terreno meteorológico, hemos reconocido esta añada como la más cálida y menos lluviosa de los últimos 30 años...algunos de nosotros no habíamos nacido aún. Se notaba en los primeros compases, en los que apenas un ligero rocío encharcaba los caminos y en la ausencia de la nieve, compañera inseparable fechas atrás, que hacía aburridas las rutas habituales. En el campo montañero, nuestras huestes descubrían trochas y protagonismo en tierras riosellanas, ponferradinas, cántabras y salmantinas, amén de las propias asturianas. Pero sobre todo en el aspdomingo, 1 de enero de 2012
EL LARGO Y CALIDO 2011
terreno meteorológico, hemos reconocido esta añada como la más cálida y menos lluviosa de los últimos 30 años...algunos de nosotros no habíamos nacido aún. Se notaba en los primeros compases, en los que apenas un ligero rocío encharcaba los caminos y en la ausencia de la nieve, compañera inseparable fechas atrás, que hacía aburridas las rutas habituales. En el campo montañero, nuestras huestes descubrían trochas y protagonismo en tierras riosellanas, ponferradinas, cántabras y salmantinas, amén de las propias asturianas. Pero sobre todo en el aspjueves, 24 de noviembre de 2011
ATRINCHERADOS
s rica en términos, que, aún no exentos de lirismo, sitúan al espectador lego en una ambiente de oscuridad y peligro, de humedad y sufrimiento, siempre con la sombra del grisú a las espaldas, y con el polvo de carbón royendo los pulmones. Son palabras que nos retraen a un pasado de hombres recios y determinados, de los que no se arredraban ante las adversidades del destino, ante las inclemencias del tiempo, ante las inclinaciones de las rampas...NO, eso no eran hombres...eran PAISANOS...!!!...lunes, 24 de octubre de 2011
BRAÑAGALLONES 2011.....¡POR LA PATILLA!!
piedra...y a veces más. La ruta propuesta era ya conocida, por su dureza y por su perfil altimétrico (menudo palabro). Y, sin embargo, allí que estábamos en Bezanes, después de un buen madrugón, rodeados de unos cuantos grupos de ciclistas, cada cual a lo suyo, los endureros, los que bajarían desde el Puerto, los que ascenderían a la Braña desde allí mismo, y nosotros, que tomaríamos el camino mas largo y empinado. ¡Vaya!, que parecía un día de mercado. Tras unos minutos de pertreche y compadreo, Pablo Gruñón hace honor a su apellido y latiguea sin compasión a las huestes, que atemorizadas, echan a rodar sin decir esta boca es mía, venía caliente y sanguineo el mozo....
os mercurios, que descendiendo hacia Soto de Caso, nos hacen castañetear los dientes. Pero este otoño, todo hay que decirlo, disfrutamos de un clima excelente, y al poco de girar, con los primeros rayos de sol lamiendo nuestras monturas, nos desprendíamos de ropajes gruesos y lucíamos palmito. El grupo era numeroso: docena justa de Pelayos, manita de montañeros del Abz, alpinista y mozalbete incluidos y un trio de independientes, conformaban la expedición. Ya con menos abrigo sobre las carnes, y, tras atravesar Belerda, el pelotón afrontó rápido el ascenso hacía La Gallera, tramo duro, aunque algunos rellanos ayudaban en el esfuerzo.martes, 4 de octubre de 2011
VAYA CALÓ PISHA, PILOÑA 2011
resuenan en el asfixiante pasillo por el que transitan los frailes, surgen de su reseca garganta sin que pueda contenerlos...-“¡¡El infierno Padre!!,. ¡¡El INFIEEERNO!!!"..., gimotea el infeliz religioso tragando saliva a duras penas...... A su lado, caminando con rapidez, hierático en la postura y escuchando atento, el padre Moya resopla tenso; siendo conocido por sus duras amonestaciones, sus silencios son todavía más temidos. –"Cálmate hermano Modesto, cálmate, no sería tan grave....”, la voz, profunda, pero cargada de energía, presagia un estallido de furia arrasadora ...-“¿Acaso fueron tratados con
rriendo en camisón por el estrecho pasillo en dirección a las cocinas, hasta las enfermeras sujetaban sus cofias para no perderlas en la carrera...El feroz místico, arrebató de las temblorosas manos del pasante el cayado que este portaba, y acelerando el paso...
jueves, 29 de septiembre de 2011
REGALOS INESPERADOS
Los mejores regalos son los inesperados. Aquellos que se entregan sin pensar en que realmente lo son, sin motivo alguno ni fecha señalada, y que se reciben con la frente arrugada, las cejas levantadas y la boca entreabierta, o lo que es lo mismo, con cara de sorpresa. Seguro que cualquiera de vosotros sabe de qué hablo, porque quien más quien menos, a todos nos han alegrado el ánimo un instante, unas horas, unos días con uno de esos detallinos. Y uso el diminutivo en su acepción de cariño, que no de medida, pues esos regalos no se cuantifican ni por su volumen ni por su valor.
