incautos jinetes, los que han protagonizado una desbandada de la orden que con tanto cariño les ha acogido, para hacer una escapada de sus obligaciones concejeras y así saldar una deuda pendiente con el patrono de la susodicha organización.


Cinco eran los convocados a la hégira mas solo cuatro acudieron a la llamada, mal presagio, por aquello del Apocalipsis y los Jinetes; para colmo lo mejorcito de cada casa oiga usted, no podía ser de otra manera:
El Jinete Normando, valeroso caballero, recio como una muralla, implacable como un ariete y sagaz como una pantera (¿roja?)
El Jinete Alquimista, un entendido en el asunto del metal, la forja y la mezcla de sustancias varias, vaya usted a saber cuáles...
Un Jinete que aun mantiene el rango de escudero, dado que apenas alcanza tres lustros, aunque todo sea dicho, en su haber obra un gran talento que muestra con desparpajo y a veces incluso con cierta desidia, lo que probablemente sea menester en tales edades.
En último lugar pese a ser el prefecto (que no perfecto) de ruta, llegaba el tristemente conocido Jinete Válvulas, titulo honorífico que se le otorgó tras un ligero percance, del cual no quiero, o vale mas no acordarse.
El día comenzaba bajo el rocío del alba, ya que en aquellos momentos el astro rey aun no había hecho su aparición. Tal nimiedad no iba a detener el arranque de la comitiva, que comenzaba con un ritmo moderado, pero sostenido, el camino del Curbiellu, al encuentro del primer rayo del amanecer. 
Pasado ese trecho, con pedalada firme y mantenida, encontraríamos los primeros repechos del camino, en la conocida subida a la Cruz donde la tan ansiada luz solar nos esperaba para darnos la bienvenida y calentarnos las posaderas. 
Cabe destacar algún encontronazo y posterior  resbalón en el barro de algún jinete impetuoso, que no entendía aun el dicho aquel de “no por mucho correr se termina primero”, y las hazañas del joven escudero subiendo tramos técnicos, en los cuales, durante algunos momentos, temimos por su vida. 
He aquí donde se verían los primeros indicios, de lo que más adelante se convertiría en la eterna lucha de la juventud y la vigorosidad, contra la vejez y sabiduría. 
Se palpaba cierta incertidumbre y nerviosismo en el ambiente cuando enfilábamos las bajadas trialeras a Amandi: los jóvenes mozuelos, desconocedores del alcance del sube y baja de la zona, se encontraban un poco a merced del Jinete Válvulas, el cual los dirigía a buen paso y con eficacia, todo sea dicho, por las enrevesadas caleyas, reteniéndolos al principio de las mismas para poder tomar las mejores instantáneas que inmortalizaran el evento. 
Superado Amandi topábamos con el camino del río, un tramo corto pero intenso, donde los jinetes vejetes (que sabían donde se metían) echaron pie a tierra, quizás al principio para honrar los vergeles interminables y majestuosos de la naturaleza asturiana, aunque al final se desvelara que era para ir porteando por las piedras. Fue aquí donde el Jinete Escudero, en un arranque estrepitoso, se enfrentaría a rocas, barro, musgos y todo aquello que se le pusiera por el camino, hasta que éste puso a él donde debía estar, con los pies en la tierra. 

Fue también en esta zona donde el Jinete Alquimista, fiel a sus enseres, los cuales no es partidario de mojar ni ensuciar, bajo concepto ni tratado de paz alguno, iría hila