La pereza que arrastraba durante la mañana del viernes pensando en los preparativos del viaje y en los 430 kilómetros hasta San Martín del Castañar se fue tornando en diligencia por la tarde, a medida que organizaba la maleta con precisión ingenieril para embutir todo lo que mis dos chicas habían colocado encima de la cama y cuadraba, con no menos dificultad, las bicis en el thule. Salida de Gijón un tanto tortuosa y, tras 5 horas de viaje, avanzada la noche, súbitamente a la vuelta de la última curva, aparecieron las lucecillas que iluminan las apretadas calles de San Martín.
Ese fue el primer regalo, para la vista, del fin de semana. San Martín ha sido incluido en mi lista de rincones del mundo donde no me importaría dejar un tiempo de mi existencia. Sus calles y sus casas, como ya he dicho apretadas y dibujando maravillosos rincones, el castillo, la fuente, el portalón, la plaza de toros, conforman un pueblecito de cuento medieval. Los 5 metros de eslora de nuestra nave se mueven mal por los entresijos de San Martín, a la búsqueda del que va a ser nuestro hogar por dos noches. Un lugareño, que gracias a las bicis nos identifica como amigos de Nacho, enseguida reconoce nuestro despiste y orienta la proa hacia La Abadía de San Martín. Desembarcamos, damos buena cuenta de las viandas que fugazmente ocupan los platos, un pis y a la cama, “que mañana es día escuela”.
Ya es sábado. El claqueteo de las calas por los pasillos del hotel despierta primero a nuestras santas, que todavía duermen o lo intentan; más tarde el mismo ruido, corregido y aumentado gracias al empedrado de las calles, hace lo propio con las almas que habitan el trecho que dista desde La Abadía hasta casa de Nacho, donde reposan nuestras monturas. 

A buen seguro que alguna pestaña entreabierta se habrá acordado de nuestra familia o, a lo peor, habrá imaginado de buen agrado las northwave, shimano o sidi alojadas en cierta parte de nuestra anatomía. Tras una breve tournée por la villa nos abastecemos del agua que mana de los dos hermosos caños de la fuente de la Plaza Mayor, nos retratamos con el castillo y el atípico coso rectangular de fondo y salimos a toda prisa hacia La Peña de Francia. ¿Y por qué lo de la urgencia? Todavía me lo estoy preguntando, porque cuando vas en un grupín de amigos, lo que ganas en pedaleo lo pierdes en esperas. Pero lo cierto es que unos cuantos integrantes del mini pelotón no se encontraban a gusto con el hueco dejado por las zapatillas que los importunados vecinos nos hubieran introducido en salve sea la parte, y decidieron ocuparlo con unas buenas guindillas. El picante hizo su efecto y los susodichos devoraron sin piedad los 7 primeros kilómetros de asfalto.
Abandonamos la carretera, dejando atrás El Casarito, y comienza el duro ascenso a la Peña. El camino dibuja un apretado zig-zag, lo que se traduce en …, para qué os lo voy a contar, si todos los que estáis leyendo estas letras sabéis de sobra el significado de esos trazados: sangre, sudor y, para desgracia de Josmar, rotura del buje trasero y final de su aventura.
Una pena Josmar, no te va a quedar más remedio que repetir el año que viene. Poco a poco el resuello no da para más y las piernas pierden la batalla contra la pendiente. Me veo obligado a echar pie a tierra, aprovechando como excusa la falta de tracción ante un tramo de piedra suelta.
La jugada me sale mal, porque el habilidoso escalador de la GT amarilla ¡qué bici más cojonuda! me pasa sin necesidad de apearse. A partir de aquí como ir a San Fernando, un ratito a pie y otro … bueno, pedaleando. Según se gana altura, los castaños y robles dejan paso a los pinos y el matorral. Llegamos ya al via crucis, a escasos aunque exigentes metros de la cima. El tramo es duro pero ciclable. Subo al tran-tran, padeciendo mi propio calvario, y ocupo mi cabeza en mirar las rocas sobre las que avanzamos y su contenido, distraídamente, a medida que las sobrepaso. Cuarcitas y pizarras del Ordovícico, de unos 480 millones de años de edad. Voy dejando atrás, permítame el lector una pequeña licencia geológica ya que uno padece degeneración profesional, varias crucianas, unos restos de trilobites, una laja con ripples y un gran afloramiento de roca donde se observa perfectamente la esquistosidad. Y así, embebido en la curiosidad científica, alcanzo la cima y encuentro de nuevo un regalo para la vista: Sierra de Gata a un lado, Monsagro al otro, y allí enfrente, Las Batuecas y La Alberca.