ndo con sumo cuidado los pasos a recorrer. No fuera a ser que hubiera que echar mano de los calcetines de repuesto, que seguro llevaba a buen recaudo en el petate.
Sietes y la subida a Anayo nos daban la respetuosa bienvenida que se le debe dar a las huestes pelayeras, con un buen y prolongado ascenso, lleno de piedras y barro, por el cual no se subía ni con un tractor. En la carretera ya se vislumbraba el desenlace inesperado de la ruta, el cual iremos desvelando a su debido tiempo.
A la llegada a Anayo nos esperaba un merecido reposo y piscolabis, consistente en bocata tortiella, barritas y geles varios. Allí nos llegaron las buenas nuevas, esperanzadoras y
reconfortantes, de la mano de Lalo, compañero de aventuras y andanzas que, preocupado por nuestras integridades (probablemente con más razón que un santo), se apresuro a ofrecernos alojamiento, y todo aquello que precisáramos, en caso de sufrir cualquier percance inesperado durante la travesía. Tras tan noble gesto, el cual le agradeceremos siempre de todo corazón, enfilamos la bajada en dirección a las Arriondas, a través del "Camín de la Reina".
Y ahí llego el tan inesperado imprevisto que suele ser raro no tener alguno en estos laboreos: el joven escudero se desvanecía, o al menos perdía el equilibrio en una parada estratégica, desplomándose sobre su bicicleta y provocando un doblez de patilla, que en otras circunstancias habría puesto serias trabas a la comitiva. Pero en la Orden Pelayera nuestros preceptores son bien conocidos por instruir concienzudamente a todos los grumetes de agua dulce: a consecuencia de vérselas con nuestro Maestre Pedro Pablo, bien conocido por poner presta y eficazmente derecho lo que antes estaba torcido, ya fueran bien cañerías enrevesadas o jóvenes mozalbetes respondones. 
Para estos menesteres, y ya que el Jinete Válvulas estaba ya un poco saturado de quehaceres (organización, emisora, teléfono, comidas, guía, fotografiado y solo Dios sabe que más) el Jinete Normando, fiel a su cultura dio un firme paso al frente ("anda quitar pa'lla que estorbáis") y tomando las riendas de la situación, soluciono el escollo en un plis-plas. 
Dejado el percance atrás, continuamos la travesía por los absorbentes parajes que rodean Cangas de Onís y Arriondas, los cuales son dignos de contemplar. 

Debemos reseñar que por aquestas tierras son frecuentes y comunes los “cernícalos” y “animales de bermellón”, a los cuales podemos encontrar haciendo de las suyas por estos parajes, que le vamos a hacer… 
El camino avanzaba, y Cuadonga se veía cada vez más cercano, fue aquí donde comenzó todo: la eterna lucha de la juventud por abrirse paso y la de la vejez por persistir un poco más. Se estableció una encarnizada lucha entre el Jinete Normando y Válvulas, por un lado, contra el Jinete Alquimista y el Escudero, por el otro, los cuales pugnaban con saña para ser los primeros en coronar la Santa Basílica de Cuadonga. 

Ya en la subida de la Cueva, tras la rotonda, los jóvenes mozalbetes empezaban a mostrar signos de fatiga y extenuación, por lo que la contienda se estableció entre el Jinete Normando, en 2º lugar y el Jinete Válvulas en 1º, al menos hasta el último repecho, donde las piernas del Jinete Válvulas, comenzarían a quejarse de las interminables leguas del camino, mientras que las del Jinete Normando, fieles a su casta guerrera, no cejaban en su empeño de vencer en la contienda.

Finalmente fue la casta vikinga, recia y vigorosa, la vencedora, aunque seguida muy de cerca de la casta asturiana. Tras ellos llegaba el Jinete Alquimista, y en un humilde pero instructivo puesto final el Escudero, más feliz que unas castañuelas.

Ya en la meta, bajo el temblequeo incesante de las que fueron los motores que nos llevaron,
recuperándose lentamente y tras una generosa ingesta de carbohidratos y agua, los jinetes de la Orden Pelayera rindieron honores a su patrón, y se realizó la foto conmemorativa de tamaña ruta, en la que debemos destacar el clima que nos acompañó, y el inesperado buen estado de la mayoría de los caminos. 

De regreso a tierras baldías, el Jinete Normando, quizás por un subidón de azúcar, quizás porque en cada parada ingería indiscriminadamente esas barritas proteicas del Decartón, o quizás porque iba dopado y no lo reconocía, nos fue dando estopa sin piedad ni decoro durante todo el camino de vuelta a Arriondas, provocando que el joven alquimista desfalleciera, y tuviera que detener a las huestes para recuperarse. Aun no sabemos por qué, pero se veía una extraña luz en los ojos del Normando, el cual estaba más contento que unas pascuas al traernos a todos a rastras por el camino con la lengua fuera, supongo que fuera esa vena sádica de los vikingos, que a nadie deja indiferente.
También tuvimos la buena ocurrencia de agradecer como es debido el gran detalle que tuvo nuestro compañero Lalo, invitándolo a tomar algo, aunque al final fuere él quien terminó por invitarnos a todos. Lalo te estamos muy agradecidos, eres un gran compañero.
Debo indicar que debido a que no había comido nada, o 
porque disfrutaba mucho en compañía de todos, se me olvidó echar alguna foto de la reunión que tuvimos en una

pastelería cercana a la estación, donde nos pusimos las botas. ¡Cachis!



Y así termina mi primer relato de las andanzas montañesas, las cuales espero seguir poder relatando, cada vez con mayor destreza, tanto en la pluma como en el velocípedo.

¡¡¡Hasta la próxima!!! 
Firmado: El Jinete Válvulas

miércoles, 24 de abril de 2013

¡¡QUÉ MAL LO PASEMOS ... PERO QUÉ PAISANOS SEMOS!!


Observe el lector la foto que encabeza esta crónica. En ella se puede ver a cuatro aguerridos ciclistas, sonrientes ellos, luciendo el uniforme de la Peña BTT Rey Pelayo, que es así como, según los estatutos, se denomina nuestro bien querido club.
Como la mayoría de los lectores de estas líneas, a buen seguro, serán integrantes de dicha agrupación, habrán reconocido al personal: de izquierda a derecha, Barquín, Ángel Zárate, Antonio y el que suscribe, Pepe. En la instantánea también aparece Yoli, ocasional acompañante en nuestras correrías, y no están presentes otros tres Pelayos que asistieron al evento, a saber, Manu pedal, el expatriado Juan Ángel y el noreñense Pachu. De la chica y de los dos primeros me olvido en lo que concierne a esta historia: son partículas virtuales, como los fotones, pura energía, se sabe que existen pero no dónde están, puesto que nunca ocupan un lugar fijo en el espacio. Es más, una vez liberados no se les vuelve a ver ni el pelo ni ninguna otra parte de su anatomía (sí, Ángel,sí, mira la clasificación de la prueba y reconoce que te equivocaste en la asignación de ese …, ejem, ejem, … culotte). En definitiva, que si las huestes del soberano astur hubieran estado constituidas por esta nutrida soldadesca (por lo de bien alimentada, que no por numerosa), todavía tenemos a Munuza y sus musulmanes descojonándose por la Península.
La foto está tomada minutos antes de dar comienzo la cuarta edición de la “Bike Maratón Montes del Sella” y, como acabo de señalar, se nos ve sonrientes (doy fe de que Pachu también sonreía, probablemente más que ninguno). Y me pregunto: ¿de qué carajo nos reímos? Ya lo sé.
PEPE - Joder! Tengo la rodilla como un botijo, no sé si podré acabar
ANTONIO - Pues yo estoy tomando antiinflamatorios para el hombro
BARQUÍN - Llevo la rueda frenada por culpa de las putas pastillas
ÁNGEL -  … de momento no dice nada, pero ya lo dirá dentro de unos cuantos kilómetros
PACHU - Toy raru, tengo el cuerpu como apajaraú
En efecto, ese gesto facial forzado exclusivamente para el momento del retrato es causado por el “tira tú, que a mí me da la risa” mientras pensamos en los 56 duros kilómetros, acompañados de calor, barro, 2000 m de desnivel acumulado y, según reza el rutómetro, tres subidas duras y dos bajadas peligrosas.
Peeero, hay que saber sobreponerse, y ya que hemos logrado escapar de la enfermería del geriátrico … “VAMOALLÁ, COMPAÑEIROS”