Un descanso para recuperar fuerzas mientras visitamos el enclave dominico, aunque lo realmente impresionante es el paisaje, y a continuar la ruta.
Nacho, sabedor de la desbandada que se avecina dado lo técnico de la bajada, que disfrutaremos como nenos, y de que cada cual se toma su tiempo en el negociado de las curvas y del pedregal, advierte: “el cruce está marcado con carteles. TOMAD EL QUE SALE A LA IZQUIERDA”. Pero Trapote, rebosante de adrenalina, sordo y ciego de ansia, dispuesto a batirse contra el sendero tras haber subido por carretera, se va por su otra izquierda, y no oirá los gritos de Nacho y el teléfono de Vicente hasta 2 kilómetros más abajo. Le toca subir y al resto del personal esperar, para alegría de los tábanos.
Y como a perro flaco todo son pulgas, tras el esfuerzo de reintegrarse al pelotón, el desdichado Trapote primero cata el suelo y luego se envalentona contra una piedra que sobresalía del suelo con muy mala leche; la contienda se salda con un llantazo de la rueda trasera de su Spe.
Con tanto contratiempo acumulamos un retraso de dos horas, y se me informa por vía telefónica que en el punto de avituallamiento cunde la impaciencia, que las viandas están más que preparadas, a la vista y el olfato de infantes y mayores, que salivan más que los perros de Pávlov. Por fin arribamos a El Cabaco, donde aguardan las familias y …. la pitanza.
Un nuevo regalo, por supuesto por reencontrarnos con los nuestros y por el cariño puesto en el recibimiento y en los preparativos, pero como la cosa va por lo sensorial, esta vez le toca al gusto. ¡Ay Esther!, insuperable esa tortilla patria (con permiso de cada una de nuestras madres que, como todo el mundo sabe la mejor tortilla de patata es la de mamá), qué embutidos, menudo vino y de postre un bizcochín para mojar en el café y chuparse uno a uno estos diez que aporrean el teclado.
Tras la opípara ingesta toca seguir disfrutando del pedaleo y del paisaje de la sierra salmantina. Nos guía Nacho hasta unas labores mineras donde los romanos nos dejaron su impronta y, de paso, sin oro. Los muy jodidos no necesitaron las modernas técnicas de exploración geofísica y geoquímica para dejarnos a dos velas.
Continuamos hacia Nava de Francia, atravesando magníficos bosques de robles y castaños, con algún alcornoque y madroño dispersos, que sobresalen entre las jaras. Pienso en que me gustaría ser testigo de la explosión de colores que debe acompañar al inmediato otoño. Y al poco de abandonar Nava, nuestro anfitrión, tan esplendido como el rey de Tebas al que debemos ese palabro, nos condujo hacia el siguiente regalo. El camino se estrecha hasta desaparecer y nos adentramos en un berrocal.
Entre los tolmos de granito crece lavanda y algún tomillo, un verdadero obsequio para el olfato. Rodamos despacito entre el laberinto de berruecos, sorteando piedras, hoyas y maderas, en un “pasa tu delante que a mí me da la risa”. Y a medida que avanzamos rodando sobre los arbustos el olor se intensifica; y me vienen a la cabeza recuerdos de mi infancia que, no os preocupéis, no voy a relatar; y vuelvo a disfrutar como ese niño.
Como quien no quiere la cosa nos acercamos a San Martín, pero Nacho aún nos guarda una última sorpresa. Nos detenemos en un cruce con un angosto sendero advirtiéndonos que el camino se las trae, por la abundancia de piedra grande y suelta. Vamos, que las tiene todas para que alguno acabe la jornada dejándose los cuernos. Deserción de algunos integrantes de la tropa, que optan por tomar la vía rápida. Otros aún lo dudan, pero el oficial al mando sabe a quién debe obligar a seguirle, conocedor de que ese último tramo será una recompensa para los que disfrutamos de la bici de montaña. Y a tenor de los comentarios y expresiones de los que seguimos al salmantino, estaba en lo cierto.
Volvemos a la fuente de donde partimos. Volvemos a refrescar el gaznate. Y volvemos a retratarnos.
Pero esta vez aplacadas las ansias mañaneras y cansados, con ganas de remojarnos debajo de una buena ducha. Dejamos las burras aparcadas en el establo de casa Nacho hasta mañana. El que ha rememorado la jornada del sábado dedicará el domingo a dar pío cumplimiento del tercer mandamiento de la ley de Dios, a santificar la fiesta, léase dar un paseín con sus chicas, que son eso, unas santas. Así que dejo a la voluntad de algún otro la crónica ciclista dominical.
Gracias Esther y gracias Nacho, por esos regalos inesperados, y sobre todo por el cariño con el que nos los habéis entregado.