Comienza la prueba, que para nosotros no es carrera, que vamos a disfrutar, a pasarlo bien, -Antonio no te ciegues, que te veo venir-. Todos juntinos por las calles de Ribadesella durante el primer kilómetro, aunque la compañía lo será por poco tiempo. A la salida de la cuevona de Cuevas (es muy bonita, pero el que la bautizó fijo que no conocía otra gruta o era deGijóndetolavida) ya me he quedado solo. No sé dónde están mis compañeros. En el mismo pueblo comienza la subida. Voy despacio, pero logro no posar el pie a pesar de que he visto pasos de Semana Santa más rápidos. Sorteo a unos cuantos “cofrades” que empujan su cruz y llego a la zona de “menos cuesta”. Vale, pues ahora a relajar, a disfrutar del sol, de los paisajes sobre el río Kwai, a tomar unas fotillas. La rodilla se va portando, pero mejor no maltratarla, que ya se sabe que las rodillas son muy suyas y se mosquean a la mínima, no vaya a ser que se rompa el botijo. En un pispás –anda, anda, ya serían dos- llego a la carretera que atraviesa el Monte Moro. Ya sabéis los que conocéis la ruta, esa que subes un cachín y vuelve a llevarte a una pista de las de mirar hacia el final levantando muuucho la cabeza, que tiene muuuchas piedras sueltas; esa que empiezas bien, por la izquierda, aprovechando un poquiñín de yerba, si no hay ningún tocapelotas que por joder no se aparta cuando echa pie a tierra; esa que dices –joder, joder, que esta vez la subo toda de un tirón- y que finalmente la acabas subiendo de un tirón, sí, pero de un tirón de manillar y no te pases que igual también te da un tirón de gemelo. Seguimos ascendiendo hasta dejar atrás la primera de las tres subidas fuertes de las enumeradas en la ficha técnica de la prueba.

Por el camino he pasado a Pachu, con su nueva indumentaria de marcar abdominales y hacerle a uno cachas, y diviso al Sr. Zárate, que va como una moto, concretamente como una Sanglas 400e, las que llevaba la Guardia Civil de Tráfico cuando éramos nenos, con el casco de Calimero y las gafas de bucear. Llego a la altura de Barquín, que sigue frenado de la rueda delantera. El probe tiene que dar pedales incluso bajando y el roce de la pastilla con el disco ha hecho el cariño; con el cariño y el roce, ya se sabe, viene el calor y el aumento de volumen, el del aceite, malpensados, que cuando se calienta tiene muy mala leche, hazme caso, mira si no cuando fríes un huevo, porque alguna vez freirías un huevo ¿no?, ¡hostia, no jodas! ¿Y Antonio? ¿qué ye de Antonio? Mira que le dije… pues ya se cegó, lo del hombro chungo debía de ser una excusa.
Al poco encuentro a Ángel a la veredita del camino:
-¿Le pasa a usted algo, Sr. Zárate? He sabido que un parroquiano, ansioso de darle un ósculo, a poco más y le da por … tirarle de la bici. Y con él a medio pelotón.
- No, nada –responde el riojano- que estoy haciendo unas foticos.
Así que descabalgo y, previo requerimiento, un amable ciclista que pasaba por allí (¿de dónde saldría?) nos digitaliza de arriba a abajo. Y, hale, a seguir, que ya queda nada para parar a llenar el buche. La parada refrigerio ha lugar en un paraje sito a tiro piedra de Bustazán, donde el camino se bifurca en dos ramales: el que parte hacia el oeste va derecho al pinar de mi amiga Thaumetopoea pityocampa; el que baja hacia el sur … BIEN!!!, he dicho que baja … jajá! En lo que como, bebo, canto y folgo me vuelvo a quedar solo: Barquín ni se detiene, que ya va suficientemente frenado, que lo mismo se le agarrota la pinza, la del freno, y Ángel es de los que comen como un paxarín. Antes de arrear soy testigo de la estupidez humana, y perdón por la redundancia, pues la estupidez es siempre humana: un payaso (no, de los de reír no, de los otros) enciende un pitillo y, entre calada y calada, continúa su pedaleo. En fin, lo que hacen algunos para llamar la atención.

Definitivamente nos echamos monte abajo, por la que a todas luces es la primera “bajada peligrosa”, o eso creo, porque cuesta gobernar la nave en el ¿firme? deslizante. La jugada consiste en descender, perdiendo unos 175 m de desnivel para, según se pierden, volver a buscarlos subiendo otro tanto. Y todo por evitar a la pityocampa esa, la peluda que tiene la marcial costumbre de ir en fila de a una, la causante de que Pachu vista hoy de largo, con faja, refajo y refajillo, su camisita y su canesú, rebeca y chaquetilla, manguitos, guantes hasta el codo y mitones, calzones, polainas, cubrebotas, calcetines de lana y medias de canalé. A 23 grados de los centígrados a la sombra, ¡oiga!. Pero eso sí, la güinestoper serigrafíamela con unos buenos abdominales, que me dé un aire al Gerard Butler ese de la peli de los 300 espartanos. ¡¡¡Paaachu!!!, no te mosquees, que estás como una xiblata y no te hace falta para nada ir marcando tabletilla. Total, que no sé para qué tanta bajada y subida con el fin de evitar lo inevitable.  A mis amigas no las llegué a ver, pero haberlas habíalas porque según escribo estas letras, entre párrafo y párrafo, mis dedos abandonan el teclado para aliviar los picores de mi muslamen y otras partes más recónditas (las corvas, guarronzones).

La bajada hacia Arriondas reconforta, quizá porque supone que ya hemos completado la mitad del camino, que no del tiempo. A Ángel lo dejé atrás hace un rato y a Barquín me lo topo al poco de traspasar Pendás, donde un grupo de lugareños aplauden al paso de los esforzados, para darles ánimos. Ánimos tenemos, ¡leñe!, lo que faltan son fuerzas. Don Manuel suelta palabras irreproducibles por una casta pluma como la mía, y exhibe una tez en la que se entremezcla el rojo del esfuerzo con el blanco de la crema solar, todo ello salpicado de un punteado marrón cieno. En su espíritu afloran los primeros brotes verdes, ¡uy! perdón, quería decir los primeros brotes de estoyhastaloscojonesyvoyaabandonar. Le acompaño un rato para insuflarle ánimo, que como acabo de decir no sirve para mucho, a no ser que vaya acompañado de eritropoyetina.
Emprendemos juntos otra bajada, no sé si de las peligrosas, llena de barro y unos regodones húmedo-cabroncetes con muy mala leche. Al final del tramo se aposta un fotógrafo que comparte adjetivos calificativos con los citados pedruscos. Bueno, a decir verdad no sé si está húmedo, pero el tío apunta a todo bicho rodante a la espera, seguro, de que alguno se dé una galleta, para captar la instantánea del desastre. Pues en lo que respecta al dúo Barquín/Marín se quedó con las ganas, pues negociamos el roquedo con pericia, y sólo nos faltó hacer un posado sin manos; el fulano nos sacó todo lo guapos que somos: impresionantes imágenes, ¡qué porte, qué figura, qué perfil, qué a punto de darnos una hostia!
 Recién acabada la ingesta de hidratos de carbono y azúcares, y a punto ya de marchar hacia el Bustacu, aparecen los derrengados Zárate y Camarero.
Los dos emiten ayes de dolor, el primero acalambrado y el segundo apajarado. Si hay algo que nadie nos puede reprochar a los componentes de BTT Pelayo es el compañerismo ¡¡juntos hasta el infinito y más allá!! Así que, haciendo gala de esa camaradería, Barquín y yo decidimos por unanimidad dejar a nuestros amigos en compañía de sus calambres, de sus pájaras y de ellos mismos, y nosotros seguir, también acompañándonos uno a otro. Pero a mi socio le entran los remordimientos y decide dar la vuelta y acudir al auxilio de los quejumbrosos … y de paso tirar la toalla. Con la rueda agarrotada vuelve a Ribadesella vía Arriondas, por la carretera general, 15 kilómetros de más y el viento en contra: si hay que abandonar se abandona pero, ojo, mariconadas las justas.

Me quedo más tirado que el llanero solitario y llego al punto de control de la carretera del Fito. El señor controlador no me quiere dejar pasar, pero un “home no me jodas, que voy a tope” debe de resultarle convincente y me permite continuar. Detrás de mí todavía pasan otros dos o tres sufridores y, por lo que logro intuir, los siguientes ya no han tenido “razones” para convencer al cancerbero del Bustacu. Subo echando el hígado y el resto de casquería de mi derrotado cuerpo hasta la última rampa, que este año han cementado para solaz de los bikers más “pro” y descojone del resto, o por lo menos de un servidor; la afronto con ímpetu y gracejo los 9 primeros metros y al llegar al décimo, en vista de que el cuenta marca 0 km/h y el pulsómetro 185 ppm, decido apearme y hacer el resto andando. En el alto tampoco es posible el pedaleo, esta vez porque el tránsito por las praderías del Bustacu ha de hacerse a pie obligatoriamente. Y poco a poco, disfrutando del impresionante paisaje costero (uno de los incentivos de la ruta) he llegado al mirador del Fito.

Una grata sorpresa nos espera a todos nosotros en el aparcamiento de las antenas, donde el patricio Rubén nos ofrece vituallas, sombra, ánimos, masajes … ¿masajes? y se prepara para tomar unas espectaculares y nada posadas fotos de nuestro paso con los Picos de fondo; espectacular entorno y excepcional fotógrafo, que dan como resultado unas pedazo fotazas de “pelayos en acción”. Me informa el Asturpelayo (que suena mejor que Pelasturcón) que burla burlando van los tres delante, Antonio, Pachu y Ángel, éstos dos últimos obligados a tomar el “atajo” por carretera. Tiro monte abajo por la tercera, última y más peligrosa de las bajadas, con breves paradas para desentumecer los brazos del efecto vibropower.



Por fin, el campo de golf de Berbes, al que llegamos por una variante que evita tener que encomendarse a la Virgen del Carmen, patrona de los marineros, antes de atravesar las lagunas que se forman en la pista que recorríamos otros años, donde más de uno se ahogó al no dominar el noble arte de la natación. Con lo que ha caído estos meses atrás no quiero imaginarme el estado del camino. Y del campo a la playa en un santi, que no da tiempo al amén. La subida desde Vega hasta Tereñes siempre me ha gustado y como la rodilla sigue en su sitio pedaleo cegado de ansia por acabar. Tan ciego voy que a Ángel le espeto un “hasta luego Lucas” al pasar a su lado y a Jandrín ni le conozco cuando me dice –Eh, ya no saludas, ho!!. Lo siento Jandro, no te reconocí con el maillot de Jogar, acostumbrado a “no” verte en la oscuridad de las nocturnas y a asociarte con una bici llena de farolillos feria de abril.
Últimos metros a la verita vera de la ría del Sella. ¡Cagón tó!, tenía yo la cámara preparada para inmortalizar el registro de tiempo con mi nombre al pasar por debajo de la línea de meta y se les ha jodido el crono. Tampoco puedo tomar una foto de las hordas de riosellanos aplaudiendo mi llegada, que dicen los que quedan que la gente se ha ido a la playa y los vítores se les han acabado. Así que recojo la bolsa con el bollu preñaó revenido y la empanada reseca y le pido a Pablo espantaliebres que me saque una foto para dejar impronta de la hazaña. Y como en ese momento llega el tío calambres (de buen rollito, don Ángel) nos retratan juntos, pero no revueltos. Al final sí hay trofeo, de manos de Ángel recibo un delicioso cucurucho con una gran bola de helado. Mientras damos cuenta del manjar aparecen, ya lavados, peinados y espulgados, Antonio, Pachu y Barquín.
Observe de nuevo el lector la foto que encabeza esta crónica, y ésta de la izquierda que la cierra. Si en la primera nos entraba la risa en ésta ya podemos decir ¡qué paisanos semos! Todos peinamos canas ... ¿todos?, bueno, alguno unas pocas y otro no peina nada, pero no porque no pueda, sino porque no le sale de ... la cabeza. A todos nos metieron en la categoría de veteranos, corredores de más de 45 años, y es más, juntos sumamos dos siglos, diez lustros y dos años. Vamos, unos zagales. Se os ha echado de menos a los Arturo, Juan Blas, Vicente, Josmar, … y a todos los que habitualmente componemos el pelotón de rezagados en este tipo de eventos -que para nosotros no son carreras- para sentirnos menos solos y pasar un mejor rato. Y en la siguiente edición, a ver si se anima la chavalería de la peña, que alguien tendrá que acompañar y asistir a la tercera edad.

¡¡ANAAA!!, tráete la crema de corticoides, que esto pica que jode


lunes, 15 de abril de 2013

¡POR FIN LLEGÓ EL SOL!


Dixitque Deus: “Fiat lux”. Et facta est lux, (Libro de gënesis, cap. 1) y llegó la luz por fin, y con ella, el calor, el sudor en el rostro, la alegría, 
la vuelta a las costumbres hace tiempo perdidas: las risas, las puyas, las enviiidias.
Y llegó la luz, no tras meses de tinieblas, si no de agua, de lluvias incesantes que anegaron los caminos, los prados y los rodamientos de alguna bicicleta.
Pues así como al pobre Noe le tocó lidiar con aquellos cuarenta días y cuarenta noches de agua ("Adhuc enim et post dies septem ego pluam super terram quadraginta diebus et quadraginta noctibus et delebo omnem substantiam, quam feci, de superficie terrae”, Génesis, el 7), por estos lares no le anduvimos a la zaga y nos marcamos unos buenos 62 días colmados de persistentes y tenaces aguaceros…en lo que va de año!!!
La ruta escogida en un esplendoroso día primaveral, era la del cordal de Peón, pero ante las dudas por el estado de las sendas, colmadas de agua y de árboles tronchados, se decidió dar un tranquilo paseo por la zona de Candanal, Argañoso y Deva. Y de esa manera tranquila los computadores (que palabra más contundente hoy en día…) dieron fe de unos humildes 35 kilómetros, en un tiempo estimado (por la patrona al llegar a casa) de ¡cinco! buenas horas de pedaleo alterno, ese que alterna de forma elegante el pedalear con el caminar.
Docena y media de jinetes fueron esta vez los afortunados en disfrutar de una jornada soleada y calurosa, entre los cuales, se encontraba una joven ciclista recogida por la zona de Deva y convencida por el siempre amable Modesto para acompañarnos en nuestra sencilla excursión, inocente ella.
Hubieran sido más de no mediar el Maratón del Sella al día siguiente, que obligaba a guardar armas y antihistamínicos a sus temerosos participantes.
Dado el estado de la flora vegetal, radiante de salud y vitalidad, fue algo normal que los pinchazos atrasaran algo nuestro avance: hasta tres veces hubimos de detenernos para reparar los ojales de nuestras ruedas. Dos de ellas causadas por los afilados pinchos silvestres y la tercera por un contundente y recio zapatazo del joven Saúl, también rebosante de vitalidad y alegría, que, de certera y bien dirigida coz, cercenaba la frágil válvula frontal de Guzmán; un poco más arriba y al de la perilla le cambia la voz. 
Y los caminos seguían ascendiendo, entre prados y bardiales, entre vacas y  potrancos. 
Fue por aquella zona donde se afrontaba al temido repecho pedregoso, sendero imposible por inclinación y dificultad, con un comienzo empinado que sólo los más atrevidos y avezados intentan superar, aun a riesgo de su integridad física.
 Pero hete aquí que las nuevas tecnologías, armas del diablo, permiten guardar esos trances complicados que preferiríamos no protagonizar. ¡Ah!, qué momento para que al rojizo normando le entrara la tos…o la disentería, o ambas a la vez. Pero no, allí estaba, pletórico de energía y reflejos para inmortalizar al caído, pero dicho está:  “Mea est ultio, et ego retribuam in tempore”, o sea que la próxima, llevo yo la cámara… 
Una vez sofocadas risas y carcajadas, y comprobado el buen estado del finado, aguardaba una larga rampa peatonal culminando en una casería donde reposar y dejarse fotografiar, esta vez de forma ortodoxa. Fue allí donde el sagaz comandante, siempre atento a las oportunidades, se haría con una botella de añeja sidra, para engrosar su bien escondida colección particular. Como astuto hombre de negocios que es, y previniendo posibles encuentros con aldeanos avariciosos, disimuló la frasca dentro del petate de Guzmán.
El camino nos llevaría, ya sin muchos disgustos, a las alturas del cruce de Cuatro Jueces, y de allí, en rabioso descenso, cada uno por donde su montura quería, al lavadero de Rioseco. Unos instantes de descanso y se retomaba la marcha, por caminos ya trillados, hacia la senda de La Camocha, donde las fuerzas ya se separaban en franca retirada a sus cuarteles.
Y para poco más dio la jornada; monturas embarradas de nuevo, arañazos por doquier, alguno más que otros, y un suave tono rojizo sobre los pellejos de los participantes, que ocasionaría pequeñas observaciones conyugales.
En resumen, una perfecta jornada de bicicleta con buen tiempo, mejor compañía y un más que digno sartenazo que nos llevamos para casa.